Suspiró y se inclinó para rozar mis labios con los suyos. Me puse de puntillas para prolongar el beso. Dormí sin sueños aquella noche, rendida como estaba por haberme levantado el domingo tan temprano y el poco descanso de la noche anterior. Por millonésima vez, desde mi llegada a Caracas, me despertó la brillante luz de un día soleado. Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con asombro la poca presencia de nubes en el cielo, que sólo eran pequeños jirones algodonosos de color blanco. Abrí la ventana y me sorprendió que se abriera sin ruido ni esfuerzo alguno a pesar de que no se abrió en quién sabe cuántos años, y aspiré el aire seco. Casi hacía calor y apenas soplaba viento. Por mis venas corría la adrenalina. Marco terminaba de desayunar cuando salí de la

