Alexander Gil. — Sofía, vete— ordeno, pero sabía que ella no me haría caso—. Necesito que vayas a cenar ahora mismo. Hace media hora ella se había recargado en la puerta de mi habitación, así como yo estaba, no había dicho nada, solo se mantenía callada. Sabía que estaba ahí porque su sombra se reflejaba. La cara me dolía y sabía que tenía los ojos rojos, pues no había parado de llorar en todo este momento en el que había estado. Nadie, hasta el momento que no fuera Sofí, se había acercado. Mamá me había mandado un mensaje de texto preguntando si quería algo de cenar o de beber, no se lo contesté, de hecho, hasta eso me daba cansancio. Me puse de pie y delante de la puerta dudé un momento para abrirla o no. Ella no se merecía estar ahí sentada en medio de un pasillo, esperándome. Abrí

