Lucía caminaba hacia la Torre Blackwood con los músculos agarrotados. La cena con Mateo y Leo de la noche anterior, que debía haber sido un refugio, ahora se sentía como una carga.
Mateo quería algo con ella. Lucía no estaba segura de querer lo mismo.
Al bajar del metro, sintió que alguien la observaba, pero al girarse, solo encontró la marea indiferente de oficinistas de Manhattan.
Al entrar, en el pasillo de servicio, justo antes de los ascensores, una figura elegante le bloqueó el paso. Elena Santoro se posiciono frente a ella, con los ojos cargados de algo que apenas podía digerir.
—¿Buscabas esto, Lucía? —Elena levantó su teléfono.
Lucía se quedó de piedra. En la pantalla, una fotografía nítida mostraba a Leo jugando en el tobogán del jardín de infantes.
Era con la ropa de hoy. Lo acababa de llevar.
El niño reía, ajeno a que alguien, desde la distancia, lo estaba observando. Pero lo que hizo que a Lucía se le cortara la respiración fue el círculo rojo brillante que alguien había dibujado digitalmente alrededor de la cabeza de su hijo.
Un blanco. Leo era un blanco.
—Ni se te ocurra tocarlo, Elena —la voz de Lucía salió como un rasguido seco—. Elena, te lo advierto. No te acerques a él, porque no quieres conocerme.
Elena soltó una risita baja, guardando el teléfono con una lentitud tortuosa.
—¿Advertirme? ¿Tú? Mírate, no eres más que una rata muerta de hambre. Julián cree que estás casada, cree que ese hombre es el padre... pero yo sé que no hay un padre registrado en ningún papel de ese niño. Sé que estuviste sola en albergues. Sé que estás ocultando algo que podría destruirnos, y no voy a permitirlo.
—Eres una enferma, trabajo para mi hijo —respondió dando un paso adelante, el instinto de madre superando al miedo—. Déjanos en paz. Me iré. Renunciaré hoy mismo y no volverás a ver nuestras caras.
—Esa es exactamente la idea —siseó Elena, acortando la distancia—. Pero no te vas a ir porque tú quieras. Te vas a ir porque yo te lo ordeno. Si mañana, después de la Gala, sigues en esta ciudad... el círculo rojo se cerrará. Y créeme, un accidente en un parque es algo tan... común.
Elena se alejó rozando el hombro de Lucía con desprecio. Lucía se quedó apoyada contra la pared, sintiendo que el mundo se desmoronaba. Tenía que irse. Ahora. No importaba el dinero, no importaba la empresa de su padre. Leo era lo único que importaba.
Subió al piso 50 con la decisión tomada. Entraría al despacho de Julián, dejaría su identificación y desaparecería. Pero al salir del ascensor, su teléfono vibró. Era una notificación de la clínica pediátrica.
"Aviso: El pago del tratamiento de inmunoglobulina para el paciente Leo V. está vencido. De no regularizarse en las próximas 24 horas, el suministro será suspendido por falta de fondos".
Lucía cerró los ojos. Si se iba, Leo se quedaba sin medicina. Si se quedaba, Elena podía cumplir su amenaza. Era una elección entre dos muertes.
—Entre, 402. La estaba esperando.
La voz de Julián, filtrada por el intercomunicador de la puerta, la sobresaltó. Lucía entró al despacho. Julián estaba de pie frente al ventanal, con la misma ropa del día anterior, señal inequívoca de que no había dormido. Se giró lentamente, y Lucía vio que sostenía la foto de la cena entre sus dedos.
—Señor Blackwood, vengo a...
—¿Quién es ese niño, Sara? —la interrumpió él. S
u voz no era autoritaria; era una súplica cargada de una angustia que Lucía no supo procesar.
—Me pasé toda la noche mirando su rostro. He buscado en cada rincón de mi memoria y solo encuentro paredes blancas, pero cuando lo miro a él... siento que algo se me escapa.
Lucía apretó los puños, ocultando el temblor de sus manos.
—Es mi hijo, señor. Ya se lo dije. No sé por qué le preocupa mi hijo.
—¿Quién es el padre? —rugió Julián, lanzando la foto sobre el escritorio.
—Mi vida privada no es de su interés, señor.
—Usted puede decirme que ese hombre es su padre o que lo tuvo por inseminación, pero ninguna de esas cosas es verdad, así que ¿Quién es el padre?
—Murió —simplifico y las palabras le supieron agrias.
—Ese niño... ese niño tiene mis ojos, Sara.
—¿Cree que es el único con ojos claros? —susurró mientras algo le quemaba dentro.
—¿Quién era su padre? ¿Dónde está?
—¡Le dije que está muerto! —gritó Lucía, las lágrimas desbordándose finalmente—. Su padre murió el mismo día que me dejo embarazada. No busque fantasmas donde solo hay una madre intentando sobrevivir. Vengo a decirle que renuncio. No puedo seguir aquí.
Julián rodeó el escritorio con zancadas largas y la tomó de los hombros. Sus manos quemaban a través de la tela del uniforme.
—¿Por qué?
A Julián no le pasó desapercibido el miedo en sus ojos.
—¿Le pago mal? Aumento su sueldo.
Aquellas palabras abrieron algo dentro de su pecho, una pequeña grieta que parecía colarse en lo profundo de su pecho, cada vez un poco más hondo.
—Yo…
Su labio tembló, negó varias veces intentando alejarse, buscando la manera de pagar el tratamiento de su hijo y salir de ahí para protegerlo.
—No puedo seguir aquí… yo.
Julián sintió que algo en su pecho se comprimía al ver las lágrimas brotar de sus ojos.
—¿Qué paso?
—Si me quedo acá arruinaran mi vida.
—Puedo protegerte.
Las palabras salieron antes de procesarlas. Lucía sintió el enojo emerger de nuevo, ahora más duro y frio.
—¿Protegerme? —soltó una carcajada amarga, llena de dolor—. Usted me puso a cargar cajas como mula, me ha gritado y denigrado ¿y ahora habla de protegerme?
Julián la sacudió levemente, sus rostros a escasos centímetros. El aroma a jazmín de Lucía se mezcló con el olor a café y tabaco de Julián.
La tensión entre ambos era una cuerda a punto de romperse.
—No se puede ir —susurró él, su mirada bajando a los labios de Lucía y luego volviendo a sus ojos—. Lo lamento, en verdad lo hago, pero no puede irse.
—Tengo que hacerlo. Por mi hijo.
—Si es por el dinero, yo me haré cargo de todos los gastos del niño ¿Cuánto necesita? —dijo Julián de golpe, como si la idea acabara de nacer para salvarlo a él mismo—. Quédese. Por favor. Mañana es la Gala de Caridad.
Lucía negó con la cabeza, intentando soltarse, pero él la sujetó con más firmeza.