Poco después de eso, el Uber llegó por mi, llevándome hasta casa y dejándome cumplir lo único que había querido desde que había salido, desnudar mi cuerpo, cambiarlo por una pijama y finalmente meterme bajo las sábanas.
Mientras buscaba el sueño, no hice más que pensar en Zack, aquel extraño chico que por casualidad de la vida, me habría encontrado dos veces un mismo día. Mi madre había sido creyendo del destino toda su vida, y éstos actos, finalmente me hacían recordarla.
La mañana siguiente, cómo cada una de ellas, esperana levantarme al rededor de las siete de la mañana, estirar mi cuerpo al hacer un poco de yoga, limpiar un poco y ponerme al día con los quehaceres del departamento, eso sin dejar de lado, las actividades pendientes que lograba adelantar de la semana.
Pero mientras preparaba un poco de café, abria las cortinas del balcón, un ruido bastante fuera de lugar me haría derramar el café sobre la mesa del comedor.
—¡Mierda! —grité muy rápido al ver cómo se esparcía y ensuciaba ahora el suelo.
Suspiré con cansancio, apresurandome hasta limpiar lo más rápido posible, mientras que, el enojo me llevó a salir rápidamente de casa e ir hasta donde venía aquel ruido; el departamento de mi nuevo vecino.
Toqué repetidas veces de manera insistente. Terminando por abrir uno de los chicos de la banda, mientras miraba con confusión las personas dentro.
En el fondo, observé a Zack, quien llevaba la misma ropa de anoche, su cabello despeinado y una cerveza en su mano.
—¿Tara? —preguntó confundido poniéndose de pie y acercandose hasta la puerta. —¿Qué haces aquí?
—Estoy en mi casa, ¡Y el ruido de sus aparatos me hizo derramar el café! —grité. —¿Podrías dejar el ruido antes de que te acuse con Nancy, la dueña? —pregunté ahora mirando a aquel que habría abierto mi puerta, suponiendo que de él se trataba el nuevo vecino.
Zack rascó su nuca, haciéndolo a un lado y sonriendo de oreja a oreja luego de carraspear. —Hola, nueva vecina.