La noche no le trajo paz a Julián, sino una rumiación corrosiva. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Lucía refugiándose en el pecho de aquel hombre —aquel sujeto de chaqueta gastada y manos protectoras— se proyectaba contra sus párpados.
El ardor que había sentido en la cocina de su mansión, esa curiosidad que casi lo lleva a un error en la biblioteca, se había transformado en un ácido que le quemaba el orgullo. No era amor; era la rabia de un coleccionista que descubre una mancha en su pieza más enigmática.
A las seis de la mañana, Julián ya estaba en su despacho. El café n***o y amargo era lo único que mantenía su mente afilada. Cuando Lucía entró al despacho a las siete en punto, el aire se detuvo. Julián no levantó la vista de sus papeles. Estaba impecable, con un traje gris marengo que le daba un aspecto de estatua de granito, pero la tensión que emanaba de sus hombros era suficiente para alertar a cualquier animal herido.
—Llega tarde —dijo él, aunque el reloj marcaba exactamente la hora.
Lucía se detuvo en seco. Su cuerpo todavía recordaba la cercanía de Julián de la tarde anterior, pero el hombre que tenía frente a ella hoy parecía haber sido vaciado de toda duda.
—Son las siete, señor —respondió ella, tratando de mantener la voz neutral.
—Para alguien con su "necesidad", debería estar aquí antes. Pero supongo que estaba ocupada... despidiéndose —la palabra salió de su boca cargada de un veneno que Lucía no comprendió de inmediato—. He decidido que la biblioteca no es su prioridad hoy. El archivo muerto del segundo subsuelo tiene cajas que deben ser digitalizadas. Subirá y bajará cada una de ellas. Usted sola.
Lucía palideció. El segundo subsuelo era un lugar húmedo, frío y cargado de ácaros. Pero lo que más la hirió fue la crueldad gratuita.
—Usted sabe que eso es un trabajo de carga, señor Blackwood. Hay personal para eso.
—Hoy el personal es usted —replicó él, levantando por fin la vista. Sus ojos grises estaban oscurecidos por un desprecio gélido—. A menos, claro, que su "acompañante" de la noche quiera venir a cargar las cajas por usted. Me pregunto si es tan eficiente protegiéndola como lo es abrazándola en plena vía pública.
Lucía sintió que la sangre se le retiraba del rostro. Él los había visto. El pánico por Leo se mezcló con una indignación que empezó a hervirle en la garganta.
—Mateo es solo alguien que se preocupa por mí —logró decir, apretando los puños a los costados de su uniforme.
—¿Mateo? —Julián soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos—. Qué nombre tan común para un hombre tan ordinario. Me sorprende, 402. Ayer jugaba a la mujer de misterio, a la intelectual que organiza bibliotecas... y en cuanto pone un pie en la calle, se arroja a los brazos de cualquiera que le ofrezca un poco de consuelo barato. Es usted decepcionante.
El insulto fue como un látigo. Lucía sintió que algo se rompía. Ya no era la empleada sumisa; era la mujer que había sido pisoteada por la vida y que ya no tenía nada más que perder, excepto su dignidad. Dio un paso adelante, invadiendo el espacio de Julián.
—¿Decepcionante? —preguntó ella, con una voz que cortaba como el cristal—. Usted no tiene el menor derecho a cuestionar lo que yo haga al cruzar esa puerta. Mi contrato dice que limpio sus oficinas, no que le entrego un informe de mis afectos.
Julián se levantó lentamente, rodeando el escritorio como un depredador que acorrala a su presa.
—Su contrato dice que usted es mi asistente personal. Y yo no admito que mi personal dé espectáculos deplorables frente a mi edificio. Me causa náuseas pensar que después de estar en este despacho, con el nivel de excelencia que exijo, se rebaje a.… eso.
—¿A eso? —Lucía soltó una risa amarga—. Se refiere a un hombre que me trata como a una persona y no como a un mueble. Usted me mira con asco porque me vio con alguien que no tiene sus millones, pero Mateo tiene algo que usted no puede comprar: humanidad. Él estuvo ahí cuando el mundo se me vino abajo. ¿Dónde estaba usted mientras yo moría de hambre?
Julián se tensó, sus fosas nasales dilatándose por la furia. La mención de "donde estaba él" golpeó una pared en su mente que lo puso aún más agresivo. La tomó por el brazo, apretando lo justo para que ella sintiera su poder.
—¿Por qué debería estar para usted? No me hable de humanidad —siseó él—. Usted es una mentirosa. Se hace la mártir, la madre sacrificada, pero se muere de ganas de que yo la mire. Lo vi ayer. Vi cómo temblaba cuando la acorralé contra esos libros. ¿Qué pasa, 402? ¿Su "Mateo" no le da la adrenalina que le doy yo? ¿Por eso juega a dos bandos?
—¡Usted es un arrogante! —estalló Lucía, zafándose de su agarre con un tirón violento—. Me trata como a una criminal porque no puede soportar que yo tenga una vida donde usted no es el centro. ¡Usted no es nadie para mí! Solo es un hombre que usa su poder para castigar a los que no pueden defenderse. Si quiere que baje a ese subsuelo, bajaré. Pero no se equivoque: cada caja que cargue, la cargaré pensando en lo mucho que desprecio el día que me cruzarme en su camino.
Julián se quedó mudo, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello resaltaban. La audacia de la mujer lo dejó desarmado por un instante. Ella no estaba suplicando; le estaba escupiendo en la cara.
—Váyase —rugó Julián, señalando la puerta con un dedo tembloroso por la ira contenida—. Baje a ese archivo. Y no quiero verla en todo el día. Si necesita descansar, hágalo sobre el cemento. Es lo que se merece por traerme sus dramas de calle a mi oficina.
Lucía lo miró una última vez, con una mezcla de odio y una lástima profunda que dolió más que cualquier grito. Se giró sobre sus talones y salió del despacho, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar los cristales.
Julián se dejó caer en su silla, golpeando el escritorio con el puño. El éxito de su tiranía le sabía a ceniza. Había logrado humillarla, sí. La había enviado al lugar más inhóspito del edificio. Pero la imagen de ella abrazando a Mateo seguía ahí, quemándole el cerebro, recordándole que, por mucho que la obligara a limpiar sus suelos, había una parte de ella que él nunca podría poseer.
Y eso lo ponía en un estado de humor destructivo.
Eran las ocho cuando salió por la puerta de empleados en la parte trasera del edificio, el aire frío de la noche la golpeó, ayudándola a disipar el día. Caminó un par de manzanas, abrazándose a sí misma para protegerse de la brisa cortante, cuando vio una figura familiar de nuevo.
Mateo.
—Lucía —susurró Mateo, enderezándose al verla. Su rostro reflejaba una mezcla de alivio y profunda preocupación.
—Mateo, ¿qué haces aquí? Es peligroso. —dijo Lucía, acercándose a él rápidamente.
—No podía esperar más. He conseguido un nuevo puesto, es más plata, vine por ti para ir con Leo a comer, está en el auto —señaló.
—Oh Mat, eso es grandioso —se lanzó sobre él.
Mateo sonrió y la estrecho antes de alejarla un poco y tomar su rostro.
—Nuestra vida va a cambiar.
Lucía sintió que una pequeña grieta de esperanza se abría en medio de la oscuridad. Por un segundo, el peso de las cajas del subsuelo, el polvo en sus pulmones y los insultos de Julián parecieron desvanecerse ante la noticia de Mateo.
—Vamos —murmuró Mateo, guiándola hacia el viejo coche estacionado a pocos metros—. Leo ha estado preguntando por ti todo el camino. Dice que hoy es la noche de pizza.
Lucía sonrió, una sonrisa auténtica que no había mostrado en todo el día, y subió al vehículo. Pero antes de que Mateo pudiera rodear el coche para subir al asiento del conductor, una sombra se proyectó sobre el pavimento, justo bajo la luz amarillenta de la farola.
Julián Blackwood estaba allí, a menos de diez metros, oculto parcialmente por el pilar de la entrada. Había bajado por el ascensor privado en un arrebato de rabia, necesitando confirmar con sus propios ojos lo que su mente torturada imaginaba. No necesitaba binoculares ahora. Podía ver el óxido en el coche de Mateo, la calidez en el rostro del hombre y, lo que es peor, la mirada de alivio absoluto en Lucía.
Ella lo vio. El corazón se le detuvo al cruzar su mirada con esos ojos grises que brillaban con una furia posesiva y gélida bajo la luz de la calle. Lucía se quedó petrificada en el asiento del copiloto, sintiendo que el aire se le escapaba.
Julián no dijo una palabra. No hizo falta. Solo se quedó allí, con las manos en los bolsillos de su abrigo de cachemira, observando cómo Mateo subía al coche y arrancaba. Julián se mantuvo inmóvil mientras el vehículo se alejaba, memorizando la matrícula, el modelo, y la forma en que la silueta de Lucía se inclinaba hacia Mateo en busca de consuelo.
—¿Así que esa es tu "humanidad", 402? —masulló Julián para sí mismo, mientras el coche desaparecía doblando la esquina.
El frío de la noche no era nada comparado con la determinación oscura que se acababa de asentar en su pecho. No era solo curiosidad lo que sentía ahora; era la necesidad de aplastar ese pequeño mundo de felicidad que ella se atrevía a tener fuera de su control.
—Mañana —susurró, dando media vuelta para regresar al edificio—. Mañana vas a desear no haber sonreído nunca frente a mí.
Regresó a su despacho y, con una frialdad administrativa que ocultaba un deseo de venganza personal, redactó una nueva orden en el sistema. El horario de Lucía ya no terminaría a las ocho. A partir del día siguiente, el "inventario de archivos históricos" se extendería hasta la medianoche. Si ella quería jugar a la familia feliz, tendría que hacerlo en las pocas horas de sueño que él estaba dispuesto a dejarle. Julián estaba decidido a ser el villano de su historia con tal de ser el único que ocupara su mente, aunque fuera a través del cansancio y el odio.