—Vene, Vene, Vene, Vene, Vene, VENE —dijo México apretando los puños a los lados de su cuerpo con una mueca de espanto dibujada en el rostro—, ¡VENEZUELA! —chilló. —Aaay, ¿queeé? —preguntó el venezolano sentado frente a la mesa de la cocina con sus piernas sobre esta mientras mordía un tequeño de lo más light de la vida. Frunció el ceño preocupado en cuanto le prestó mejor atención al de un águila; parecía que el mexicano acababa de ver un fantasma—. ¿Qué? ¿qué pasó? —¡Ay Venezuela, mi pobrecito Venezuela! —exclamó México apretándole las mejillas al nombrado con una expresión dolida a la vez que el venezolano le miraba asustado por su comportamiento. —Che, si van al baño y notan algo raro conste que yo no fui eh —se apareció el argentino por la puerta de la cocina y al ver la escena que

