Una rosa

1552 Palabras
Terminé mi café y me cambié para salir a correr un rato antes de que hiciese demasiado calor. Crucé el río y subí por el paseo en dirección al parque. En la esquina del restaurante chino estaba la misma gitana de todos los fines de semana vendiendo flores, volvió a sonreírme y a ofrecerme una rosa como hacía siempre, y devolviéndole la sonrisa seguí de largo sin detenerme. Pero ¿y si hoy cambiaba un poco mi ruta de correr? Me detuve unos metros más arriba y di media vuelta acercándome a la gitana. - Buenos días – saludé sonriendo. - Buenos días, guapo – sonrió volviendo a coger una rosa del cubo donde las tenía metidas en agua. Me hizo un gesto con la ceja como preguntando si la quería. - Sí, hoy me voy a llevar una – saqué dinero del bolsillo escondido de mi pantalón de deporte. - Ésta te la regalo, guapo, se nota que es para alguien especial – dijo mientas me apartaba la mano sin querer coger las monedas. – Pero recuerda que todos los fines de semana estoy aquí, para cualquier otra ocasión especial. Mamá siempre decía que algunas gitanas tienen un sexto sentido para ver ciertas cosas, y que nunca regalan nada sin una intención oculta. Obviamente ésta quería que yo comprase más flores, pero… ¿habría visto algo más para justo ese día regalarme esa flor? Me quedé pensando, y en vez de continuar mi carrera, me desvié del paseo en dirección a casa de Desi. Me iba a presentar en su casa, con esas pintas de hacer deporte, sin conocer a su familia… aquello podía salir muy bien o muy mal, pero tenía que intentarlo. Cuando llegué a su portal, había dos timbres para el piso bajo, no tenía ni idea de cuál de los dos era, pero toqué al que yo pensaba y alguien respondió. - ¿Quién es? – era la voz de María. - Hola, eh… ¿está Desi? – escuché un pequeño golpecito, ¿había colgado? Me quedé mirando al frente, por el cristal de la puerta, pensando si esperar o marcharme y en unos pocos segundos vi luz en las escaleras que había al fondo del portal. María se acercó a la puerta de la calle y me abrió. - ¿Qué haces aquí? – preguntó seria y sorprendida a la vez. - Hola, María – dije sonriendo, intentando que ella se relajase. – Ayer coincidí con Desi en la boda de unos amigos comunes – ella levantó una ceja aún más sorprendida. - Aún está durmiendo… ¿qué quieres? - ¿Podrías darle esto a Desi, por favor? – le ofrecí la rosa, aunque se quedó mirándola sin cogerla. - ¿Qué significa esto, Checo? - Sólo dásela a Desi, por favor… ella responderá tus preguntas mejor que yo. – María cogió la rosa que yo le ofrecía. – Dile que todo lo que pasó ayer, fue real. - Checo… - María suavizó el tono, ya no parecía estar a la defensiva. – No vuelvas a romperle el corazón. ¿María me estaba dando un voto de confianza? Le sonreí en respuesta, no pretendía hacerle daño a Desi, sólo quería conocerla de nuevo, enamorarnos de cómo éramos ahora y no sólo de cómo éramos antes. Quería que ambos fuésemos felices estando juntos, por fin. Sin decir nada más me di media vuelta y me marché. Fui corriendo hasta el parque, dí varias vueltas por allí, aunque con ritmo más relajado que de costumbre, y antes de salir del parque paré en una fuerte a refrescarme. De vuelta a casa volví a parar en el puesto de flores de la gitana y le cogí un ramo de flores variadas para mamá. A ella le encantaba poner flores en casa de vez en cuando, pero hacía tiempo que no las compraba y yo, me sentía feliz. Mientras me daba una ducha recordé que por la tarde había quedado con algunos colegas en el campo de futbol para echar un partido, pero lo que más me apetecía era ver a Desi, volver a estar con ella, volver a besarla. Estaba tan guapa, y sus ojos eran aún más bonitos que antes. Mi móvil sonó con un mensaje justo cuando entré en la habitación. “Es imposible que hayas descansado, a mí me acaba de despertar María y sigo agotada. Gracias por la rosa, es preciosa, y por el recordatorio de que todo fue real. Qué haces hoy? Te apetece que nos veamos?” Era Desi y mi corazón dio un vuelco. “Estoy acostumbrado a madrugar y salir a correr los fines de semana. Esta tarde he quedado en el campo donde entrenaba con algunos amigos a jugar un partido. Te quieres venir? Como en los viejos tiempos”. Ojalá dijese que sí, me encantaría verla allí. “Me encantaría. Estás seguro de que no molesto?”. No tardó en responder y una gran sonrisa se adueñó de mí. “Por supuesto que no. Jugaré poco rato para poder estar más tiempo contigo. Te recojo a las 18:30h en tu casa y subimos dando un paseo?”. “OK, a las 18:30h. Tengo ganas de verte”. Tenía ganas de verme… y no se podía imaginar las ganas que tenía yo de verla a ella. Fue buena idea lo de la rosa, parece que le gustó, y me alegré por ello. Después de comer, me senté en la cocina a tomar café con mamá, los dos solos porque papá y Aarón estaban en el sofá viendo la televisión. Me acordé del día después del baile, de todo lo que le conté aquel día a mamá sobre Desi, pero no hizo falta que mamá me preguntase nada más. Con la misma ilusión que Mara nos contaba cualquier cosa que había hecho en la escuela o cualquier cosa nueva que había descubierto, le conté a mamá algunos detalles más de lo que había pasado la noche anterior y le dije que había quedado con ella para que se viniese un rato al campo de fútbol. Me fui a mi habitación y me eché un rato en la cama con la música puesta y la puerta cerrada. Aarón se había quedado dormido en el sofá y después irían mamá y papá a llevarle a su casa, él sabía que yo iba a salir. Intenté relajarme con los ojos cerrados y las imágenes de Desi venían una y otra vez a mi cabeza. Era tan fuerte el recuerdo que podía sentir el sabor de su boca al besarme y el tacto de la piel de su espalda en mis dedos. Mi cuerpo empezó a tensarse y rápidamente eché la mano a la entrepierna de mi pantalón para intentar relajarme. La deseaba, por supuesto que sí, pero iba a respetar sus tiempos, no quería ir deprisa con ella, quería que nos volviésemos a enamorar y que disfrutásemos cada momento y cada cosa que hiciésemos juntos. Además, ella había dicho que hacía poco que había terminado una relación y fuese como fuese, sonó a que aún le dolía. Me conformé con recordar cómo me miraba y me sonreía la noche anterior. Un rato antes de las seis, me puse mi ropa de jugar al fútbol y cogí la mochila con agua y algunas cosas más y me fui a coger el autobús hasta el barrio de Desi. Llegué a su casa un poco antes de la hora a la que habíamos quedado y algo menos nervioso que por la mañana toqué al timbre, - ¿Sí? – volví a reconocer la voz de María. - ¿está Desi? Soy Checo – respondí. - Ya baja. Y esperé pacientemente mirando hacia la calle un par de minutos que se me hicieron eternos. Me giré hacia la puerta cuando oí que se abría y levanté mis gafas de sol para mirarla. Se puso roja otra vez, y yo sonreí. - Hola, princesa – dije antes de darle un dulce beso en los labios. No quise empezar demasiado intenso, y menos mal, porque noté que ella se sorprendió, así que intenté tranquilizarla. – Fue real, Desi – sonreí. – Es real, si quieres que lo sea. Estoy cansado de recordar lo que hice y de imaginar lo que pudo haber sido. Subida en el escalón de la entrada de su portal, echó sus brazos alrededor de cuello y apoyó su cabeza en mi hombro. Notaba su respiración en mi cuello, así que la abracé y ella me dio un suave beso en la base del cuello que erizó toda mi piel y tuve que respirar hondo con calma para evitar tener una erección ahí mismo. - ¿Por qué siempre haces que se me llenen los ojos de lágrimas? – susurró, aunque por el tono de su voz noté que estaba feliz. Alguien carraspeó y nosotros soltamos nuestro abrazo girando a ver quién era - Hola, Desi – saludó el novio de María. Desi le dio un beso en la mejilla. - María está en casa – respondió ella tocando el telefonillo de su casa. – Nosotros nos vamos que tenemos un partido de fútbol. - Checo… - dijo tendiéndome la mano, le di un apretón – cuídala. - Por supuesto – le respondí.
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