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1713 Palabras
—¿Cuál? —increpa, interesado en saberla. —Que responderás a tres de mis preguntas. Necesitaba respuesta, saber más de él, del porque estaba en el hospital, y muchas dudas bobas como por ejemplo ¿si siempre ha sonreído así? Sonríe divertido, respirando de nuevo, relajándose. —Entonces serán tres citas. Toma ventaja, le dejo ganar esta ronda porque el tono decisivo que utilizó me dio la impresión de no querer negociarlo. —Como quieras. —encojo hombros, restando importancia. Saqué mi libreta donde tenía anotadas varias preguntas sin respuestas, entre ellas busqué hasta encontrar la que despertaba mi curiosidad. —¿Cuáles son tus talentos? Disfruté de su cara pensativa mientras apoyaba sus codos en la pequeña mesa para acercarse un poco, o tal vez lo suficiente para susurrar a una distancia muy corta de mis labios: —¿Quieres probar cuál es mi talento? —insinuó libidinoso, viendo mis labios. Dios, por qué no me otorgaste el don de la resistencia. —Quiero palabras, Trey. ¡Pero que mentirosa! —Pues léete un libro, Mia. Sentí su aliento calentando mis labios y una sed inmensa de besarlo. —Responde —pronuncié, siguiéndole el juego—, por favor. Ni sabía bien porque rogaba, si por una respuesta o un beso. O ambos. —Tengo muchos talentos, Mia, pronto irás descubriéndolos uno a uno. Y se apartó, así, de la nada, abruptamente, estando a nada de besarme. Un suspiro frustrado escapo se mi boca. ¿De verdad? ¿Harás esto? ¿Acaso era de esos chicos que le gusta torturar a las chicas con el único propósito de alimentar su ego? Pues, por mí que se muera de hambre él y su ego. —Tengo que irme. —solté con hastío, guardando mis cosas. Alce mi vista hasta su reloj de pared. Chispas, eran las seis de la tarde. —Dame tu número. —exigió con su teléfono en mano, listo para apuntarlo. —Si tanto lo quieres, consíguelo tú mismo —reté tomando la perilla de la puerta—. Bye. Decidida salí de esa habitación dispuesta a irme, lo que fue mala idea puesto a que no sabía cómo regresar, tuve que preguntar a varias personas para dar con un elevador. Afortunadamente lo tomé y salí del hospital con mi cabeza hecha un desastre. Fue entonces cuando me vi sola a la mitad de la calle que pude recordar la existencia de Steven ¿Estaría vivo? ¿Se lo habría tragado Gigi? Esperemos que no. Le marqué esperando escuchar su voz. —Miren si tienen secuestrada a Mia de una vez les digo que no les daré ni un centavo para su rescate, se las regalo. Ofendida, contesté. —Imbécil, debí castrarte cuando pude. —Mia —embellece su voz—, cariño, ¿cómo estás? —Ven al hospital. AHORA. —y colgué. Estaba sola, frente a un hospital, con cara de matar gente, la bilis recorriendo cada vena de mi pequeño cuerpo, queriendo estar en mi cama, sintiéndome estúpida por haberme dejado llevar por los encantos del tarado de Trey, cuando una moto paso con mucha velocidad sobre un maligno charco de barro que tenía en frente. ¿Quién puso ese charco ahí? Vi al motociclista y al charco, no me dio tiempo de llegar a cubrirme o alegarme para evitar un baño de tierra mojada, pero todo intento fue en vano ya que como lo había previsto, termine empapada de lodo completamente. Justo en mi vestido nuevo. Y como en la vida real, el causante de mi catástrofe se dio a la fuga. Genial. No olvidaré el color Naranja fluorescente de esa moto. La buscaré, la encontraré y la mandaré a un depósito de chatarra. JURAMENTO SERIO. Exhalo calmándome. Intenté limpiarme con mis aún más sucias manos, por cuestiones de lógica quedé peor. Gruño furiosa. De verdad, hubiera preferido pisar caca que estar llena de lodo. Vamos. Respiras amor, eres amor y das amor. Recuérdalo. Cerré mis párpados, conté lentamente hasta el Díez. Desde pequeña tenía esa ideología de contar hasta calmarme, algunas veces no me funcionaba de tal modo que terminaba involucrada en actos de poca decencia y moral, en otras lograba mi objetivo a pesar de ser rencorosa. Aún con mis ojos cerrados percibí una luz intensa y demasiado brillante, fueron unos segundos cuando se apagó, al abrir y ampliar mi vista di con una flameante moto naranja, la rabia y el enojo volvieron como ex tóxico arrepentido. Miré al conductor del artefacto, pero su casco solo pudo ofrecerme sus ojos. Eran del color n***o, pero tan brillantes y llenos de energía. Esos ojos eran más vivos que su color. Se enlazó con los míos y no dudó en descender por todo mi aspecto. Mi ASPECTO. Dios, solo espero que debajo de ese casco no hubiera un rostro bonito, porque sería la condena de muerte a mi dignidad. Justo entonces ríe. Patán, si estaba así era culpa suya. A mitad de mi formación de improperios para mi dedicatoria a él, él decide dejar el anonimato y dar la cara, y… yo di por muerta mi dignidad. Se le condena a pena de muerte a la dignidad de Mia Hill. Sonó el martillo para aplicar la sentencia. Todo eso sucedió en mi mente a lo que estudiaba su varonil rostro. Un estilizado cabello castaño claro, levemente revuelto y con ondas le dieron paso a una cara redonda y dulce. Sus soñadores ojos hacían juego con sus arqueadas y espesas cejas las cuales le otorgaban un toque rústico a tanta delicadeza en su rostro, sus finos labios eran rosáceos y su sensual forma era adictiva a la vista. Su nariz recta era lo único con carácter maduro, gracias al pequeño piercing en ella. Era una mezcla entre rudo y dulce, pero sobre todo encantador y simpático según lo que veo de su sonrisa. —Disculpa, no te vi. —dijo con su voz ronca. Que la voz no te afecte. Que no te afecte. —El problema no es disculparte, el problema es lo que hiciste —me apunté—. Parezco una fusión de caca con un humano, una Cacaenstain. Sus carcajadas estaban cargadas de diversión. Genial, ahora era su payasa. —Es una lástima lo de tu vestido, te veías de ensueño, Cacaenstain. —hizo énfasis en mi creado mote. —No me llames así. —advertí. —Entonces, ¿Cuál es el verdadero nombre de Cacaenstain? —Mia. —dije extendiéndole mi mano llena de tierra y sepa que otras cosas más. No le importó el lodo en mi mano a la hora de estrecharla. Su mano era fuerte, el apretón de manos me lo dejó muy claro. —Creo que llegaremos a ser muy buenos amigos, Cacaenstain. —Que dejes de llamarme así. —grité, haciendo un berrinche de una niña de tres años. —Dejaré de llamarte de esa forma, si en cambio dejas que te lleve a tu casa. —¿Cómo estas tan seguro de que iba a mi casa? Posiblemente me dirigía a una fiesta. —¿Y vas a tus fiestas cubierta de barro? Ja, que divertido. —Claro que no —golpeo las palabras—. No todos los días me topo con idiotas ciegos que me estropea el atuendo. —Seré idiota ciego, pero soy uno muy afortunado, aun con tu cara llena de chispitas marrones luces bien. ¿Cuál es tú secreto de belleza? —Si te lo digo deja de ser secreto, tonto. —reí, era muy agradable este chico. —¿Nos vamos? —invitó. —Lo siento, pero estoy esperando a alguien más. —Esperaré contigo. —sonrió, bajándose de su moto. —No es necesario. —traté de detenerlo, pero descubrí por las malas los terco que es. —No te dejaré sola, que tal e intentan sobrepasarse contigo. —Acaso dudas de mis bases de kárate —bufo—. Tranquilo, sé defenderme. —No lo dudo, pareces muy confiada pero tus músculos son de gelatina —me observó como si le causará ternura—. No lograrías nada. —Pues no me veré intimidante como tú, pero sé dar un buen puñetazo a tiempo. —solté cabreándome. Sé que a simple vista era inofensiva, sin embargo, por algo dicen que las apariencias engañan. Eso lo hizo reír un poco. —Calmante, pequeña Rocky Balboa. Le dejo mi respuesta al viento, mi silencio más puro. —A quién esperas. —A una persona. —respondí para fastidiarle. —En serio, yo aquí emocionado esperando a un extraterrestre. —expulsó con notorio sarcasmo. —Bueno, ¿Cuánta si es más extraño que un alienígena? Iba a responder, iba porque el alienígena o Sr. Gruñón nos honró con su presencia. Su cara estaba estrujada en una mueca de confusión. No fue complicado saber el motivo de su desconcierto puesto a que me miraba de arriba abajo. Debía sacarle provecho a esta situación, corrí hacía él y lo abracé muy fuerte restregando mi vestido en sus limpios jeans, ni hablar de su camisa. Estaba disfrutando más que nunca su cara de asco. Me separé y le dediqué una sonrisa de labios cerrados. —Cuanto te extrañé, estúpido. —Y yo a ti, desastre sobrenatural. —Mira él es... —recordé que no me había dicho su nombre. Que maleducada soy. —Owen. —se presentó. —Owen es el culpable de mi nuevo look —le dije a Steven, apuntándolo de forma acusativa—. Owen, él es Steven, lo que tanto hemos esperado. Ambos se estrecharon la mano y se dijeron unas cuantas palabras. —Vamos, antes de que causes la destrucción del mundo, renacuajo —me avisó, pero su mirada se detuvo en Owen—. Oye, ¿no quieres venir a una fiesta? —Te sigo. —afirmó su asistencia. Para ese entonces yo estaba montada en la motocicleta de Steven. Tenía sueño, hambre y frío. Sólo había un lugar en donde quería estar y tenía dos palabras y tres sílabas: mi cama. En el camino a nuestro departamento, pensé en Trey, específicamente en por qué estaría viviendo en un hospital. Tendría que estar enfermo de algo, pero tampoco lo creía, se le veía muy saludable. Averiguaría al respecto.
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