Érase una vez... dos países enemistados... Que comenzaban a llevarse bien. Rusia se dejó caer de espaldas en el sillón del salón que había en el segundo piso y fijó su mirada en la televisión donde lo programas parecían ser los más aburridos posibles; siempre le sucedía que por la madrugada nunca televisaban nada bueno e interesante. A pesar de sentirse un poco mejor y tener la boca con sabor a mentita, el ruso aún podía sentir una molestia en su cuerpo, una que al igual que antes de vomitar, se sentía como si le estuviesen apretando desde todos los costados, como si alguien le abrazara desde atrás con fuerza sobrehumana. No era una sensación para nada agradable aunque ese ejemplo sonara como lo contrario. El chico de ushanka pensó, pensó y volvió a pensar detenidamente en su sitio sin

