El corazón de Sofía comenzó a latirle con fuerza. Podía sentirlo golpearle las costillas, rápido, irregular. No iba a negarlo: Diego Lamberti siempre le había provocado un tipo de nerviosismo distinto, una mezcla de respeto y algo que prefería no nombrar. Era guapo, peligroso a su manera. Tenía ese aire de seguridad que incomodaba, el de los hombres acostumbrados a que todo gire a su alrededor. Su respiración se volvió corta. Recordó todas las veces que él la había ayudado con Lucenzo; noches enteras en las que el niño no podía respirar bien, los pulmones esforzándose, el oxígeno escapando como si la vida se le fuera poco a poco. Diego siempre estaba ahí, sin preguntar demasiado, sin juzgarla. Era un hombre que imponía incluso cuando callaba. Aun así, Sofía nunca le aceptó dinero. No qu

