Rotos encajamos mejor (2)

2983 Palabras
Luego de caminar unas diez calles, encontré un pequeño bar de aspecto inmundo. Bastante viejo y desaliñado, como el hombre que atendía en la barra. Había poca gente y la mayoría estaba sentada en la barra bebiendo con expresión de aburrimiento. Casi todos eran gordos y con más de cincuenta años, pero no me importó, ya que no iba a buscar clientes, simplemente iba a beber hasta perder la consciencia. Con el pasar de las horas, cada vez me iba sintiendo más y más ebria. Al cabo de dos horas ya veía borroso y no podía pronunciar una palabra sin arrastrar las letras. Mi boca parecía adormecida. Comenzamos a divertirnos todos los que estábamos presentes y a matarnos de risa mientras les contaba anécdotas. Llegó un punto de la noche en que casi todos estaban reunidos en torno mío y varios me abrazaban o incluso me atraían hacia sus piernas para que me sentase. Yo apenas me daba cuenta de esos detalles con lo ebria que estaba. De pronto, el pequeño y apestoso bar se había vuelto un lugar lleno de carcajadas y hombres que brindaban con sus botellas cuando contaba la mejor parte de la historia, hasta que logré convencer al bartender de poner algo de música y entonces todos me suplicaron que les mostrara mis movimientos. Al principio me negué, pero luego todos prometieron reunir entre todos mil dólares y darmelos si bailaba durante al menos una hora. Me subí de un salto a la barra y comencé a contonear las caderas al son de la música suave que sonaba. Aún llevaba el atuendo del burdel, que era un body de pingüino que dejaba la mitad de mis senos al aire y unas medias de red junto con unos tacones de aguja. Lo único que me había puesto para salir había sido un tapado largo de algodón frizado, que me quité en cuanto comencé a reírme con ellos. No paraba de reírme de mí misma y, al cabo de una hora, los hombres comenzaron a ofrecerme cantidades enormes de dinero entre todos para que me sacara una prenda. ¿Se imaginan? Fue entonces cuando me quité los tacones y todos reunieron doscientos dólares que dejaron entusiasmados dentro del body. Luego ofrecieron quinientos para que me quitase las medias de red, lo cual no dudé ya que eran solo eso, unas medias. La cosa se puso picante cuando me suplicaron que me quitara el body, ya que si me lo quitaba no me quedaba nada más que una diminuta tanga de encaje color bordó, pero para su sorpresa, yo no me hice suplicar casi nada. A esa altura ya estaba tan ebria que prácticamente podían pedirme lo que sea. Así que me desprendí el body y lo arrojé hacia algún sitio que no presté atención y luego continué bailando eufórica mientras me bebía una botella de vodka yo solita, sin apenas respirar. Mis senos iban de aquí para allá, y cada tanto alguno se ponía a jugar con ellos e incluso cuando descendía para menear aprovechaban a pasar la lengua por mis pezones. Yo me reía porque se veían muy graciosos, como gatitos queriendo cazar un hilo, ya que yo no me quedaba quieta ni un segundo. Las pastillas que había tomado me habían dado mucha energía. Cuando menos quise acordar, ya estaba en el suelo y todos los hombres a mi alrededor bailaban conmigo mientras me manoseaban, y yo me dejé… mientras pensaba que era Paul Makenna… Mi excitación fue tanta al pensar en él que prácticamente me entregué a ellos mientras gemía su nombre. A ellos no les importaba, porque sólo querían mi esbelto cuerpo. Al menos eran solo cuatro, los cuales veía borrosos. Solamente sentía sus manos sobre mí. —Estas tan rica —exclamó uno arrastrando las palabras mientras me bajaba la tanga y acercaba su rostro a mi coño. Otro me hizo levantar los pies para que pudiera liberarme de la tanga del todo, mientras comenzó a meter tres dedos dentro de mi coño, impidiendo al otro lamerlo, y entonces ambos me preguntaron que prefería, y otro, interrumpiendo, opinó que podían ambas, lo cual era cierto… Me acostaron arriba de una mesa y, mientras uno me lamía el clítoris, el otro me metía un dedo y me estimulaba el punto G, mientras que yo me imaginaba que todo eso lo hacía Paul. Incluso exclamaba excitada su nombre mientras me corría. Otros me besaban el trasero y otros los senos. Luego uno se paró en un extremo de la mesa, pegó mi trasero a su cintura y sacó su pene erecto mientras esperó sonriente a que los demás desocuparan mi jugoso coño, que lo sentía vibrar de excitación. —Ah, Paul… —exclamé, y me corrí por segunda vez. Oí risas a mi alrededor, pero yo me sentía cada vez más caliente y prácticamente podía ver a Paul cuando cerraba los ojos. Al mismo tiempo, la cabeza me daba vueltas y cada vez veía más borroso. Finalmente, llegó el momento del hombre que estaba parado delante de mí. Me hizo sentarme y que observara cada movimiento, y aunque no veía nada más que borroso, obedecí, porque últimamente estaba acostumbrada a eso. El hombre sacó su pene erecto y comenzó a acariciar mi coño con la glándula de su pene, frotandolo por mis labios vaginales, que estaban totalmente húmedos por las veces que me había corrido y las que se habían venido en mí. —Tu coño está tan húmedo que podrías poner tu propia empresa de lubricantes caseros —susurró al inclinarse sobre mí para pasar su pene por mis pezones, mientras que otro aprovechó para escabullirse y absorber con su boca mi jugo vaginal y los restos de mi reciente orgasmo. Poco antes de retirarse, pasó su lengua por mi clítoris, lo que me hizo exclamar un fuerte gemido de placer. —¡Ya déjala que la vas a hacer correrse y ahora es mi turno! —le exclamó irritado el hombre que me tenía de la cintura y estaba parado frente a mí. El que me chupaba el coño pasó una vez más la lengua por mis labios, rosados de tanto sexo, y se hizo a un lado. El mismo hombre que aún esperaba mi coño en la punta de la mesa me volvió a acostar y comenzó a penetrarme desesperado y con violencia, mientras que otro puso su pene entre mis senos, apretandolos con la mano y follandome con él. Otro enterró su pene en mi boca. Ya no tenía de placer ni pensaba en Paul, porque me negaba a creer que el sexo con él sería así de desagradable. Empecé a forcejear, pero me sentí débil. Me volví a correr, pero ellos parecieron no darse cuenta y continuaron entre risas y festejos. A los siguientes minutos comencé a sentir como me sentaron y me pusieron una botella de whisky en la boca, que ingerí automáticamente, mientras que el hombre que aún me follaba se corrió dentro de mí, y a los segundos sacó su pene y otro que se puso en su lugar me rozó los labios con el pico de una botella. Exclamé qué no, y por lo visto cedió a mi negación con tal de que no se acabara la fiesta. —Mierda, pequeña zorra… —me acarició los labios de la v****a con tres de sus dedos mientras se acercaba a mi oído y con la otra mano pegó mi cuerpo al suyo— te chuparía todo el coño si no fuera porque tienes semen de tres tipos diferentes. —Se desabrochó el pantalón y enterró su pene erecto en mí, y aunque ya no quería más, me sentía demasiada cansada para hablar. Me sentía a punto de caer en un sueño profundo. No sé cuantos minutos transcurrieron hasta que se oyó un estruendo y el tipo que me estaba follando sacó muy rápido su pene dentro de mí, al igual que el otro que lo había puesto en mi boca. Comencé a oír gritos, golpes y hasta romperse botellas. Creo que me quedé dormida, porque no oí ni vi nada más. La mesa estaba muy cómoda y yo ya no estaba más caliente por Paul… Paul Con tantos puños cayendo sobre mí no me quedó otra que romper una botella y comenzar a agitarla encima de ellos. A uno le corté la mejilla y se fue corriendo casi simultáneamente. A otro le encesté una patada en la boca del estómago y se quedó jadeando en el suelo, mientras que a los otros dos casi les deformé el rostro con los puños. La furia que sentía me hizo romperles la cara casi sin darme cuenta, hasta que ninguno volvió a moverse y, entonces, me acordé de Eva. Corrí hacia la mesa donde ella yacía inconsciente y desnuda…, con alcohol y semen derramado en casi todo su cuerpo. Tomé su tapado de una butaca y se lo coloqué encima, envolviendola toda de pies a cuello. Luego la cargué en mis brazos y la acosté en la parte trasera de mi BMW. Me subí y, una vez que estuve en el asiento, me estiré hacia atrás y corroboré que sólo estuviese dormida. ¡Había llegado tarde! ¿Cómo podía haber sucedido? Todo un mes sin quitarle los ojos de encima ni por un segundo y justo por oír las pavadas que el imbécil de John tenía para decirme, casi la pierdo de vista, y en el peor momento. Sabía que no era mi culpa, pero aún así me sentía pésimo conmigo mismo… Por suerte tenía su dirección, ya que conseguí mucha información de Eva al dormir con su amiga Susy. No perdí más tiempo y comencé a conducir hacia donde ambas vivían. Una vez llegado, la cargué nuevamente en mis brazos y subí la escalera. Si no fuera por sus enormes senos y sus ligeros músculos, no pesaría nada. No toqué la puerta, ya que tomé la llave del bolso de Eva y la abrí. Al entrar, me encontré con una mini reunión o fiestecita. Había alrededor de doce personas. Un hombre moreno de aspecto desaliñado, caminata egocéntrica y ebrio se acercó con una sonrisa alegre y con una joven completamente desnuda a su lado. —¿Tanto la has follado que la has tenido que traer inconsciente? —dijo el tipo. Se rió con fuerza y bebió un trago de la botella. Yo no sabía si bromeaba o esa situación le divertía en serio. —¿Dónde está su cuarto? —pregunté con tono adusto. Él se limitó a señalar una puerta a mi izquierda, en una esquina de la sala. Al llegar intenté abrirla, pero estaba cerrada con llave. Volví a sacar su llavero y supuse que la segunda o tercera llave sería la de su habitación. Normal que la cerrara con llave viviendo así. Al girar la llave, la puerta cedió de inmediato y me adentré con Eva en la habitación. La dejé en su cama y me quedé pensando… No podía dejarla en ese estado… y allí, con esa gente. Además ¿Cómo cerraría su puerta sin dejarla encerrada? Tampoco podía quedarme toda la noche con ella, o no iba a poder dormir un solo minuto con esa fiesta a una puerta de distancia, y me esperaba mucho trabajo. Resolví —luego de unos minutos de observarla dormir— llevarla conmigo. El apartamento donde recibía a las mujeres iba a bastar. No podía llevarla a la mansión, allí siempre había mucha gente merodeando constantemente. Justo cuando iba a volver a cargarla, el tipo que me recibió apareció en la entrada de la habitación con una sonrisa insinuante y una botella de vodka llena. —¿Te arrepientes y te la llevas para follarla más? —preguntó entre risas—. Esa zorra no se cansa de ser follada aún inconsciente. Si quieres, te puedo ayudar a satisfacerla —propuso, con una sonrisa pícara mientras se desabrochaba el cinturón y se acercaba galante a la cama donde dormía Eva. Abrí perplejo los ojos de par en par al presenciar como el tipo sacaba y sacudía su pequeña polla para avivarla, mientras se preparaba como un felino para tirarse encima de ella. Puse mi expresión más asquerosa y fría y me puse delante de él con el torso recto y el mentón ligeramente alzado, a medio metro de él. —Sal de aquí si no quieres que te mate. El tipo dejó de agitar su pequeña polla y se fue de la habitación cerrando la puerta de un portazo. Eso me convenció de que Eva no podía quedarse allí sin la supervisión de una persona con al menos un pato en fila. La cargué en mis brazos, salí de la habitación y, luego de cerrarla nuevamente con llave, salí del apartamento y bajé la escalera. La volví a colocar en la parte trasera del coche y en ningún momento movió un solo dedo. Dormía muy profundamente. Al llegar al apartamento, lo primero que hice fue llenar la bañera y meterla allí. Le saqué todo, total ya la había visto desnuda y en una pose muy comprometedora. Le lavé su sedosa melena color chocolate como dios manda y, luego, se la envolví en una toalla blanca. Después le froté una esponja vegetal por todo el cuerpo, principalmente donde tenía derramado alcohol y semen. Luego de eso simplemente la envolví en una bata de toalla blanca y la acosté en el sommier, y allí quedó. Me acosté a su lado y cerré los ojos. Había sido una noche de mierda y dormir me iba a venir más que bien. Era eso o quedarme despierto culpándome de todo. Me desperté exaltado al sentir un movimiento brusco a mi lado. Lo único que logré ver con poca precisión debido a la oscuridad fue a Eva corriendo al baño que estaba al lado, a tan sólo dos metros. Cerró la puerta de un portazo y, a continuación, oí arcadas. Me levanté y caminé hacia la puerta, algo nervioso pero decidido a preguntarle si necesitaba algo, pero justo antes de golpear ella salió con los ojos abiertos de par en par y la cara contraída de pánico. —¿Qué ha sucedido? —preguntó con voz temblorosa. Miró desconcertada a su alrededor—. ¿Dónde estoy? Sus ojos marrones y sus pestañas voluminosas se posaron perplejas y confusas en mí. Alcé las manos para que me tenga confianza y entoné una voz que hacía años no usaba con nadie. Se oyeron extrañas las palabras una vez dichas, pero quería transmitirle confianza, sobre todo porque no sabía qué recordaba y no quería que pensara nada malo sobre mí. —T-tranquila, Eva… Te encontré en un bar y... unos hombres se estaban aprovechando de ti, así que te saqué de allí y te traje aquí. Pero no pasó nada —le aseguré, y ella pareció relajarse tan sólo un poco, pero luego se volvió a desesperar. —¡¿Qué me han hecho?! —chilló histérica mientras se llevaba las manos a la boca para contener un grito ahogado—. ¿Q-qué ha pasado? Tengo imágenes muy borrosas… no sé si son pesadillas o parte de la realidad… Yo… —Oye, tranquila, estás a salvo ahora y vas a estar bien, siempre y cuando no vuelvas a hacer esas cosas… —le dije casi sin pensarlo. Ella arqueó una ceja. —¿Qué cosas? Vacilé en responder y pensé en una buena respuesta. —Eso de beber mucho… —«E irte de mi vista a hurtadillas» hubiese agregado, pero se iría corriendo—, e irte sola… —¿Y con quién me iría? —preguntó con tono desafiante. «Pues conmigo, mujer terca ¿Con quién más?» —Con alguien que te vaya a cuidar —respondí con una voz demasiado firme. Ella alzó una ceja, incrédula. —Nadie. —Se dio media vuelta y se volvió a encerrar en el baño. Suerte que había dos. Me lavé el rostro, los dientes y luego saqué unas chuletas que había en el refrigerador y encendí la hornalla. Allí mismo puse un sartén para cocinarlas. Abrí las ventanas, ventilé el ambiente e hice mil cosas más y Eva aún no salía, así que me acerqué a la puerta del baño y le pregunté si estaba bien o si necesitaba algo, pero no respondió. Pegué la oreja a la puerta y oí un vago llanto contenido y una respiración agitada. —Eva…, vamos, sal. Déjame ayudarte —dije con un tono amable y algo suplicante. Realmente no me reconocía. —¿Por qué? —murmuró al otro lado de la puerta. —Pues porque te oigo llorar —¡No! —gritó. Abrió la puerta y se plantó delante de mí. Casi me caí, pero logré hacer equilibrio y enderezarme. Sus ojos hinchados y rojos me provocaron una punzada en el pecho—. ¿Por qué quieres ayudarme? ¿Por qué me ayudaste? —gritó aún más fuerte. Sus ojos comenzaron a expulsar un líquido aguado que hacía años no veía, mucho menos en mí. Algo en mi interior hizo click y mi cabeza se quedó en blanco. No supe qué responderle, entonces agachó bruscamente la cabeza, cerró los ojos para dejar caer esas lágrimas que le pesaban tanto en los ojos y corrió a la habitación. Me sentía paralizado, pero no dejé de prestar atención ni por un segundo a cada movimiento que hacía. Por algún motivo, no sabía cómo reaccionar o qué hacer, mucho menos qué decir. Me sentía perdido, confuso y en blanco. Congelado. Volvió de la habitación con su tapado n***o puesto y su bolso a cuestas, y como si nada, salió del apartamento dando un portazo. Y eso fue todo. Sólo se fue, así como se va una nube, que parece moverse muy lento pero cuando menos quieres acordar, ya se ha ido.
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