Habían transcurrido dos días desde que William había encontrado a su amada Elizabeth vagando por el bosque como un lobo errante. Lo más increíble de todo era que ahora fuera un Huargo al igual que él. “¿Acaso eso era posible?” Se cuestionó él mientras la miraba dormir plácidamente sobre su sofá. No podía evitar sentir una punzada de dolor en su corazón al verla en ese estado, tan frágil, tan perdida. Por la noche del tercer día, Elizabeth aún estaba desmayada sobre el sofá cama del estudio de William, y aún seguía llevando esa camisa manga larga que le quedaba enorme, la cual pertenecía al hombre que ella había amado con todo su corazón. Él no se había apartado ni un minuto de ella en todo el tiempo transcurrido. Después de tanto tiempo lo que menos deseaba era estar lejos de ella, pero n

