Cómo.
¿Trey era jugador de Básquet?
Me temo que sí y por lo visto, uno de los mejores de su equipo.
Era el capitán de The Dragons.
Rey Ricura caminó como si fuera el Rey del mundo por la cancha. Todo su andar lo presencié en cámara lenta bajo la melodía Starboy de The Weeknd. Creí por un instante que era obra de mi imaginación, pero la canción era reproducida por las cornetas, por lo menos no estaba alucinando con eso.
Trey se veía tan atractivo con el uniforme puesto. Resaltaba sus trabajados brazos. San Brazos hizo muy bien su labor en ese guapo ser.
Los jugadores del Equipo The Dragons miraron a sus rivales con diversión. Muy opuesta a la actitud sus contrincantes The Monsters. Sus caras emanaban sed de triunfo y hambre de victoria. La verdad, era muy difícil deducir quién ganaría.
El sonido del silbato dio inicio al partido y con él los jugadores comenzaron su batalla.
En el trascurso del partido me percaté de la experiencia y destreza de ambos equipos, talentosos equipos, quise decir.
Trey se desplazaba por la cancha como si fuese nacido para estar allí. Sonreía todo el tiempo. Disfrutaba al máximo lo que hacía. Eso le otorgaba vitalidad y felicidad.
En definitiva, ese era el talento de Trey. El Básquet.
Los marcadores ponían en evidencia la mala racha de los The Monsters, los desdichados apenas pudieron encestar dos veces. Ellos tenían las de perder, no los culpaba, sus oponentes eran muy estratégicos y talentosos.
Al final, sucedió lo que los fanáticos de los The Dragons anhelábamos, su victoria.
Grité, me divertí y animé al Rey Ricura. Había visto centenares de veces esto detrás de una pantalla, nada comparado como presenciarlo en vivo. Una experiencia fascinante.
—Vamos —me empujó Tania—, el tarado de Trey nos debe de estar esperando.
Y caminamos por los pasillos del estadio, en sus paredes colgaban retratos y trofeos de los mejores jugadores de todos los tiempos. Reconocí algunos, otros ni por accidente se me hacían familiar. Seguí a las chicas hasta las afueras del estudio en donde se hallaban todos los miembros de The Dragons, incluyendo a su sensual capitán.
Me crucé de brazos cuando se plasmó en mi visión.
—¿Estás enojada?
—Sí que me sorprendiste, Starboy. —apliqué su legendario apodo.
—¿Sorprendida bien o sorprendida mal?
—Cincuenta y cincuenta. —enaltecí mis hombros, intercambiándole miradas.
—¡Trey! —gritó una tercera persona, robando toda nuestra atención, era un chico moreno—, nos vamos a la fiesta ¿Te unes?
Trey me miró y consideró la propuesta de su amigo.
—¿Quieres ir? —preguntó—, sólo es una fiesta de celebración.
No lo sé. Tenía que ponerme al pendiente de mi futuro trabajo.
—La verdad, tengo cosas que hacer, Trey.
—No iré, si tú no vas.
—Vamos, viejo —rogó él moreno—. Una fiesta sin Starboy, no es una fiesta.
—Vamos, Mia —me animó Tania—. Es más, cuando tú quieras irte, yo misma te llevaré a casa.
Todos esperaban ansiosos mi respuesta, incluido el amigo de Trey
—Está bien. —aprobé.
—¿En dónde será la fiesta, Eddy? —inquirió Rey Ricura.
—En mi casa, campeón. —contestó Eddy sonriente, para irse a su coche.
—En marcha. —arrojó emocionado Trey.
Las chicas; Tania y Ashley, subieron junto a mí al flamante Lamborghini de Trey. Rumbo a la fiesta de celebración.
Lo que no planeaba era que su fiestecita íntima entre amigos cercanos, donde el número de personas es reducido y el ambiente tranquilo, lo que sería la definición de “Fiesta” en mi diccionario, resultara ser una enorme fiesta.
El Antónimo estaba delante de mí.
La casa de Eddy era la madre de las mansiones. Tres pisos, una fuente de dimensiones generosas y una gran entrada. Pero era lo que menos me preocupaba, esa casa estaba repleta de personas. Carros lujosos aparcaban en su estacionamiento privado. Este no era mi zona de confort.
—Entremos. —me susurró Trey.
La casa colapsaba de tanta gente en ella, miles de chicas y chicos bailaban la música electrónica con energía, una barra de bebidas y cócteles atendida por chicos sin camisa (con abdominales muy marcados), una mesa de billar que entretenía a los invitados. Todo se apreciaba bajo la luces azules y moradas que ambientaban el lugar
Al notar la presencia de Trey Lifford todos comenzaron a gritar y saltar, sus compañeros lo abrazaron y felicitaron, unos pocos le dieron la bienvenida al equipo.
La gente se amontono en busca de hablar o saludar a Starboy, los chicos subieron bailando y bromeando las escaleras al segundo piso.
—Ven, todo allá arriba en más sereno. —susurró Tania.
—Aquí festejan los invitados, en el segundo piso celebran los del equipo —explicó Ashley—. Ya sabes, más privacidad.
Claro.
Subimos a la segunda planta, no sin antes pasar por el guardia de seguridad. Confirmé lo que decían las chicas, todo era más tranquilo y sereno. Estaban en una sala de juegos, una muy amplia. Había unas dieciocho personas en ella. Los chicos jugaban al póker o eso entiendo.
—Tragos… —tarareó Ashley arrastrándome al mini bar con ella.
El mini bar tenía bebidas de todos los colores. No era fanática del alcohol, pero se veían adictivos. De pronto sentí sed.
Ashley tomó uno naranja, de un solo trago vació el vaso.
—Toma el qué quieras, menos el rojo. —advirtió.
—¿Por qué no el rojo? —le escruté.
—No por nada lo llaman el orine de serpiente.
—Ya. —Entendí, es muy fuerte—. ¿Cuál me recomiendas?
Esperé su respuesta, pero en cambió escuché a un sexy mandón.
—Ninguno —declaró—, no tomaras ni una sola gota de alcohol.
—No recuerdo haberte pedido tu opinión, Trey.
Crucé mis brazos, mirándolo con queja.
—Tampoco me lo pediste, pero cuido de ti.
Cuidaba de mí.
Exhalo, no podía enojarme con él por eso. No podía. Sonrío internamente.
—Puede cuidarse sola. —refuta Ashley, a mi favor.
—Sí —concuerda él, vuelve a mirarme—, pero puedo ayudarla con eso. Además, nadie está bien estando solo.
—Mejor juguemos yo nunca. —propuso una chica rubia.
Minutos más tarde todos estábamos en un círculo.
—Empiezo yo —anunció Eddy—. Yo nunca le he quedé mal en la cama a alguien.
Unas dos chicas bebieron su tequila.
Genial. Si de esa clase serán las oraciones, no tocaré mi trago.
—Yo nunca he dicho el nombre equivocado en un orgasmo. —dijo una chica castaña de ojos verdes.
Unos cuantos chicos tomaron.
Mis ojos salieron de órbita cuando vi a Rey Ricura beber su trago.
Sorpresa número 1:
—Yo nunca he hecho un trío.
Cuatro chicos acompañaron a Trey.
Sorpresa número 2:
—Yo nunca he besado a alguien del mismo sexo.
Unas tres chicas vaciaron sus tragos.
Me estaba aburriendo del juego.
—Yo nunca he tenido sexo. —mencionó la rubia.
Eché un vistazo a mi trago, dudé en beberlo, pero no era la única virgen en el grupo.
Tania bebió, impulsándome a hacer lo mismo, lo hice.
Varias miradas cayeron sobre mí, haciéndome ruborizar. El nerviosismo en mi cuerpo activó un tic nervioso: peinar el cabello con las manos.
Desde mi primera exposición desarrollé ese tic. Hace mucho paré de hacerlo. Me costó. Fue como dejar un mal vicio, además dañaba mi cabello.
Mi celular vibró en mi bolso frenando mi tic. Lo saqué y efectivamente tenía una llamada entrante. Era papá. Me levanté alejándome de la sala para contestar.
—¿Mia? —lo escuché llamarme.
—Papá, qué haces despierto a esta hora. —Me preocupó, él no solía estar despierto a altas horas de la madrugada y eran las tres de la madrugada.
—Tu hermana. —sollozaba.
Mi pecho se estrujo ante la idea de que le hubiese pasado algo malo.
—¿Qué pasó? —soné alarmada.
—Que voy a ser abuelo —dijo llorando, y riendo—. Vas a ser tía.
—¿Qué dices papá? —mi voz se tornó débil.
—Que tu hermana está embarazada, Mia. —lo oí alegre.
—Papá… —llevé la mano a la frente, tratando de asimilar sus palabras— Voy a ser tía. —murmuré perpleja.
—Mia, tú hermana quiere que vengas a verla. Y conoces la regla de oro: A la familia lo que la familia pida.
Yo aún seguía conmocionada con la noticia.
—Claro, papa —concedí. Pensé en dar fecha exacta—, iré para quedarme la semana próxima.
—Bien, mi niña —sonreí, su voz se sintió como un abrazo—. Te amamos.
—Yo más, papá. Los echo mucho de menos. —confesé nostálgica, a punto de lagrimear.
Finalizó la llamada.
Los extrañaba. Los abrazos de papá. Las peleas con Lya, mi ahora embarazada hermana. Las comidas caseras de mamá. Las historias fascinantes de mi abuelo. Las galletas de la nana.
Extrañaba todo.
Absolutamente todo.
—¿Qué pasa? —era Ashley— ¿Por qué lloras?
Limpié mi cara del lagrimeo.
—Nada. Sólo quiero ir al baño. ¿Me podrías llevar? la verdad está casa es gigante y no me apetece perderme ahora.
Me sonríe.
—Claro, ven conmigo.
Recorrimos varios minutos aquella lujosa mansión, para terminar frente al baño.
—Gracias. —agradecí, e ingresé.
Suspiré.
Así que sería tía. Vaya sorpresa.
¿Me lo esperaba?
Sí, desde que mi hermana se casó el año pasado, deseaba con ansias un sobrino.
—Un sobrino. —pensé lentamente, en voz alta.
Miré mi reflejo en el espejo y todo estaba en donde debía de estar.
Sonidos de toquecitos se esparcieron por el baño dejando eco en mis oídos. Habían tocado la puerta.
—¿Mia, te encuentras bien? —era Trey.
Asumí que tanto Ashley como Tania le contaron sobre mi trance sensiblero. Su voz preocupada lo atestiguaba.
—Sí —dije detrás de la puerta—, no tienes nada de qué preocuparte.
Abrí la puerta y Trey se encontraba descansado su espalda en la pared. Mis ojos conectaron al instante con los suyos. Inmediatamente me sonríe.
—Me tengo que ir, tengo mucho sueño.
El desvelo y yo no somos muy amigos. También, no quería estar en este lugar.
Me estudia, quiere saber que pienso, su silencio me da a entender que se quedaría.
—Entiendo que quieras quedarte —Pero que digo, es un chico libre—, puedes quedarte si quieres, y es lo más...
—Nos vamos —me interrumpe—, esta fiesta está muy aburrida.
Asiento, es cierto. Me guía a la salida, vamos por su auto y de camino a casa, mis párpados se volvían más pesados con cada kilómetro que recorríamos.
El cansancio me empezó a cobrar fractura, una muy alta.
—Mañana. —dijo Trey, deteniendo mi adormecimiento.
—¿Qué? —pregunté desorientada.
—Mañana será nuestra próxima cita.
Otee su espléndida sonrisa, estaba contento.
—¿Tanto te emociona salir conmigo? —la pregunta salió sin permiso de mis labios.
—Tú me haces feliz, Mia. —habló sin despegar la mirada de la vía.
Yo lo hacía feliz y eso por razones desconocidas me hacía feliz.
Muerdo mi labio, mirando la carretera. Sonrojándome posiblemente.
—Mentira. —refuté.
—Es mi verdad más pura. —defendió.
—Pruebas.
—Mi tonta sonrisa que pongo al verte —miró como su comentario estiró mi sonrisa—. Sentencia.
Oh, no.
—Sé bueno y compasivo, Trey.
—Serás mi novia por un mes.
¿Qué?
¿Novia?
¿Yo?
¿Un mes?
—Va contra las reglas —ideé, desesperada—. La sentencia no puede durar más de veinticuatro horas.
Mi juego. Mis reglas.
—Es mi sentencia y no la cambiaré. —decidió.
—No la cumpliré.
Trey apagó el auto a un costado del tránsito. ¿Por qué se detenía a mitad del camino?
—¿Qué haces? ¿Por qué detuviste el auto? —vomité desesperadamente las interrogantes.
Mi única meta era ir a casa y dormir hasta que se acabe el mundo, pero Trey simplemente no colaboraba para alcanzar mis objetivos.
—Inicio mi protesta —–se acomodó en su asiento—. No me moveré de aquí hasta que aceptes cumplir tu sentencia.
Primero lo que sea, antes de ser su novia. Supe muchas cosas el día de hoy, era un egoísta, había estado en tríos, y quien sabe que cosas más.
No piensen que voy por la vida juzgando a las personas por las opiniones del mundo, pero su propia hermana lo revalidó, ella lo conoce desde que estaban en el vientre de su madre.
Yo no iba a ser una más en su larga lista de conquistas.
No, señor.
—Bien, entonces tomaré un taxi.
Dispuesta a irme iba a abrir mi puerta, pero él tarado le puso seguro.
Chispas.
Era imposible.
—Ninguno de los dos saldrá de este auto. No hasta que aceptes —repite con dominio—. Vamos, no seré mal novio.
—No lo haré. —insistí.
Vi como su mandíbula de tenso al cerrar los ojos para soltar un suspiro frustrado. Era señal de la poca paciencia que le quedaba. Pensé que insistiría o intentaría convencerme, cosa que nunca paso, lo que sí hizo fue ajustar su asiento para quedar acostado y más cómodo para… ¿Dormir?
En serio, no íbamos a volver.
—Qué haces. —grité histérica.
¿Cómo podía considerar dormir en su auto?
—Dormir, te recomendaría lo mismo conociendo lo rígida que eres. —–aconsejó risueñamente.
—Qué te divierte tanto. —me enojé.
¿Qué le divertía? Oh, ya sé. Mi poca paciencia, eso era su chiste favorito.
—Será divertido dormir contigo.
Definitivamente Trey es un chico perseverante, pero más que perseverante era terco.
No iba a desistir de mi decisión. No sería novia de Trey, por muy bueno que estuviese.
Copié sus acciones hasta acomodarme en mi asiento. Sin embargo, por más que me movía la incomodidad aumentaba.
Recuerda.
Respiro amor, soy amor, doy amor.
Respiro amor, soy amor, doy amor.
Respiro amor, soy amor, doy amor.
(Bis)
—Buenas Noches, Mia.
—Que te dé diarrea, Trey. —deseé con ira.
No quería escucharlo, verlo, nada.
En ningún instante me rendí, incluso cuando las hormigas de mi estómago bajaron a mis piernas.
Consejo de protagonista a lector. Nunca duerman en un auto. De verdad. No lo hagan.
Trey tampoco desistió. Es más, dormía plácidamente que me provocaba lanzarle agua fría (Con muchos cubos de hielo).
Pero debía admitir que dormido parecía un ángel.
Sus cejas eran rebeldes y pobladas; muy pobladas al igual que sus delicadas pestañas; tanto su forma evidenciaba lo fuerte e imponente en él.
Su tez era pálida como la de un vampiro; no, no exagero; pero se percibía suave y saludable.
¿Como podía tener un cutis así?
¿Cuál sería su secreto de belleza?
Yo ni con todas las mascarillas lograría salir con una piel así de un Spa.
El sueño me venció y mis párpados cayeron en descenso.
Y así fue como dormimos en su auto.