—Y que tiene una voz… —la otra bajó el tono—, de esas que te hacen olvidar el pecado. —Yo solo vine para ver si es cierto —rió la tercera—. Al pueblo llegó el rumor de que los monjes también son guapísimos. Sofía apretó los dientes. «¿Cómo son capaces de venir a una iglesia solo porque el padre es guapo?» Y lo peor: «¿Qué hago yo aquí sabiendo que este hombre no es ningún padre nada sino un vil demonio?» Pensó en irse. Ya se estaba levantando cuando escuchó el murmullo que recorrió la sala como un soplo. La puerta lateral se abrió, y Salvatore entró. El tiempo pareció detenerse. La sotana negra caía perfecta sobre su cuerpo alto, marcando apenas los movimientos. El cabello oscuro le caía sobre la frente, y los ojos —esos ojos grises, duros, inhumanos— parecían contener algo imposibl

