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1670 Palabras
Trey daba los mejores abrazos. No dormí nada. Tenía muchos pensamientos merodeando mi cabeza, que se aumentaban al cerrar los ojos. Era imposible reconciliarse con el sueño cuando el invitado de honor era el insomnio. Trey tampoco durmió, se mostró intranquilo, pero fue prudente, no indagó nada sobre lo ocurrido, cosa que agradecí, de verdad no quería hablar al respecto. —Disculpa el mal rato que te hice pasar ayer. —me apené, por mi culpa tuvo una mala e incómoda noche. —No te disculpes, malos días tenemos todos —meditó—. Recuerda que las personas y el sol, no siempre brillan con la misma intensidad. Sonreí embelesada en su ideología —¿Todo bien? —inquirió viéndome. Expandí; como si fuese posible; más mi sonrisa. —Siempre. Suspiro, ya paso todo. Lo nota, pero frunce el ceño, ve mis mejillas, no es cómodo que vea mi cara así, hinchada. —¿En dónde está Steven? —inquirió… ¿Enojado? —No lo sé. No lo he visto desde el desayuno de ayer. —mi sinceridad habló. —Steven debería cuidarte mejor. —dijo tensando su mandíbula. —Voy a llamarlo. Él no suele desaparecer de esta forma. —Toma. —me ofreció mi teléfono. Marqué el número de Steven, estaba apagado. —Está apagado. —me escuché decepcionada. —Me quedaré hasta que Steven vuelva. No voy a dejarte sola. Se dirigió a la cocina. Probablemente tenía asuntos por atender y los hacía a un lado por estar cuidándome, me sentía culpable de su desvelo, lucia cansado, era demasiado, no soportaría ser la causa por la cual renuncie a sus pendientes. —Trey, de verdad, no es necesario que lo hagas. —¿Quieres un Sándwich o una ensalada de frutas? —ignoró mis palabras. Emitió un bufido al mirar mi cara de reproche—. No. No te dejaré. Qué terco. Cruzo brazos, molesta, era libre, soy una adulta, puedo cuidarme sola, pero también odiaba estar sola, le verdad, no quería estar sola. Suspiro, calmando el enojo, aceptando su compañía. —La ensalada suena bien. Dicen que los chicos cocinando se ven sexys. Afirmativo, se los confirmo. Estando Rey Ricura de espalda me percaté de lo ancha que era, al igual que sus hombros que sobresalían de su franela blanca sin mangas. Trey era un sensual y atractivo cocinero. Un mono n***o y sus tenis deportivos, complementaban su atuendo de correr. ¿Vendría de algún gimnasio? Lo creo, los chicos no nacen con un cuerpo así de Atlético. Ha trabajado mucho en lo bien que se ve. Se ve demasiado bien. —¿Qué harás está tarde? —preguntó de pronto. Libero mi labio inferior, lo mordía inconscientemente. La concentración al picar la fruta en trozos y la dedicación que ejercía al hacerlo, me era admirable. —Nada. —¿Quieres venir a un partido conmigo? —se detiene para mirarme de reojo. —Claro, no tengo nada mejor que hacer. —Genial —susurró para sí mismo—. Por cierto, linda sudadera. Chispas, era su sudadera. —Te la iba a entregar el lunes. —Quédatela, luces bien con ella. —alagó. Creo que comenzare a vestir sudaderas con más frecuencia. Todos los días, por ejemplo. —Aunque te veas más sexy con bigote. —añadió bromeando. —Que chistoso. —musité entre dientes. —Aquí está tú ensalada, Bellota. —Gracias, … —Y tanto él como yo, esperamos que dijese un feo apodo, pero mi inspiración amaneció muerta esa mañana. Me rendí y comencé a comer. Trey hizo lo mismo. La ensalada estaba muy buena. Lástima que duró tan poco. —¿Qué quieres hacer? Jum… ciertamente no planeaba cosas para hacer. Una magnífica idea cruzo mi mente. —¿Jugamos mentira y sentencia? —propuse. —¿No es verdad o reto? —indaga riendo. Amo su risa. —No. En este puedes decir lo que quieras, luego tenemos que descubrir si es verdad o mentira. Si mentiste cumplirás la sentencia que te asignen ¿Entiendes? —Bien, me será fácil. —fanfarroneó. —Si te digo que nunca he tenido una cita. —lo puse a prueba. —Es mentira. —Pruebas. —exijo. —Nuestra cita en el hospital. Oh, rayos. —Esa no cuenta —deniego de buena a primeras—. No fue una cita de verdad. Estábamos en un hospital, el lugar menos romántico del planeta para tener una cita. —¿Y la cena en el Rockabilly? Quiere salvarse con este intento. No podrás, Rey Ricura. —No era una cita. Tú mismo lo dijiste: No es una cita. Tienes que comer bien para que estés saludable —imité divertidamente su grave voz—. Son tus palabras contra las tuyas. —No me está gustando este juego. Sonrío. —Sentencia. —canté, contenta. —Bien. Sé considerada y amable. —esperó mi dictamen. Pensé en su sentencia, pasaba la mirada por el apartamento para centrarme en la ventana, que ponía en evidencia la imparable lluvia allá fuera. Eso es. Sonreí ante la elección de su sentencia. —Baila bajo la lluvia. Lo vi tragar grueso y considerarlo unos segundos. Sonreí cuando tomo su abrigo y abrió la puerta. —Vamos. Enserio lo iba a hacer. Salimos rumbo al elevador, pero Trey me guío hasta las escaleras que darían a las salidas de emergencia. Luego de varios escalones mis piernas se sentían como gelatina mientras que las de Rey Ricura seguían solidas como el suelo. Al visualizar la puerta trasera me apresure a bajar los últimos escalones y al abrirla conformamos el mal tiempo. Trey me entregó su abrigo mirando al cielo como un fuerte oponente. Imagen que me dio cierta gracia haciéndome reír. —Ríete, después de todo tú bailarás conmigo. —dijo, empujándome con él a la llovizna. Lo mato. Pensé, ya empapada de agua. Miré a Trey esperando tener los poderes de Matilda para ahorcarlo. Poderes que nunca llegaron, déjenme decirles. Por el contrario de mi actitud psicópata, el Tarado sonreía dando vueltas disfrutando las lágrimas del cielo. Verlo así feliz. Feliz de verdad. Desapareció cualquier rastro de mi enojo. Las gotas grandes y constantes gotas frías que preparaban la lluvia refrescante y tibia caían sobre nosotros. Cada gota que recorría mi cuerpo lograba limpiar mi espíritu. Trey delante de mí con su cabello mojado y su franela adherida a su pecho y abdomen, me distrajo mucho, incluso olvidé como respirar, me olvidé de todo. —No sé bailar —soltó acercándose, alterándome internamente—, ¿me enseñas? —Dudo que pueda enderezar uno de tus pies izquierdos. —bromeé. Con un astuto movimiento cerró la distancia entre nosotros colocando sus manos en mi cintura. Acto que me tomo por sorpresa. Por lógica coloque mis manos alrededor de su cuello, obteniendo como resultado más cercanía. Sabía que no era la postura correcta ni la tradicional para bailar, pero no me molestaba en absoluto su tacto en mi espalda y su corta distancia. Nos desplazamos de izquierda a derecha lentamente. Nuestra música eran los sonidos de las gotas al romperse en el suelo. La lluvia se escuchaba como todo un vals. —¿A qué le temes, Colibrí? —tropecé con la calma que sus celestes esferas tenían para mí. —A muchas cosas. Quise disculparme por ser un cobarde. Siempre he sido muy miedosa, mi valentía nunca existió. —Hagamos un trato —tuvo mi atención—, yo te responderé la primera pregunta que me hiciste ¿la recuerdas? —¿Cuál es la razón por la que estás en esté grupo de apoyo? —repetí recordándola. —Depresión —la respondió—. ¿Cuál es tu gran miedo? —Los cambios me aterran. —dije sincerándome. —Por qué. —Sólo diré que los cambios duelen. No quería hablar mucho de eso. —Bien, creo que ya deberíamos entrar. —Si. —concordé. Ya hacia frio. Hicimos un camino de charcos tras nosotros y con cada paso el frio se profundizaba en la piel. Un estornudo fugaz salió de mi nariz. —Báñate, antes de que agarres un resfriado. —ordenó Trey. No me animé a contradecirle ya qué el frío se había adentrado a mis huesos y mi uva vejiga quería explotar, pero la lluvia había cesado un poco y el resplandor del sol pintó colores en sus diminutas gotas. Me acerqué a está para observar el puente multicolor, era tan… —¿No es hermoso? —hablé admirándolo. —¿Qué? Vi de reojo como buscaba el arco de colores en el cielo, acción que por instinto hizo caer mi entrecejo confundida. —El arcoíris. Él levantó sus cejas y mantuvo su cara aburrida. —No sé lo hermosos que son… soy daltónico. Suprimí una mueca de sorpresa. —Así qué no puedes verlo. —indagué. —Sí, pero en escalas grises y marrones. Sentí tristeza por él, no me gustaría vivir en un mundo sin colores…. Donde todo sea distintos tonos de grises. Él carraspeo deteniendo mis pensamientos y regresando a la realidad. —Sabías que cada uno tiene su propio arcoíris, aunque estén dos personas paradas una junto a la otra, el arcoíris que ven no será el mismo. Imposible, me giré para contemplar los maravillosos colores en el cielo. —Todas las personas vemos el mismo arcoíris —apunté al arco—, ese. Negó sonriendo. —Lo que realmente estás viendo es luz dispersada por ciertas gotas de lluvia. Una persona que se encuentre a tu lado verá luz dispersada por otras gotas. —Oh. —exclame entendiendo. —Cada uno ve su arcoíris, distinto del que ven los demás. Cada uno tiene su propio arcoíris. —Es como nuestros sueños, Trey. Tardó en responder por lo que le miro y debo reconocer que empapado era extremadamente sexy. —Sí, cada arcoíris es un sueño que pinta el cielo. —dijo al final. Eso me hizo sonreír más y me sentí diferente.
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