Julián salió de la Torre Blackwood con los nudillos todavía blancos y la respiración pesada, una bruma de furia y confusión nublándole el juicio.
El Bentley se deslizó por las calles lluviosas de la ciudad como un carro fúnebre. Julián apenas podía controlar lo que sentía en ese momento y solo buscaba paz.
Era una presa de sus propios impulsos.
No fue a la mansión; el solo pensamiento de enfrentarse a la sonrisa plástica de Elena y a sus quejas sobre el banquete de la gala lo hacía querer estrellar su cabeza contra algo.
En su lugar, el coche se detuvo frente a un edificio de piedra oscura en el Greenwich Village, un lugar donde no había placas de bronce ni recepcionistas, solo una puerta de roble que se abría con un código privado.
El Dr. Alistair Vaughn lo esperaba en su estudio, rodeado de estanterías que albergaban desde tratados de neurología hasta primeras ediciones de clásicos ingleses.
Vaughn era un hombre de sesenta años, con una espalda recta como un mástil y una mirada azul acero que no se impresionaba por los ceros en un cheque.
Era el único hombre en el mundo que podía llamar a Julián Blackwood por su nombre de pila y, lo que era más importante, el único que podía llamarlo "cretino" sin terminar en una fosa común.
—Llegas tarde, Julián —dijo Vaughn sin levantar la vista de su libro. El estudio olía a tabaco de pipa y a papel viejo—. Y por el modo en que has cerrado esa puerta, diría que el monstruo que llevas dentro hoy ha tenido un banquete.
Julián subió una ceja molesto.
—Siéntate y sírvete un trago. Me cobro la hora igual, tanto si hablas como si te dedicas a fulminar mis muebles con la mirada.
Se desplomó en el sillón de cuero, aflojándose la corbata con un gesto violento que casi desgarra la seda. El silencio en la habitación era denso, interrumpido solo por el rítmico tic-tac de un reloj de péndulo que parecía marcar la cuenta regresiva de su cordura.
—El estrés de la fusión me está matando, Alistair —comenzó Julián, con la voz cargada de una fatiga que nacía del alma—. La falta de memoria... es como vivir en una habitación estancada. Siento que todos me ocultan algo. Que Elena me vigila, pero tiene otras malditas intenciones.
—Lo entiendo, tiene cara de bruja —acotó el hombre y Julián lo ignoró.
—Que mis socios me evalúan, y que cada vez que parpadeo, pierdo una pieza de un rompecabezas que ya ni siquiera quiero armar.
Vaughn dejó el libro sobre la mesa y se quitó las gafas de lectura, fijando su mirada en él. La mantuvo uno, dos, tres minutos hasta que vio la molestia en su rostro.
—No es la fusión lo que te tiene así, Julián. He tratado a CEO’s en medio de colapsos bursátiles y no tenían esa mirada de perro de caza que ha perdido el rastro. Tienes la mandíbula tan tensa que me sorprende que no hayas empezado a sangrar.
Observó como desviaba la vista.
—Sé que no es Elena. Aunque aun no entiendo porque no cancelas eso de una vez, pero bueno, podemos hablarlo durante meses.
—Tú cobras igual —siseó Julián y él sonrió.
—Exacto, ahora, cuéntame sobre ella.
Julián se tensó, dejando que sus dedos apretasen los reposabrazos del sillón.
—Es la empleada. Sara —el nombre se deslizó de sus labios como una confesión prohibida, cargado de una amargura que ni siquiera él entendía—. Es... es realmente molesto. Esa mujer debería ser insignificante, pero que tiene la osadía de mirarme como si ella fuera la que tiene el poder.
Alistair sonrió.
—La he enviado al subsuelo. Quince horas moviendo cajas de archivos muertos, rodeada de polvo y oscuridad.
Vaughn arqueó una ceja canosa, su rostro volviéndose una máscara de absoluto desprecio.
—¿Quince horas? ¿A una sola mujer? ¿Y eso te ha hecho sentir mejor, Julián? ¿Te ha devuelto los recuerdos que perdiste en aquel accidente? ¿O es que ahora con falta de memoria te permites ser un salvaje?
—Ella me provocó —siseó Julián, poniéndose de pie y empezando a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado—. Se abraza con un tipo en la calle, Mateo... un don nadie de chaqueta gastada. Y luego viene a mi oficina a darme lecciones de dignidad.
El analista lo observó sin comprender.
—Me mira con esos ojos verdes y juro que... juro que siento que me está robando algo que me pertenece. Así que le di una orden. Mañana se muda a la mansión. No volverá a salir sin mi permiso. Si quiere que su hijo tenga medicinas, tendrá que ser bajo mi techo.
El Dr. Vaughn se levantó también, su imponente carácter inglés llenando el espacio. No retrocedió ante la presencia física de Julián.
—Eres un cretino, Julián. Un cretino integral —la voz del médico era un látigo—. Y lo digo con la autoridad que me dan los millones que me pagas por intentar que vuelvas a ser un ser humano. Lo que acabas de describir no es la gestión de un hombre de negocios, es el berrinche de un niño sádico que rompe su juguete favorito porque no sabe cómo jugar con él.
—¡No es un juguete! —rugió Julián.
—¡Exacto! ¡Es una mujer! —Vaughn golpeó la mesa con la palma de la mano—. Una mujer que, según tus propias palabras, tiene un hijo enfermo. Pareja. Y tú, en tu infinita arrogancia, has decidido que la mejor manera de manejar tus celos porque ella tiene ya una familia.
Se detuvo un momento cuando lo vio a punto de protestar.
—Porque eso es lo que son, celos de patio de colegio, es usar la vida de un niño como moneda de cambio. ¿Te das cuenta de lo irracional que suenas? Estás actuando por puro instinto animal, Julián. Estás intentando marcar territorio como si fueras su maldito propietario y no es una posesión.
Julián se detuvo en seco, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Las palabras de Vaughn estaban perforando la coraza de su ego, llegando a ese lugar oscuro donde la culpa empezaba a germinar.
—¿Crees que me gusta ser así? —susurró Julián, su voz quebrándose ligeramente—. Siento que, si la dejo ir, si dejo que ese Mateo la cuide, voy a perder la única conexión que tengo con la realidad. Hay algo en ella... algo que mi cuerpo recuerda, aunque mi cerebro lo niegue.
—Entonces búscalo en tus recuerdos, no en el miedo de esa mujer —replicó Vaughn, suavizando un poco el tono, pero manteniendo su firmeza—. Estás asfixiándola. Y lo que es peor, estás usando a un niño.
—No quiero usar al niño.
—¿Cómo se llama?
Julián pensó un momento.
—No recuerdo.
—Ese pequeño... ¿qué culpa tiene él de tus lagunas mentales? Al separarlo de su madre, o al obligarlos a vivir en un entorno hostil como tu casa, dominada por una mujer como Elena que claramente odia a todo lo que no sea ella misma, estás sembrando una tragedia.
Julián hizo una mueca.
—Eres un hombre de treinta años actuando como un niño envidioso. Si de verdad quieres ser el dueño de tu vida, empieza por dejar de intentar ser el dueño de las personas, porque haces lo mismo que tu familia.
Vaughn volvió a sentarse, señalando el sillón vacío.
—¿Qué hago?
Habló derrotado, aun sabiendo que no le dirían con exactitud que hacer.
—Si la llevas a la mansión mañana, no vas a ganar su respeto. Vas a ganar su odio eterno. Y créeme, una mujer que ha sobrevivido a lo que ella parece haber sobrevivido, tiene un odio que puede destruirte más rápido que cualquier pérdida de memoria.
Julián se hundió en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. El silencio del estudio ahora pesaba toneladas. La imagen de Sara dormida sobre las cajas, con el rostro pálido y las manos agrietadas, volvió a su mente.
Pensó en el niño que él mismo acababa de nombrar con desprecio, y sintió una punzada física en el pecho, un dolor agudo que no era una migraña, sino algo mucho más profundo. Recapacitó. Por primera vez en el día, el velo de la furia se levantó.
—No puede ir a la mansión —murmuró Julián, más para sí mismo que para Vaughn—. Elena... Elena la destruiría. Y yo... yo no podría controlarme.
—Es la primera cosa sensata que has dicho en toda la noche —asintió el médico—. Déjala en su espacio. Si quieres vigilarla, hazlo, pero no le quites el aire. Un hombre que necesita jaulas para mantener a alguien cerca es un hombre que ya ha perdido la batalla.
Julián salió de la consulta una hora después, caminando bajo la llovizna persistente hacia su coche. La llamada a su chofer fue breve y cortante.
—Cancela la orden de recogida de las seis de la mañana para la empleada 402. Dile que se reporte en la empresa a las ocho, horario normal. Y envía una cesta de suministros médicos de la Fundación a su dirección. Sin tarjeta. Sin nombres.
Cuando Julián llegó a la mansión, ya era pasada la medianoche. Elena lo esperaba en el gran salón, luciendo un camisón de seda roja y una copa de vino en la mano.
Su rostro, habitualmente sereno y calculado, mostraba signos de una impaciencia peligrosa.
—¿Dónde estabas, amor? —preguntó ella, acercándose para rodearle el cuello con sus brazos fríos—. Me dijeron que te quedaste en la oficina hasta tarde... y que tuviste una pequeña charla con esa empleada en el subsuelo.
Julián se soltó de su agarre con una frialdad que hizo que Elena se tensara.
—Nada en particular, se quedó dormida y la rete. Sara no vendrá más aquí. Se quedará en la empresa, bajo mi supervisión directa.
—¿No la despediste?
La observó.
—He decidido que es demasiado eficiente para desperdiciarla organizando tus vestidos. Y para echarla.
Elena se quedó petrificada, su sonrisa desvaneciéndose hasta convertirse en una línea delgada y amarga. Ella sabía que algo había pasado en ese subsuelo.
Sabía que Julián estaba obsesionado, aunque él lo llamara "supervisión". Pero lo que más le dolió fue el tono de protección involuntaria en su voz.
—¿La defiendes, Julián? —preguntó Elena, su voz volviéndose un siseo—. ¿Esa muerta de hambre te ha lavado el cerebro? Es solo una empleada, uno no le paga sueldo a los holgazanes.
—No la defiendo, Elena —mintió Julián, clavando sus ojos grises en los de ella—. Pero esta es mi casa y esa es mi empresa. Mis decisiones sobre el personal no están sujetas a tu aprobación. Vete a dormir. Mañana es un día largo.
Julián subió las escaleras sin mirar atrás, dejando a Elena sola en la inmensidad del salón. Ella apretó la copa de vino hasta que sus nudillos blanquearon. El rencor que sentía por Lucía —la hija de su difunto esposo, la mujer que debería estar muerta— creció hasta convertirse en una llama devoradora.
—Así que te quedas en la empresa, ¿verdad, Lucía? —susurró Elena para la oscuridad—. Julián cree que te está protegiendo al dejarte fuera de esta casa, pero solo te ha puesto más cerca de mi alcance. Si él no puede sacarte del camino, yo me encargaré de que no quede nada de ti.
Esa noche, mientras Julián intentaba dormir sin éxito y Lucía abrazaba a su hijo en su pequeña cama, Elena Santoro comenzó a redactar una nueva orden. Si Lucía no iba a la mansión, entonces la mansión —con toda su crueldad y sus secretos— iría tras ella. El odio de Elena ya no era solo por el pasado; era por el presente que Lucía le estaba robando sin siquiera saberlo.