La Crueldad del Silencio

1927 Palabras
El martes comenzó con el peso de una sentencia de muerte. Lucía apenas había dormido cuatro horas; el tiempo justo para bañar a Leo, darle sus medicinas y susurrarle que todo estaría bien, aunque su propia voz temblara. Al llegar a la Torre Blackwood, la notificación ya la esperaba en la pantalla de la entrada: “Empleado 402: Reportarse al segundo subsuelo. Horario de salida modificado: 00:00 h. Motivo: Auditoría de emergencia de archivos históricos”. Lucía apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. No era una auditoría. Era su tirania. Bajó en el ascensor de servicio, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado y húmedo a medida que descendía a las entrañas del edificio. El segundo subsuelo era un laberinto de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, cargadas de cajas que no se habían abierto en décadas. El polvo flotaba en el aire, denso y gris, bajo la luz mortecina de los fluorescentes que parpadeaban con un zumbido irritante. No había ventanas. No había ruido. Solo el eco de sus propios pasos sobre el cemento frío. Pasó las primeras seis horas moviendo carpetas de un estante a otro, clasificándolas según las instrucciones absurdas que Julián le había dejado por escrito. Cada caja pesaba como si estuviera llena de piedras, y para el mediodía, sus brazos ya daban señales de calambres. Pero lo peor no era el esfuerzo físico, sino la sensación de estar siendo observada. Sabía que las cámaras de seguridad del techo estaban activas, y no tenía dudas de quién estaba al otro lado del monitor. Claramente no quedaba rastro de ese hombre que conoció, aunque prácticamente no lo hizo. Se vieron una noche, charlaron y se acostó con él sin siquiera conocerlo, pensando que las historias de amor a primera vista existían. Que equivocada estaba. En el piso sesenta, Julián Blackwood no había tocado su almuerzo. Tenía una pantalla secundaria abierta en su escritorio, mostrando la imagen en blanco y n***o del subsuelo. Observaba a Lucía. La veía secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano, tambalearse al cargar una caja pesada, y cada vez que ella mostraba un signo de debilidad, una punzada de satisfacción oscura y de culpa inexplicable le recorría la espina dorsal. —Si eres tan fuerte como para elegir a ese hombre, eres lo suficientemente fuerte para este trabajo —susurró Julián, dándole un sorbo a su whisky—. Veamos cuánto aguantas. Eran las diez de la noche cuando la resistencia de Lucía llegó a su límite. No había comido nada más que una manzana que traía en su bolso y el frío del subsuelo se le había metido en los huesos. Se sentó en el suelo, apoyada contra una de las estanterías, con la intención de cerrar los ojos solo por un minuto. Pero el agotamiento acumulado de días de angustia y noches en vela pudo más que su voluntad. Su cabeza cayó sobre su pecho y se hundió en un sueño profundo y pesado. Julián la contemplo, su mandíbula se apretó y pensó en como podía estar con un hombre que no la había motivado a nada más que un trabajo de limpieza. Tenían un hijo y ella se conformaba con tan poco. No paso mucho tiempo hasta que decidió bajar. El sonido de unos pasos firmes contra el cemento la despertó de golpe. Lucía abrió los ojos, desorientada. La luz de los fluorescentes era ahora más débil, o quizás era su propia vista la que fallaba. Frente a ella, la figura imponente de Julián Blackwood se alzaba como una aparición sombría. Él no se veía compasivo. Al contrario, su rostro estaba contraído por una furia que parecía haber estado macerándose durante horas. —Despierte —ordenó Julián, dándole un golpe seco a la estantería metálica con la mano. El estruendo resonó en todo el depósito—. No le pago para que use mis archivos como almohada. Lucía intentó ponerse en pie, pero sus piernas entumecidas le fallaron y tuvo que sostenerse del metal para no caer. —¿Qué hora es? —preguntó con la voz ronca. —Las once y media. Media hora para que termine su turno, y veo que ha avanzado la mitad de lo que le pedí —Julián dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio con una agresividad que la obligó a encogerse—. ¿Qué pasa, 402? ¿Se quedó sin energías? ¿O es que pasó la noche entera celebrando el "cambio de vida" con su amante y ahora espera que yo sea condescendiente con su pereza? Lucía levantó la vista, y a pesar de las ojeras y la palidez, sus ojos verdes relampaguearon. —No he parado en quince horas, señor. He movido más de cien cajas yo sola. Si no he terminado es porque su encargo es físicamente imposible para una sola persona. —Para usted todo es imposible si no implica estar en los brazos de ese sujeto —escupió Julián, tomándola bruscamente del mentón para obligarla a mirarlo—. Lo vi. Vi cómo lo miraba. Vi cómo se derretía cuando él la tocaba. Y luego viene aquí, a mi empresa, e intenta darme lecciones de moralidad. Es usted una hipócrita. —¡Usted está loco! —Lucía le apartó la mano con un manotazo—. ¡No sabe nada de mi vida! Mateo es la única razón por la que todavía no me he vuelto loca. Él me cuida, pero usted no sabe lo que significa esa palabra. Julián soltó una carcajada amarga, mientras se apartaba un paso. —¿Él la cuida? ¿Con qué? ¿Con besos en la frente en una esquina? ¿Sabe que casi deja que la bese? ¿O es que solo me provoca para obtener algo? —¡Yo no quiero nada de usted! —gritó Lucía, las lágrimas de agotamiento y rabia finalmente desbordándose—. ¡No quiero ni sus millones, ni sus trajes caros, ni sus contratos de esclavitud! —Le recuerdo que firmó un contrato. —Usted puede ser mi dueño de ocho a doce, pero a partir de ahí, usted no existe para mí. Julián se tensó como una cuerda a punto de romperse. La empujó contra la estantería, atrapándola con su cuerpo, respirando el mismo aire cargado de polvo y tensión. —¿Está segura de que no existo? Su nariz rozo la de Lucía, que ahora luchaba por mantener la cordura y no largarse a llorar. Sus ojos picaban y tenía la sensación de que el aire ya no formaba parte de sus pulmones. Julián no estaba mejor. El calor se había propagado por todo su cuerpo, la necesidad de contacto era tal que se sentía salvaje a un punto preocupante. —O me va a negar que ahora no quiere que la bese —sus labios rozaron los de Lucía—. Dígame algo, Sara… Lucía contuvo las ganas de hacer caras por su nombre falso. —Eres así con Mateo, tan… accesible. Aquellas palabras rompieron la burbuja de encanto que hasta ahora tenía el momento. —¡Es usted un monstruo! —sollozó ella, intentando empujarlo, pero no lo movió. —Soy el monstruo que usted eligió cuando firmó ese contrato —replicó Julián, su mirada bajando a los labios de Lucía con una mezcla de hambre y odio—. Y si cree que voy a dejar que se vaya a casa a reírse de mí con su "Mateo", está muy equivocada. Mañana vendrá a la mansión. Se quedará allí. No quiero que vuelva a poner un pie en la calle sin mi permiso. —¡No puede hacer eso! —Lucía sintió el pánico real ahora. Si la encerraba en la mansión, no vería a Leo. No podría darle sus medicinas. Elena la destruiría. —Puedo hacer lo que quiera. Soy Julián Blackwood. Y usted es solo un archivo más en este subsuelo que he decidido reclamar. —Tengo un hijo ¿Se olvida? Los ojos de Julián se desorbitaron un poco con sus palabras. Julián se quedó estático, con el rostro a apenas unos centímetros del de ella. La mención del niño fue como un balde de agua fría que, lejos de apagar el incendio de sus celos, le dio una nueva y retorcida perspectiva. Sus dedos se apretaron más contra el metal de la estantería, atrapándola en ese espacio claustrofóbico. —¿Se olvida? —repitió él con una voz que destilaba un sarcasmo letal—. No, 402. No me olvido. De hecho, me pregunto qué clase de madre es usted. Se llena la boca hablando de sacrificios, pero aquí está, pasando horas extras en un subsuelo porque no pudo resistirse a desafiarme. —¡Estoy aquí porque usted me obligó! —gritó Lucía, forcejeando contra el peso de su cuerpo—. ¡Tengo que volver con él! ¡Leo me necesita! —¿Leo? —el nombre salió de los labios de Julián con una extraña familiaridad, una que le provocó un pinchazo agudo tras las sienes—. Así que se llama Leo. Un nombre con clase para el hijo de una mujer que se conforma con tan poco. Julián se alejó un paso, pero no para dejarla ir, sino para observarla desde su altura, como un juez dictando una sentencia. La luz parpadeante del subsuelo hacía que sus facciones se vieran más duras, casi inhumanas. —Si tanto le preocupa su hijo, debería haber pensado en eso antes de dar un espectáculo en mi acera. Su horario ahora es mío. Si el niño necesita cuidados, que se encargue Mateo. Al fin y al cabo, para eso lo tiene, ¿no? ¿O no es su padre? —Es usted un ser despreciable —susurró Lucía, sintiendo que el alma se le fragmentaba. La idea de estar encerrada en la mansión, separada de su hijo, era una tortura que no había previsto. Elena ganaría. Elena cortaría el suministro de medicinas si ella no estaba allí para vigilar cada movimiento. —Soy el hombre que le paga el sueldo que alimenta a ese niño —sentenció Julián, dándose la vuelta con una elegancia cruel—. Mañana a las seis de la mañana el coche estará en su puerta. No me importa si tiene que despedirse de Mateo o de su hijo. Si no sube a ese auto, me encargaré personalmente de que no encuentre trabajo ni de barrendera en toda la ciudad. Julián caminó hacia el ascensor, sus pasos resonando con una autoridad que no admitía réplica. Antes de entrar, se detuvo y la miró por encima del hombro. —Y una cosa más, Sara... —se tomó un momento para saborear su nombre, algo que la hizo estremecer—. Espero que entienda las consecuencias de no ir. Las puertas del ascensor se cerraron, dejando a Lucía en el silencio sepulcral del subsuelo. Se derrumbó sobre el cemento, rodeada de las cajas que eran ahora sus únicas compañeras. El pánico por Leo la ahogaba, pero en medio de la desesperación, una chispa de su antiguo carácter Valente comenzó a arder. Julián quería llevarla a su terreno, quería encerrarla en su mansión. —Muy bien, Julián —sollozó, limpiándose las lágrimas con rabia—. Quieres tenerme cerca. Pues me tendrás. Pero reza para no recuperar la memoria, porque cuando descubras que la mujer que maltratas es la madre de tu propio hijo, el monstruo que verás en el espejo no te dejará dormir nunca más.
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