Capítulo 4

1174 Palabras
Benjamin —No te sientas mal, ¿sí? Cuando escuché la voz de Eir, me di la vuelta hacia ella. Estaba a par de metros de mí. —Entonces, serán dos los deprimidos y eso es demasiado para mí —Terminó de decir. En sus labios se formó una pequeña sonrisa, al igual que en los míos. Entonces, se acercó a donde yo estaba. —¿A quién engaño? —Negó con la cabeza—. Todos estamos un poco deprimidos aquí. —Y, ¿tú por qué? La pelinegra tomó un largo suspiro y alzó los hombros débilmente. —Me parte el corazón ver a Galder tan triste —murmuró—. Sabes bien que él es como un hermano menor para mí y verlo así otra vez, tan hundido..., es frustrante. Lo peor es que no sé cómo ayudarlo. Está colocando una barrera entre él y el resto del mundo. —Creo que solo empezará a sentirse mejor cuando vea que al menos hay algo que tiene solución —dije, haciendo que Eir me mirara con cierta confusión—. Cuando Astlyr regrese y pueda ayudarla a controlar sus instintos, sé que Galder se sentirá un poco menos culpable. Él cree que ella ya no tiene salvación. Pero yo sé que no es así. Y cuando lo compruebe por sí mismo, poco a poco, empezará a darse cuenta de que no todo está perdido. Eir tomó un pequeño suspiro, antes de responderme. —Aún sigues mantenimiento la fe —Esbozó una débil sonrisa. —No voy a abandonar a Astlyr a su suerte —aseguré—. No lo he hecho. Y, sé que pronto la voy a encontrar. —Una gran parte de mí desea que lo hagas —admitió—, pero la otra... Siente miedo. Fruncí el ceño, sin comprender. —¿Por qué? —Porque no sabes con qué te vas a encontrar cuando la veas —respondió, demostrando su preocupación—. Benjamin, ella ya no es la misma chica que vino aquí. Y sé que tú también lo sabes. Nadie vuelve a ser el mismo después de algo así. Estaba consciente de que Eir no me lo decía para hacerme sentir mal, o que yo dejara de buscar a Astlyr. Ella sabía bien que no dejaría de hacerlo. Lo hacía porque me quería y se preocupaba por mí. No quería que yo sufriera, pero no había manera alguna de que me retractase. Aun cuando un nudo se formaba en mi pecho al pensar en la nueva persona que podía ser Astlyr, yo no iba a rendirme. Ella seguía ahí, en alguna parte, y estaba sufriendo. No merecía nada de eso. —Tengo que ayudarla, Eir —murmuré, levantando la mirada—. Ella me necesita. —Y, ¿crees que te aceptará tan fácilmente? Negué con la cabeza y junté los labios en una línea recta. —No —susurré. Eir hizo un gesto con los labios y me miró con cariño, pero también con pena. —Quisiera poder decirte algo que te haga sentir mejor, pero me lo estás poniendo difícil —respondió. —Me sentiré mejor cuando ella esté aquí. La pelinegra movió la cabeza en un leve asentimiento y suspiró después. —También quiero verla —confesó, mientras juntaba las manos sobre su abdomen—. Aunque no sé cómo sería, exactamente. Jamás me disculpé con ella. —Aún puedes hacerlo. Eir me miró dudosa. —Y, ¿crees que me escucharía? —preguntó, sin ninguna clase de optimismo. —No lo sabrás hasta que lo intentes —dije. Ella agachó la mirada después, esbozando una sonrisa pequeña, la cual expresaba desánimo, más que cualquier otra cosa. Sabía que Eir se arrepentía de no haberle hablado con la verdad a Astlyr desde el principio, así como también le dolió que Astlyr no lo hiciera. Pero también sabía que eso último se debía más que todo precisamente a esa manía que a veces teníamos los Canníbels por aferrarnos a algo que nos recordara a nuestras vidas antes de ser convertidos. En el caso de Eir, ella se cansó de intentar que alguien la quisiera, pero no de encontrar algún buen amigo; alguien que no perteneciera a nuestro mundo, que le hiciera sentir que aún podía escapar de él de vez en cuando. Pero eso era algo imposible de conseguir. —Qué bueno que estén los dos aquí. Me tensé al escuchar la voz de Agathe. Eir y yo nos dimos la vuelta hacia ella después, quien se dirigió con frialdad a su hermana —Así, no tengo que soportar que vayas a buscarme después para pedirme que sea más condescendiente —Le dijo. Eir suspiró, con molestia. —¿Qué es lo que quieres, Agathe? —Hablar contigo —Dirigió sus ojos azules a mí esta vez—. Bueno, no hablar. Simplemente, darte un ultimátum. Fruncí el ceño, manteniéndome tenso. —Déjate de rodeos, Agathe. ¿De qué hablas? —De que no estoy dispuesta a esperar más tiempo —pronunció—. Desde que convertiste a tu noviecita, no ha hecho más que dar problemas. Siendo así, tan descuidada, asesinando a personas a dónde quiera que va, en cualquier momento la gente podría descubrir nuestro secreto —Su rostro se volvió rígido por la rabia—. Así que, si no la encuentras en dos semanas para hacer que se controle, yo misma iré a buscarla y no pararé hasta tenerla entre mis manos. Entonces, no tendrás más opción que matarla. La ira me recorrió las venas como si hubiese fuego quemándolas y de inmediato di un paso más al frente, mirándola con rabia. —No voy a lastimar a Astlyr —sentencié, mirándola a los ojos—. Ni siquiera porque tú me lo pidas. Sus labios rojos se curvaron en una sonrisa cerrada, pero sus ojos ardían de ira. —¿Te estás atreviendo a desafiar a la Canníbel más antigua de tu familia? —No me importa desafiar a quien sea, si es por ella —manifesté, más como una advertencia—. Fui yo quien convirtió a Astlyr, esta es mi responsabilidad. Tú no me vas a decir qué hacer con ella. La rubia soltó un ligero bufido. —Sigue creyendo que podrás salvarla. —¿Qué? ¿Acaso tú vas a intentar hacerle daño? —cuestioné. El brillo azul de sus ojos se volvió aún más intenso. —No me retes. —No, no me retes tú a mí —contesté—, porque entonces te darías cuenta de que no me importa enfrentarme a ti para proteger a Astlyr. —Si llegaras a hacerlo, podría expulsarte de esta familia, si así lo quisiera —advirtió. Me encogí de hombros. —Hazlo —respondí—. No voy a dejar que nadie lastime a Astlyr y mucho menos lo haré yo. No seguiría con aquella discusión, así que, sin importar que el rostro de Agathe se llenara de furia, me alejé de ahí y volví al castillo.
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