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1252 Palabras
—Ya llegamos. —informó Sr. Gruñón. —Dime que ordenaste pizza. —rogué ya dentro del elevador. —Sí, claro que ordené pizza, sólo que... Las alarmas de mi estomago se activaron de inmediato. —¿Qué le pasó a la pizza? —refunfuñé, como perro con rabia sin importarme que Owen estuviese viendo esa fase de mi carácter. Vamos, si ya me había visto repleta de lodo, qué más daba. Esperaba una explicación muy pero muy buena para que Steven saliera con vida del elevador. Pero dudo que mi hambre en vías de desarrollado entendiera cualquier argumento que saliera de la boca de ese estúpido. —Gigi se la comió. Oh, conque esa tenemos. —¿Huelen eso? —dije olfateando el aire, y ellos copiaron mi acción, buscado el aroma—, huele a traición. —culminé fulminado con la mirada a un traidor. Dejaron de buscar el inexistente olor, para verme al rostro, yo ignore sus miradas. —Mia, no seas así, Gigi tenía mucha hambre. —En ese caso te le hubieses servido en bandeja de plata, porqué se dio un bufe visual contigo, se iba a quedar visco de tanto que te comía con los ojos. Pero ¡No!, hay que sacrificar mi pizza. Sr. Gruñón me vio con desespero, estaba acabado su delgada cordura. —¡Por Dios!, tan sólo es una pizza. —un bufido exasperante salió de su boca. —Claro. Como tú no tienes hambre, que me vas a estar entendiendo —ataqué, con mis brazos cruzados—. Que falta de respeto. Debería darte vergüenza, Steven. —No es para tanto, además Sheyla te trajo macarrones con queso. Colapsa mi respiración. —¿Sheyla? —pregunté atónita, hacía meses no escuchaba ese nombre. Sheyla es mi mejor amiga o eso creía, perdí contacto con ella desde que me mudé a esta ciudad, no la he visto desde que ocurrió la tragedia. Ella me abandonó cuando más la necesitaba, si ella me hubiese apoyado o sólo haber estado conmigo durante esa tormenta emocional, todo, absolutamente todo hubiera sido tan diferente. —Sí, vino a visitarte —contó desinteresado—, se veía muy preocupada, me preguntó mucho sobre ti. Steven no sabía nada de lo que Sheyla significaba para mí. No creo que pueda ver sus ojos sin quebrarme en el intento. —Si vuelve, dile que me mudé a otro lugar y desconoces mi paradero. —dije seriamente observándolo. Miro a Owen antes de responderme con un simple Ok con aires de “hablamos de eso luego”. Asentí con la cabeza y cerré mis ojos. Estaba exhausta, mental y físicamente, pero el hecho de saber sobre Sheyla despertó un sentimiento incómodo en mí, era consciente que, al volverle a ver, me arrastraría a lo que tanto me he esforzado en evitar: mi pasado. En lo que el ascensor abrió su puerta salí disparada a paso apresurado al apartamento. Al llegar, encontré a mucha gente bailando y bebiendo, la música que sonaba a volúmenes exageradamente altos me dejaba sorda y aturdida, ni siquiera había entrado del todo y ya me estaban empujando y jaloneando. Las palabras de un traicionero Steven, resonaron como eco en mi cabeza. "Oye, ¿no quieres venir a una fiesta?" Los cabos se entrelazaron con facilidad. La dichosa fiesta sería en nuestro departamento. Mi suerte no dejaba de sorprenderme. Mi día iba de mal a peor. Con hambre y llena de mugre me hice paso entre la gente para llegar y tener un poco de calma en mi habitación, lo necesitaba o de lo contrario mataría a alguien. Estaba por entrar a mi habitación, pero algo me paró en seco, lo vi. Su cabello revuelto y sensual, sus ojos hipnóticos y sonrisa brillante. ¿Qué hace Trey aquí? Trey apoyado en la encimera con una bebida en sus manos, charlaba con otro chico del lugar, parecían tener una buena e interesante conversación. No conocía al dialogante pero la confianza que se tenían demostraba una amistad leal y genuina. Su mirada celeste viajaba por todo el lugar buscando algo o a alguien. Inmediatamente reaccioné y recordé mi vestimenta, corrí directo a mi habitación como cenicienta después de las doce, sólo que mi hechizo se rompió antes de lo acordado, le haría llegar mis quejas a mi hada madrina. En el recorrido hacía mi cuarto, lleno de pisadas y golpes en mis costillas que hacían del aire espeso a mis pulmones. Me pregunté cómo era que cabía tanta gente en un lugar tan pequeño. No sé como pero mi mano pudo tocar la manilla de la puerta, la empujé y accedí a entrar. Ya del otro lado, apoyada en la puerta, llegué a la conclusión de tener varias cosas en las que pensar, claro no sin antes darme una buena y larga ducha. De vuelta, ya aseada y limpia me senté aún con mi bata de baño en mi amada camita. Un relámpago sonó en mi estómago para informarme de que tenía que alimentarlo, animada con la idea de ordenar comida china busqué en mi menos sucio bolso mi celular. Sin embargo, dos cosas vinieron a mi mente, A) tenía gomitas y macarrones con queso en la cocina. Y B) Trey estaba en la fiesta. La opción A no era considerable si obviamos la aglomeración de personas para llegar a la cocina, pero la B me atraía, más sabia que tenía preguntas pendientes con ese atractivo tarado y el alcohol en sus venas haría que soltara de forma fácil la información. Quería saber más de él. Que irónico, después de todo, sí terminaré en una fiesta. Me arreglé con mi mejor vestido, era sedoso y ajustado de color azul cielo y se moldaba a mi figura dejándola estilizada, mis pies calzaban unos tacones con diamantes, un collar metalizado. Mi maquillaje no era extravagante, mis labios resplandecían en un labial mate oscuro, mis pestañas lucias más largas gracias a la mascarilla y mis mejillas resaltadas por el rubor naranja. Me confirmé con mi apariencia al verme reflejada en el espejo. Tomé mi bolso de mano, en donde ocultaba la lista de interrogantes para el Rey Ricura. Caminando decidida y confiada, salí de mi habitación con un único objetivo: Respuestas. La mayoría de las fiestas a las que había asistido, las cuales habían sido unas tres veces, no soy amante de estos ambientes, pero la ocasión ameritaba el esfuerzo. Aún con el olor a hormonas y testosterona, la gente seguía bailando como si el mundo se fuese acabar en pocas horas. La música era la único agradable, las bocinas emitían sonidos movidos y rítmicos que te invitaban a bailar a su compás. Haciendo leves movimientos lentos me sumergí entre la multitud, sentí un el peso de una mirada en mi espalda, por intriga giré para descubrir a Owen escaneándome y dirigiéndose a mí. Al llegar a mi lado comenzó a bailar al ritmo de la movida canción colocada, yo no dude en seguirle el paso. —Extraño a Cacaenstain. —me hizo un puchero tan tierno. —Te doy permiso de lanzarme todo el lodo que quieras. —Y arruinar tu atuendo, no gracias. —reímos. —¿Steven, en dónde está? —le pregunté. —Está ocupado. —dijo guiñándome uno de sus oscuros ojos. Viré mi vista a donde estaba Trey, sin encontrarlo ahí, su amigo sí lo estaba y veía a nosotros, revisé a mis alrededores teniendo nada de Trey como resultados. ¿Qué pasó con él?
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