—Bian —dijo ahora, bajito, sin apartar la vista de su hijo—, ¿no ha tenido ataques en la mañana? Bibiana negó de inmediato. —No, Sofí. Nada. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Se cansó un poquito cuando corrimos del patio a la cocina, pero se le pasó alzándolo. —Agua —pidió el niño, señalando el vaso. Sofía le acercó el vaso de pico. Lucenzo bebió dos sorbos y luego apoyó la frente en su clavícula, como si el mundo pudiera esperar. —Sarah —apremió Amanda con una sonrisa—, la madre está a minutos de llegar. ¿Te ayudo con las bandejas? —Sí —respondió Sofía, sin soltar al niño—. Dame dos y las llevo yo. Marta, pon las cucharas del lado izquierdo; a los “padres” les gusta todo recto, como en los seminarios —marcó con humor que alivió la tensión. La cocina estaba llena. Las refugiadas iban

