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1493 Palabras
Primera nota de mi compañero: Es todo un mandón. No se alteren neuronas, ni te desesperes paciencia. Si algo aprendí estos meses en mi cueva es a soportar chicos mandones. Sr. Gruñón era una eminencia en la materia. Lidiar con Trey será pan comido, opinó mi estómago. —Eres Mía. —pronunció con satisfacción y posesión mi nombre. ¿Por qué mi nombre en sus labios tenía tanto sentido? —Mia Hill —completé, esbozando una sonrisa, mis labios están tensados, estoy nerviosa, exhalo—. ¿Y tú? Trey... —Trey Lifford. —Lifford. —saboreé lentamente su apellido. Si sigues sonriendo así no pensaré con claridad. Su sonrisa era tan resplandeciente como una luz cegadora, su brillo irradiaba felicidad, cosas buenas, pero entonces si se ve tan feliz qué hace aquí. —¿Cuál es la razón por la que estás en esté grupo de apoyo? —cuestioné, y me impresionó lo directa y franca que fui, solo sentía una enorme curiosidad por saber más de él. Baja su cabeza, me arrepiento de haber sido tan metiche, obvio la razón es muy personal, y yo solo soy una desconocida. Una completa desconocida que quiere saber si está bien del todo. —Prefiero resguardar mis razones. —susurra volviendo a mí, se las arregla para darme una pequeña sonrisa, con menos intensidad que la anterior pero igual de linda. Dicen que una sonrisa en la cara no significa felicidad, quizá él no era del todo feliz, después de todo ¿Quién lo es? Nuestras miradas se gustan y se eligen. ¿Estás bien? ¿Por qué me interesa tanto? ¿Podría ser sus pupilas más brillantes? Me dedicaré a descubrirlo todo, tarado, todo. Sonrío. —¡Muy bien! Ya tengo anotados los 5 pares —expone Samanta, moviendo su lápiz en las páginas de su libreta—. Tendrán que reunirse antes del lunes de la próxima semana, ese día quiero avances del proyecto ¿Entendido? —Entendido. —afirmamos todos. —Hasta el siguiente lunes, chicos. —se despidió y salió de la sala. Mire mi cuaderno que sólo tenía una nota informativa, me costará conseguir otra, ¿Guapo cuenta como nota informativa? No, obviamente no. Lo cerré y me levanté dispuesta a salir de la sala también. —Tenemos que tener una cita. —decide por impulso. ¿Tenemos? ¿Cita? Seguro se refiere al proyecto, ilusa. Sacudo mi cabeza tirando la idea de él y yo en una cita. —Claro, nos podemos reunir cuando quieras. Frunce su ceño, da un paso a mí envolviéndome en su vibra relajada, me quería relajar, se los juro por los cereales de colores, pero… no podía si está a un paso de mí. —Dije cita, no reunión —confesó sonriente ocultado sus manos en los bolsillos de sus jeans—. Quiero salir contigo. —¿Conmigo? —jadeo, con la boca abierta. —Creo que no me escuchaste —sonríe divertido. Mi corazón corre de su mano, esa mano que va a mi cabello, precisamente al mechón que él pasa atrás mi oreja, me he dado cuenta tarde de que no solo su mano se ha acercado, él también ha avanzado y mucho, veía a la perfección cada una de sus facciones, estoy rigidizada ante la diminuta distancia que separa nuestras caras, mi respiración ya es un caos y mi cabeza, no tengo cabeza ahora. Reacciono a su efecto y giro el rostro, ya no más, esto es muy intenso, demasiado, su risa cantarina toca mi oído sacándome una sonrisa. —Quiero salir con Mia Hill, contigo. Me gustó demasiado que lo dijera así, sin prisas. Pensemos, un chico lindo no me invita a salir todos los días, no podía desperdiciar esta oportunidad, pero por más que me lo pensaba, estaba el escenario de que si aceptaba a la primera demostraría ser más fácil que la tabla del cero, y del otro, si lo rechazaba corría el riesgo de no tener está propuesta de nuevo. Porqué todo tiene que ser tan difícil. Soy mala tomando decisiones. Usemos eso de excusa está vez, porque el que no arriesga no gana. —No. —respondí. Auch, cariño, eso me dolió. ¿Ven? Cuando me decidía a hacer algo terminaba haciendo otra cosa completamente distinta, mi mente dice A o B y elegía ambas, soy un desastre, fin de la historia. —Sabía que aceptarías —garantiza sin dar oído a mi respuesta—, es más, tendremos nuestra cita justo ahora. —soltó jalándome la muñeca para tirar de mí y seguirlo a… él sabrá. Caminábamos y cruzábamos por los pasillos y puertas de aquel hospital, en donde mi GPS mental se averió, estaba completamente desorientada hasta que Rey Ricura se detuvo frente a la puerta con el número noventa y siete grabados en está. Rey Ricura. Lo sé, un gran apodo para un gran bombón. Al entrar, el olor a vainilla me dio la recibida a esa habitación tan masculina, las paredes azul marino colgaban dibujos, fotografías y posters de deportes eran notables gracias al gran ventanal que tenía ese cuarto, la vista era hermosa, la camilla se percibía cómoda y blanda desde sus sábanas blancas, a su lado una mesita de noche donde libros apilados y un cubo de rugbi eran su decoración, al otro lado estaba ubicado un desastroso escritorio lleno de rompecabezas incompletos y más libros. Está era su habitación. ¿Por qué viviría Trey en un hospital? ¿Estaba enfermo? —Colócate está venda. —ordenó cortando mi pensar y ofreciéndome el trozo de tela para cubrirme los ojos. —No lo haré. —No hace falta, yo te ayudo. Es qué era sordo o le gustaba ignorar mis palabras. Segundos después de haber luchado contra Trey, solo veía el color de la conciencia de la monja, n***o, el color n***o era todo lo que podía apreciar en ese instante. Llevaba así ya bastante tiempo y sólo podía valerme de mi sentido auditivo, pero los ruidos extraños sólo me confundían más, incluso escuché un “Auch” junto a improperio de Trey, le pregunté si estaba bien y respondió con un "Siempre lo estoy". Lo sé muy engreído el tarado. —¡Listo! —¿Ya me puedo quitar está cosa? —quise saber. Para cuando terminé mi incógnita ya él me desataba el nudo del pañuelo, logrando con éxito deshacerse de la venda. Y no pude creer lo que vi después. Le habitación se había transformado en una cena. El hermoso ventanal ahora estaba cubierto por una cortina evitando la entrada a cualquier rayo de luz, dejando la habitación a oscuras, la única luz provenía de las dos velas en su mesa puente de hospital cubierta por un mantel blanco que dividía su cama a la mitad, encima de esta, además de velas, habían dos copas con una botella de lo que parecía ser jugo de manzana más unos cinco tazones; tres de ellos repletos de diferentes frutos rojos y los otros dos pequeños contenían chocolate con azúcar, todo decorado con trozos de papel rojo en forma de pétalos de rosas. ¿Podía ser más lindo? No lo creo. Era simplemente sencillo y a la vez tan romántico. Que se haya molestado por hacer de su habitación un pedacito de restaurante sólo para mí me era irresistiblemente tierno. —Tal vez no sea lujoso ni... —Claro que no, esto es mucho mejor, Trey –lo interrumpí, sentándome al final de la cama—. ¿No te vas a sentar? Su sonrisa afirmó mi pregunta. Ya sentado del otro lado de la mesita, las cosas comenzaron a fluir. Trey era un chico muy divertido con anécdotas interesantes para contar, como justo ahora que me dolía el abdomen de tanto reír. —¡Qué atrevida! —hablé entre leves carcajadas. —Demasiado lanzada, figúrate que cuando me negué a probar mi postre, se quitó la braga y me la pasó por debajo de la mesa susurrando "Yo soy tu postre". —¿Y qué hiciste? —Le dije que soy vegetariano. Y estallamos a risotadas. Oírlo reír sonaba como las más dulce de las canciones. Dios, cómo le hacía para lucir así de lindo mientras reía, cuando mi risa ni conocía la decencia, era escandalosa, pero debía moderarla, tampoco quería espantarlo. —Pero basta de mí, quiero saber de ti —me entalla en sus ojos—, ¿cuántos años tienes? —19. —respondí saboreando las ricas fresa. No soy tan vieja porque esa información le amplió la sonrisa. —Ahora la segunda pregunta más importante —rompe contacto nervioso, remoja sus labios, ansioso, regresa a mí—. ¿Tendrías otra cita conmigo? Ansiaba mi respuesta, yo ansiaba mi respuesta, pero nunca nadie se vio tan desesperado por una palabra mía como ese chico. Sí. Ni lo pensaría. —Sólo con una condición. —impuse con aires de la chica difícil de conseguir.
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