Alan Fox Victoria desapareció escaleras arriba, su tristeza pesando sobre sus hombros como una maldita sombra. No intenté detenerla. ¿Para qué? Algunas heridas no se cierran con palabras. Lo supe en cuanto vi sus ojos rojos, la forma en que apretaba los labios para no romperse frente a mí. Lo intenté, claro. Le dije lo que cualquiera diría en mi lugar: “No fue tu culpa”, “Hiciste todo lo que pudiste”, “No siempre se gana”. Pero lo sabía. Esas frases no alivian nada. No cuando el dolor está tan metido bajo la piel que parece imposible arrancarlo. Suspiré y me dejé caer en el sofá de la sala, cerrando los ojos por un momento. Debería dejarlo ir. Debería hacer lo que siempre hago: concentrarme en otra cosa y seguir adelante. Pero la imagen de Victoria, de su voz quebrada diciéndome que extr

