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2708 Palabras
La mañana inició como de costumbre, sólo que está vez los rayos de sol no golpeaban mis ojos, sino que iluminaban a un guapo chico dormido como un perezoso. Su cabello adquirió tonalidades rojizas con la luz solar, y estando casi pelirrojo se veía asombroso, su pelaje caía hacía todos lados, un desastre. Sus pestañas cerraban esos hermosos ojos que me hechizaban cada que podía. Sus cejas descansaban tranquilas y relajadas. Y sus labios entreabiertos dejaban escapar ronquidos armoniosos. Si bien los ronquidos no eran muy lindos, los de Rey Ricura eran tiernos y casi audibles. Hoy me iría a casa. No me había ido y ya sentía la sensación de que le echaría de menos. Cuanto lo iba a extrañar. Sólo será una semana. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas. Quería sorprenderle y se me ocurrió preparar un desayuno casero. Me levanté con mucho cuidado, fui al baño y cepillé mis dientes. Silenciosamente abrí la puerta de la habitación para salir directo a la cocina. Trey era de sueño pesado, podía traer una orquesta junto a una banda de rock y él ni parpadearía. Mire la despensa. Cereales con leche no era muy casero, ¿verdad? Unos sándwiches tampoco me parecían buena idea. Panqueques… Era mala con los panqueques, el sabor a quemado no era mi favorito para desayunar. Una ensalada de frutas era una estupenda opción. Ensalada de frutas y… Revisé el refrigerador con la esperanza de encontrar la compañía perfecta para la ensalada. Recordé que sabía cómo hacer huevos revueltos y freír tocino. Nana me enseñó muchas cosas, unas terminaron carbonizadas y otras con apariencia aceptable. Pero era la mejor haciendo huevos revueltos. Caliente la sartén, le esparcí aceite de oliva y rompí los huevos, mirando como la clara se tornaba blanca en su cocción. Los revolví hasta integrar las yemas. El olor era divino y despertó mi hambre. Ahora era turno de los tocinos. Al tocar el aceite comenzaron a dorarse en cuestión de minutos. Se veían crujientes y apetecibles. Ordené ambos platos y quedé maravillada con mis resultados. Ensalada de frutas, tostadas, huevos revueltos y tocino. Falta un jugo de naranja, pensé. Registré la nevera y efectivamente había jugo de naranja. Feliz serví dos vasos, pero mi cuerpo se detuvo al escuchar mi nombre. —¡Mia! —La voz de Trey sonó desesperada y asustada. Me alarmo escuchar sus estruendosos pasos por el pasillo. Apareció en la sala, tenía las llaves de su auto en su mano derecha, a la vez que se colocaba la zapatilla torpemente con la izquierda. Se detuvo al verme frente a él y en su rostro circuló sangre de nuevo. Estaba más empalidecido que de costumbre. Y eso si le sumamos el hecho de que su piel era como la de un vampiro. —¿Qué pasa? —Fue lo primero que le cuestione. Me recorrió con la mirada, de cabeza a pies. Aún respiraba agitadamente. Su pecho subía y bajaba de forma inaudita. Y entonces, cuando creí que caería, corrió a abrazarme. Enredada le correspondí el abrazo. Soltó una bocanada de aire que guardaba en sus pulmones, lo sentí relajarse. —Pensé que te habías ido. —me susurra, con voz inestable. Afectado por el miedo, le temía a que me fuera. En mi corazón hubo una explosión. Me aleje un poco para mirarle y sí, en sus ojos celeste había pánico. Lo tomé de las mejillas para calmarlo. —No iré a ningún lado sin ti. Sentí su frente apoyarse en la mía, sus manos aún me sostenían con temor a soltarme. —Preparé el desayuno. —sonreí. Su cuerpo renunció a la tensión. —Me asustaste, Colibrí —esboza una linda sonrisa—. Nunca me vuelvas a asustar así. Tomó una de mis manos para besarla y acariciar con ella su cara. Quería calmarse y yo sabía muy bien cómo ayudarlo. Mis manos estaban en sus hombros cuando lo atraje uniendo nuestros labios en un corto beso. Fue rápido y fugaz. Despegue mis labios, pero, como esperaba, los de Rey Ricura regresaron con otros propósitos. Entre los dos, él daba los mejores besos, lo sabía muy bien y también sus labios que me acariciaban ferozmente. Quería comerse mi boca con muchas ganas. Mis movimientos dulces y cariñosos, peleaban contra los fogosos y ardientes de él. Era como si el caramelo de mis labios se fundiese con su fuego. La falta de aire jugo a nuestra contra para acabar con el beso. Obligados por el insuficiente oxígeno en nuestros cuerpos, rompimos ese beso con sabor a tentación. Suspiré sonriendo. —Si así serán los buenos días me tientas a pedirte las buenas noches. —repetí sus palabras con tono juguetón. —Yo con gusto te doy tus buenas noches. —guiño, separándose para dejar las llaves en la encimera. Me sonroje imaginando esas noches buenas, digo buenas noches. —Lo consideraré. —Además de ser hermosa, también eres buena en la cocina. —Me esforcé, pero no soy tan buena. Si fuera por mí, comería cereales todo el día y todos los días —reí divertida—, y puede que en fechas especiales pida pizza. —Yo podría vivir de tus labios —miró los mencionados—. ¿Cómo aprendiste a cocinar? —Mi Nana me enseñó, una vez intentó explicarme a preparar un asado —carcajeé conmemorando—. El pollo no sólo se doro, sino que se carbonizo, y todos pensaron que cocinamos un buitre en vez de un pollo. Seguí comiendo la tostada a la vez que le escuchaba reírse de mi anécdota. —Y tú? —En mi familia no hay ni un solo chef. Nunca me había preocupado en cocinar puesto a que mi casa tenemos a Matilde, la señora encargada de eso, y en el hospital la comida es horrible, pero gratis —contó—. Apenas estoy aprendiendo. —¿Cuál es tu plato favorito? —curioseé. Elevó sus comisuras y junto sus cejas. Lo estaba pensando. —La lasaña, con mucho queso. Tu postre favorito. —exigió saber. Tus labios con chocolate. —Torta negra —opté decir—, debemos apresurarnos. Tengo que estar en la estación antes de las nueve. Voy a arreglarme. —Me encanta como te ves en mi ropa. —admite, viéndome desaparecer por el pasillo. —Y a mí me encantas tú. —grité antes de cerrar la puerta. Me distraje escogiendo mi atuendo, únicamente tenía disponibles dos vestidos. Uno blanco casual y el otro de estampados abstractos que no era mi estilo, ni sé por qué lo tengo en mi armario. El blanco será. Me di una ducha rápida y corta. Con mucha prisa me vestí. El reloj daba las ocho y media. El camino a la estación era largo por lo que llegaría unos minutos tarde. Chispas, odiaba llegar tarde. Salí del cuarto, peinando mi cabello con mis manos. —Vámonos. —decidí a un Trey ya vestido. Y de manera seductora, con su camisa ajustada adherida a su abdomen bien hecho, su mono que se le ajustaba a sus piernas firmes, y sus tenis Nike. Provocaba besarlo, pero no ahora, más tarde lo haría sin falta. Él cargó mi maleta y juntos abandonamos el departamento. Ya fuera en el estacionamiento del edificio, Trey presionó un botón en sus llaves y su auto sonó desactivando la alarma, caminamos con prisa hacia su Lamborghini. —Ve lo más rápido que puedas. —soné impaciente. —Llegaremos a tiempo. Comenzó a mover el vehículo a la salida del estacionamiento. —Me sé un atajo. —dijo, y tomó mi mano para trazar círculos en mi palma. Él sabía que eso me relajaba. Busqué mi celular para checar la hora. 08:43 am. Vi de reojo un aumento leve en la velocidad, y piso el acelerador, tras calles y cruces que me confundieron, no recordaba las calles que trascurríamos, pero confíe en él y en sus atajos. He hice bien al hacerlo porque habíamos llegado a la estación de buses a tiempo. Eran las ocho y cincuenta. Que rápido, pero no dediqué mucho tiempo a mi estado sorpresivo. Bajé como rayo del auto y vi a Trey hacer lo mismo. Sacó mi maleta de su auto y de la mano entramos a la estación. Oímos al conductor del ultimo bus gritar el lugar a donde me dirigía. Supe que ese era mi bus. El bus aún no estaba lleno. Lo que me daría tiempo de despedirme de Rey Ricura, el cual me miraba triste. Me derritió el alma con esa mirada. —Te extrañaré, Colibrí. Lo abracé con muchísima fuerza, guardando esa sensación en la maleta de mi corazón. —Prométeme que me llamarás al llegar a casa. —mandó irrefutable. —Te llamaré cada vez que te extrañé —separé mi rostro sin romper el abrazo—, serán muchas llamadas telefónicas. Le besé y por más que lo hiciera jamás me conformaba, sus labios eran mi adicción favorita, una adición de la cual no me quería sanar. —Me encantas. —susurró con voz ronca en mi oído. Sonriendo note que el bus se llenaba cada vez más. —Tengo que irme. —anticipe triste. —Vamos, te acompaño hasta la puerta del bus. Estando en el primer escalón me dio mi maleta. Sonriente suspira mirándome, aprieta mi mano, no quiere soltarla. Y es mi turno de hacer círculos en su palma para relajarlo, se ríe, toma mi mejilla y rápidamente me besa, sonrío en sus labios, me suelta la mano. —Salúdame a mis suegros. Reí ante su comentario. —Le hablaré de ti al abuelo. —bromeé. —Dile que soy lo mejor estudiante de derecho. —¿En serio? No me esperaba que tuviera calificaciones altas. —Tengo una motivación superior a las de mis compañeros. —sonrió engreídamente, fijándome en sus ojos. Creído. —Le diré eso. —le afirme, adentrándome al bus y ocupe un puesto al final de éste. En donde estaba mi asiento había una ventana. Pude ver a Trey esperar que el bus se fuera. De pie, con su cabello desalineado y de brazos cruzados, me sonrió con nostalgia. Hice un ademán con mi mano para despedirlo. Y sin más el bus dejó la estación, comenzando un largo viaje a mi ciudad natal. Me coloqué mis auriculares y reproduje mi lista de canciones favoritas. El camino fue extensivo y la mitad de mis piernas llegaron sin vida a la estación de llegada, las masajeé buscando desaparecer el hormigueo y sentí la sangre volver a circular por ellas. Me apresure a levantarme y bajar del bus. —Mi niña. —vociferó con fuerza la persona que colaboró a darme la vida. Mi papá. Corrí hacia él y lo envolví con mis finos brazos, volverlo a ver me conmovió mucho. Estaba muy cambiado, algunas canas le otorgaban un aire de sabiduría y virilidad. Lloré en ese hombro que siempre estuvo para mí. —Papá, te extrañé demasiado —besé sus mejillas repetidamente—. Volvamos a casa. Cogió mi maleta y sonrió. —Por fin, regresas a casa. Al entrar a mi hogar, todo estaba tal cual como lo recordaba, nada cambió. Las fotografías viejas colgadas en la pared de forma desordenada, ocultando mis garabatos de pequeña. La gran mesa familiar, en dónde jugábamos dómino y bingo los viernes. Las tazas de duendes para el café y las vajillas de porcelana de Nana seguían intactas. Esperando a que preparara un té verde para ambas. Los discos antiguos de las bandas de rock que papá amaba seguían apiladas a un costado de la entrada. Incluso, el bastón del abuelo era el mismo de siempre, a pesar de estar roto en un extremo. Era como si todo se fuese paralizado cuando me fui. Una lágrima fugitiva me recorrió al escuchar las altas voces que bromeaban y reían en el segundo piso. Eran ellos. —¡No piensan venir a darme la bienvenida! —grité alegre. Y uno a uno fueron bajando las escaleras. La primera en abrazarme fue Lya, mi hermana, se había teñido el cabello de rojo y lucia genial, su panza estaba inflada, dentro de ella un bebé estaba. Mi sobrino. Le acaricie su linda pancita. —Volvió mi aliada en trampas. —me codeo Dylan, el esposo de mi hermana, todavía coleccionaba tatuajes y su usual ropa gótica. —Dylan, no me lo crearás, pero también te extrañé. —reí dándole un abrazo. Luego fue mi mamá. —Mamá. —pronuncie en un débil sollozo. —Mi caramelito —dijo besando mi frente y la rodeé con mis manos. Echaba de menos esa sensación. Su amor de madre. Desde su hombro vi al hombre más elegante y sabio que conocía. —Oh, Abuelo. —rompí en llanto. —Mi Mia —habló con voz cargada de años de experiencia—, ven aquí, pequeña. —me acerqué y besé su mano. Hacía eso desde pequeña, era una tradición creada por nosotros. No aguante más y le abracé. Unas cuantas lágrimas resbalaban por mis mejillas. Siempre he sido una sensible sin remedio. —¿Y mi Nana? —pregunté, no bajo a verme. Todos se miraron entre sí. —Está arriba —respondió mi abuelo, sonó serio y triste—. Ya no puede caminar como lo hacía antes. Asentí sabiendo que la vejez la consumía cada día. Admiraba a mi abuelo, el parecía un roble, que con los años crecía y no le afectaba. —Iré con ella. —sentencié para subir las escaleras. El pasillo de habitaciones perdió un poco de color en su pintura blanca. La última puerta estaba abierta. Allí me esperaba ella. Di toquecitos para manifestar mi presencia. —¿Una Nana estupenda está por aquí? Ella, mi Nana, se encontraba sentada en su cama viendo “Friends” en la tv, era nuestro programa. Solía verla junto a ella por las noches. Ahí sentada sola entendí cuanta falta me había hecho. Sus ojos me miraron y sonrió como solo ella sabe. Intentó ponerse de pie, pero soltó un quejido. —No puedo creer que veas Friends sin mí. —bromeé ofendida y me recosté a su lado. —Te esperaba, hasta obligue a Lya para que preparase té para ambas. Me dio mi taza y todo volvió a ser como antes. Como si jamás hubiera huido. —Te extrañé demasiado —bebí el té verde caliente con un poco de azúcar—. El mío queda mejor. —Indudablemente. —carcajeó. Tres episodios cargados de chistes e historias pasé con Nana la tarde, el resto del día fue tranquilo. Llamé a Trey y le conté sobre mi familia. Mi mamá cocinó mi comida favorita para cenar y papá colocó a todo volumen nuestras canciones selectas de rock. Mi hermana me mostró su ecografía y pude apreciar a mi sobrino, por su nariz especulaba que sería idéntico a su padre físicamente. Era un niño. Según su última consulta. Jugué ajedrez con mi abuelo y cómo en la mayoría de nuestras partidas, yo perdía, pero disfrutaba al máximo el juego. Los dos primeros días dormí en la habitación con Nana, aún no quería entrar a mi habitación. Dentro de esta había muchos recuerdos con Alice. Recuerdos que me dañan. Nunca he podido aceptar que se fuese. Supongo que nadie lo hace, sólo intentan esconder o ignorar la herida en lugar de sanarla, pero quería sanar, por eso tomo el riesgo de dormir ahí esta noche. —¿Segura que quieres dormir en tu habitación? —volvió a insistir mi mamá. Asentí. Tarde o temprano tenía que hacerle frente a mi pasado. —Si te sientes mal no dudes en llamarnos. —informó preocupado mi papá. —Tranquilos, todo estará bien. Sé que sería difícil, pero intenté creer en mis palabras. —Ok. Buenas noches, mi niña. —besó mi frente, papá. Y ese gesto me recordó a Trey. —Te queremos. —dijo mamá, acariciado mi cabeza. —Buenas noches. —les deseé y subieron las escaleras hacía su cuarto. Estaba sola en la sala, bebiendo mi taza de chocolate caliente. Mi celular vibro y en su pantalla apareció una foto de Trey con Ossy, mi osito.
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