Celos enfermizos-3

1240 Palabras

—Retírate —ordenó con voz baja. Giancarlo obedeció sin dudar, desapareciendo en la penumbra del pasillo. Salvatore se quedó solo. Caminó hacia la salida del convento. Cada paso resonaba con un ritmo medido, pero había furia en su andar. Los árboles se mecían afuera, el viento soplaba con fuerza, pero dentro de su cabeza todo era un ruido uniforme: la imagen de Diego cerca de Sofía, los labios de ella pronunciando su nombre, las manos del médico tocando lo que no debía. El sendero hasta las cabañas estaba cubierto de hojas. El aire era denso, cargado de humedad. Salvatore apretó los puños bajo la sotana. El cuello blanco, ese símbolo de pureza que lo disfrazaba, le parecía una soga. Al llegar a la puerta, no tocó. Giró el picaporte con brusquedad y la abrió de golpe. La puerta golpeó

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