El sol apenas comenzaba a aparecer en el horizonte cuando entré en la florería. Me sentía exhausta y emocionalmente desgastada. Me recosté en una silla, rodeada por el aroma calmante de las flores, tratando de recomponerme. La florería era mi santuario, un lugar de tranquilidad en medio del caos. De repente, la puerta de la tienda se abrió con un timbre familiar. Me levanté, sin esperar a nadie, y me sorprendí al ver a Alejandro entrar, con una expresión de preocupación y desesperación en el rostro. -Elena, ¿qué estás haciendo aquí? -preguntó, su voz llena de preocupación. -¿Qué estoy haciendo aquí? -repetí, tratando de contener mi ira-. ¿Qué estás haciendo aquí, Alejandro? -Oí que habías salido de la gala y me preocupé. Pensé que podría encontrarte aquí. -No viniste a buscarme para v

