—Bueno, yo iré a la cocina. —le avisé.
—Ok.
Bailando llegué a la cocina y no me sorprendió encontrarla vacía. Sr. Gruñón organizaba con frecuencia esta clase de fiestas, siempre y cuando respetarán las reglas: nada de cocina, nada de habitaciones y nada de sustancias ilícitas. Aunque de lo último no estoy tan segura de su cumplimiento.
Empecé por buscar en los almacenes mis gomitas, obteniéndolas con éxito en la búsqueda. Ahora era turno de los macarrones con queso.
¿Dónde las habrá puesto el insurrecto de Steven?
Un envase arriba de los estantes fue iluminado por mi curiosidad, lo observé con más atención y sí, efectivamente eran los macarrones. Intenté llegar a él, pero por más que estirará mi pequeño cuerpo no lograba ni tocarlo. A esas alturas mi estatura era inservible aún con mis tacones puestos. Realicé un último esfuerzo y pude rozar el plástico con mis uñas.
Una segunda presencia en la cocina, el doble de alto que yo, se posicionó detrás de mí y sin tanto esmero estiró su brazo alcanzando la taza, mis ojos estudiaron a sus proporcionados dedos e imaginaron debajo de la tela negra de su buzo a su fuerte antebrazo y su musculoso brazo hasta llegar a sus esferas celestes enfocadas en el molde de plástico.
Aun apreciando la mitad de su rostro era hermoso. Todas sus facciones se juntaron en su cara inexpresiva. Parecía aburrido. A pesar de la falta de emoción en su rostro sonrió al bajar mis macarrones con queso, lástima qué hubo una falla en nuestros planes, el envase estaba debajo de un vaso con… No sabría muy bien como llamar ese líquido viscoso, que por fuerza gravitacional terminó esparcido en su cabello, rostro y se coló un poco en su sudadera negra. Una mueca de asco invadió mi semblante.
—Es salsa de tómate —dijo llevándose uno de sus dedos llenos de salsa a sus labios, que al deleitar su sabor formaron una sonrisa traviesa—. Por qué no la pruebas. Está deliciosa.
—No me gusta en nada él tómate.
Era cierto, tenía un trauma con él tómate, toda culpa de una mosca.
El desagrado en su cara me hizo saber que la salsa se le empezaba a pegar a su piel.
—Lo siento mucho —trate de disculparme—. Ven. —lo jale para que me siguiera.
Lo guíe hasta mi habitación, le ofrecí una toalla para que se limpiase la sustancia pegajosa. No obstante, su cabello era un desastre que requería agua y champo, al final se vio obligado a darse un baño. Lo dejé en su labor mientras me dirigía al cuarto de Steven.
Me arrepiento de haber entrado, porque fui testigo de un suceso muy desagradable.
En la cama había dos personas, emitían ruidos extraños, específicamente gemidos y jadeos.
Ok, Ahora sabía en qué estaba ocupado Steven.
Pero todo era auditivo no era nada que me interese visualizar, caminé con cuidado y suma precaución, hasta encontrarme revisando su armario en busca de alguna camisa para Trey, la conseguí e inmediatamente me fui como llegue, silenciosa.
Cerré la puerta y con prisas fui a mi cuarto, revisé mejor la camiseta que le daría a Rey Ricura. Era negra con cuello en V y a juzgar por lo pequeña que era, determine que era muy ajustada. La tela era suave y cómoda, puesto a que era nueva, a Steven no le gustan las cosas ajustadas y era una lástima, el muy estúpido tenía un cuerpazo.
—Te traje una camisa que tomé prestada a Steven, no es muy de tu estilo per... —alcé mi vista para hallarlo semidesnudo delante de mí, imagen que calló mi voz e hizo gritar mi corazón.
Avanza para recibir la camisa.
Su repentina cercanía me puso nerviosa, su cabello mojado goteaba queriendo apagar el fuego en mis mejillas ocasionado por la pena, la rustica piel de su pulgar seco la fría gota en mis cachetes, esa sensación rara me apartó, tomando distancia suficiente para hablar.
—Toma y vístete. —arroje la camiseta en su dorso fornido y la recibió con una risa cantarina y divertida.
Porqué me haces esto, eh. ¿Acaso no ves cómo me derrito cuando te ríes así?
—¿Qué haces aquí? —busqué conversar para distraerme.
El armario se veía sensual como objeto para perder mi presencia de la suya.
—Vine por el número celular de una chica que conocí esta mañana.
Díganme que está bromeando, por favor, lo requiere mi paz interna y mi lado fangirl.
—¿Viniste sólo por un número de teléfono?
—No es número de teléfono cualquiera.
—Estás loco. —niego sin crecerle.
Sonríe notando algo.
—Y tú sonrojada. —nota riendo.
—Ya vístete, quieres. —gruñí ya harta de su fastidio.
—Preciosa, interesante, pero con mal genio.
—No he cenado. —justifiqué mi mal comportamiento.
Las cosas eran así, si no comía parecía hermana de Sr. Gruñón.
—¿Porqué? —me miro preocupado.
Porqué Gigi se tragó mi cena. Quise responderle.
—Porque la salsa de tómate le cayó encima a un chico que trató de ayudarme a tomar mis macarrones con queso. —expliqué buscando gomitas azucaradas, necesitaba azúcar.
Oh, aquí están.
A escasos centímetros de que un osito de gomita cayera en mi boca, Trey me lo arrebató junto con la bolsa llena de ositos azucarados y coloridos. Fue tan rápido que ni pude ver como lo hizo.
—¡Ey! —grité reaccionando—, dámelas, son mías.
No se inmutó ni un poco, al contrario, guardo la bolsita de gomitas en el bolsillo de su pantalón y se cruzó de brazos. No haría nada, no me las daría.
Chispas, esa blusa sí que le quedaba bien.
Concéntrate, Mia, concentración.
—No comerás azúcares antes de una cena nutritiva.
Y vete a freír espárragos en un bosque de china.
Hice caso omiso a su sermón, lo ignoré, estaba muy ocupada tratando de llegar a su bolsillo trasero y recuperar lo que es mío, lo que me robó.
Pero seamos realistas, yo era cero fuerzas y Trey era Míster Músculo. En nuestra mini batalla hubo gritos; más míos que de él; jalones y estando mi mano a un centímetro de su bolsillo él uso una táctica muy efectiva para mi derrota: Cosquillas.
Sí, yo tenía puntos sensibles, como a costados de mi cintura. Justo el blanco perfecto para mi enemigo.
Al darse cuenta de mi debilidad no dudo en usarla a su favor.
Dios, porqué a mí. Yo sólo tenía hambre y quería a mis gomitas.
Al sentir sus manos rascar mis costillas, estómago y cintura me retorcí en carcajadas.
—¡Bien! Tú ganas. —declaré entre jadeos, aspirando normalizar mi respiración.
Yo daba por acabada la guerra, sin embargo, Rey Ricura tomándome desprevenida, me cargó como un costal de papás.
Ahora qué hice.
—Trey, bájame —al ignorarme subí el tono de voz—. ¡AHORA! —ordené gritando.
—Eso no será posible —pataleé y golpeé su espalda baja—. Y deja de moverte. —dijo, dándome una nalgada.
—Juro que, si me vuelves a golpear el trasero, te estrangulo. —amenacé.
—Valdría la pena, tienes un buen trasero. ¿Lo sabías?
Y con eso mis mejillas estaban como reflectores.
—Te hablo enserio, tarado.
—Y yo. —dijo, defendiendo su ideología sobre mi trasero.
Mi vista estaba en el suelo que descendía de forma contraria, estábamos saliendo del departamento.
—¿A dónde me llevas?
—Te llevo a cenar.
La palabra Cita se encendió en mi mente como un aviso importante.
¿Acaso Rey Ricura y yo íbamos a tener una cita?
¿Cena?
¿Trey y yo?
¿Había entendido mal?
Tengo que confirmarlo de alguna manera.
—Muy amable y considerando de tú parte. No sé en donde aprendiste a conquistar chicas, pero primero se les pregunta y sí acepta, tienen una cita. Todo lo opuesto a tus conocimientos, Trey.
Espere su respuesta con ansias.
—No es una cita. Tienes que comer bien para que estés saludable.
False Alarma.
Lástima, yo estaba dispuesta a ir en contra de mi voluntad a una cita con él.
Por otro lado, demostraba interés en mí y se preocupaba por mi bienestar. Qué lindo.
—Como usted diga, don nutricionista —dije con falso respeto y él se río, yo no la estaba pasando bien—. Trey, bájame, puedo sentir como la sangre se acumula en mi cabeza y créeme, eso si no es saludable.
Al bajarme, un mareo me tambaleo por completo, cerré mis ojos para recuperar mi orientación y estabilidad.
—¿Está bien? —preguntó, visualizándome preocupado.
—Estaré mejor, si no me vuelves a cargar así.
Levantó una de sus cejas para decirme:
—Entonces, ¿cómo te gustaría que te cargue? —la pregunta tenía doble sentido, lo delataba su cara de pervertido.
—Pervertido.
Él volvió a reír.
Un risueño pervertido.
La bocana de aire frío refresco mi rostro, ya nos encontrábamos en el estacionamiento. Él tenía unas llaves en sus manos las agito mientras caminaba, el sonido de los trozos chocando entre sí, acompañaron su galantería al andar.
La oscuridad cubría el cielo, no había rastro de estrellas ni de la luna, esa noche el cielo era más denso y profundo. Las grandes nubes grises eran todo lo que se apreciaba.
—¿Te gusta la pizza? —quiso saber Trey mirándome de reojo y desactivando la alarma de su auto.
—Me casaría con la pizza si pudiera. —exageré.
—Y yo sería tú amante clandestino —abrió la puerta de copiloto y me sonrió–. Sube.
Cuando hice lo que me pidió, el olor masculino que desprendía cada espacio del interior de su auto impregnó mi gusto olfativo.
Su auto olía a él.
Al subir Rey Ricura, el olor se intensificó.
Antes de poner en marcha el vehículo, percibí su intensa mirada en mí, tanto que me incomodó, así que me le uní, lo que no tenía planteado fue perderme en sus almendros ojos y me miró como nadie lo había hecho.
—¿Qué? —pregunté perdida en el mar debajo de sus cejas.
En el instante en que mis labios se movieron para articular mi interrogante, sus ojos viajaron a ellos.
Mis labios.
—Lindos labios. —respondió suavemente, y lo sentí como una caricia.
—Gracias. —le devolví en el mismo tono.
Un suspiro se fugó de sus apetitosos labios.
Chispas, hasta sus suspiros eran sensuales.
—Let's go.