—Pobrecito —murmuró ella—. Su madre lo cuida con tanto amor… Salvatore extendió los brazos. —Permítame. La madre colocó al pequeño en los suyos, con cuidado. El peso del niño, cálido y leve, le recorrió el pecho como una descarga. El primer contacto lo desarmó. Durante un instante, el mundo pareció detenerse. El aroma del jabón, la textura de la manta… y luego, el rostro. Pequeño, delicado, con una expresión de paz. Y ese cabello oscuro cayendo sobre la frente. Algo en su respiración se rompió. —Padre, ¿ocurre algo? —preguntó la madre al notar el cambio en su rostro. Salvatore no respondió. Se inclinó un poco, con el pulso desbocado, y apartó con cuidado un pliegue de la manta que cubría al niño. El bebé movió apenas la cabeza, los labios se entreabrieron, y un gemido suave salió de

