Benjamin
El cielo estaba lleno de nubes grises, anunciando la tormenta que caería pronto. Los días parecían haberse vuelto más fríos en Vantellier. De por sí, nunca hacía calor en aquel lugar y, ahora que estábamos en otoño, solo podían esperarse temperaturas aún más bajas.
Era una de las razones por las que elegimos aquel pueblo para vivir, cuando llegamos la primera vez. A todos nos recordaba a nuestros hogares. Habíamos nacido en lugares distintos, pero Vantellier, de alguna manera, tenía algo que nos hacía sentir en casa.
Aunque, quizá, estar ahí era solo una manera desesperada de intentar aferrarnos a algo que ya no existía; a la falsa ilusión de que podíamos seguir teniendo una familia, aun cuando lo único que unía nuestra sangre era el veneno que había en ella.
Era irónico, pero, con el tiempo, una parte de ti se acostumbraba. Había pasado muchos años viendo a aquellas personas y podía considerarlos como hermanos para mí, al menos a la mayoría de ellos, pero eso no significaba que uno dejara de recordar.
Siempre pensaba en mis padres, en mi hermana..., en la vida que tuve un día, antes de estar sumergido en aquel infierno. Y siempre terminaba sintiéndome culpable por haberme ido sin ninguna explicación, por todas las preguntas que debieron hacerse, sin tener jamás una respuesta.
Pero la vida de un Canníbel es solitaria. Aun cuando nos uníamos al apellido de una familia, siempre estábamos solos. No importaba lo que hicieras para distraerte, o si fingías ignorarlo, en el fondo, siempre lo sabías. La soledad te acompañaría hasta el último de tus días.
Eamon apoyó su cabeza en mi pierna, entonces arrastré la mirada hacia él. Una sonrisa cansada se dibujó en mi boca. Estábamos en el jardín, como tantas veces, yo sentado en el borde de uno de los muros y él junto a mí. Pasé una mano por su lomo y lo palmeé después.
—¿Qué te pasa? —Le pregunté—. ¿Estás triste?
El perro levantó las orejas y me miró, entonces volví a sonreír.
—Sí, yo también la extraño —murmuré.
Siempre tuve algún tipo de conexión especial con Eamon, aunque no estaba seguro de la causa. A veces creía que era por su naturaleza y la mía, otras veces, tan solo, que yo le caía bien y él a mí. El punto era que siempre me buscaba y a mí me gustaba pasar tiempo con él. Pero cuando Astlyr llegó al castillo, me di cuenta de que se sentía de la misma forma con ella.
Bueno, aunque de diferentes maneras, no fue el único que se sintió atraído hacia ella apenas la vio.
Muchas veces fui consciente de que iba en contra de mis propias palabras por acercarme a ella. Sabía que era peligroso. Sabía que no debía hacerlo. Pero no pude evitarlo. Pasé toda una vida jurándome que no me acercaría a nadie, hasta que ella apareció.
Quizá Astlyr jamás se dio cuenta de ello, pero se convirtió en mi debilidad.
Levanté la mirada cuando percibí que alguien se acercaba. Más que eso, porque me sorprendió que se tratara de Galder. Volví a palmear el lomo de Eamon y me levanté después, para caminar hacia la parte trasera del castillo. El castaño venía caminando desde la zona que conducía al bosque, con los puños guardados dentro de su sudadera gris. Aun cuando compartíamos el mismo techo, era la primera vez en días que lo veía.
También la primera vez en semanas que salía de las paredes del castillo.
—Es bueno verte afuera —Le dije, cuando estuve frente a él.
Galder se detuvo también y tragó pesado. Mantuvo sus ojos lejos de mí. Pensé que diría algo, pero no lo hizo. Entonces, exhalé y negué con la cabeza.
—Han pasado meses, Galder —Señalé, haciendo un ademán—. ¿Cuándo vas a dejar todo esto?
Él frunció el y bajó la mirada hasta el suelo. De nuevo, silencio.
—No tienes que seguir culpándote —murmuré esta vez—, no es justo para ti.
—¿No lo es? —cuestionó, al fin mirándome. Sus ojos estaban llenos de furia, pero no hacia mí, sino hacia él mismo—. ¡Benjamin, yo ni siquiera debería estar vivo!
—Lo sé —Asentí—. Ninguno de nosotros debería estarlo, pero eso es algo que no podemos cambiar.
Galder negó con la cabeza. Sus ojos estaban nublados por la oscuridad de sus pensamientos.
—Hubo un momento en el que creí que podría aprender a controlar esto e intentar tener una vida normal, pero fue una estupidez. Es imposible. Estoy condenado a lastimar a otros, todos aquí lo estamos, pero nadie parece darse cuenta de eso —Negó con la cabeza—. Ingrid murió por mi culpa, Astlyr fue convertida porque no pude controlarme esa noche y tuviste que detenerme... ¿No debo sentir culpa por eso?
Tomé un breve suspiro y negué después.
—Escucha, Galder. Eres el más joven de nosotros y nadie aquí te juzga porque aún tengas problemas para controlarlo.
—No hace falta que ustedes me juzguen —Me interrumpió—. Yo lo hago. Y con eso es suficiente para saber que todo sería mejor si esa chica me hubiese matado, en lugar de convertirme.
Sin mediar ninguna otra palabra, Galder se marchó, de vuelta al castillo.
Me quedé solo en medio del jardín, con la mandíbula tensa y la mirada clavada en el bosque frente a mí.
Esa era la actitud que había tomado Galder desde todo lo que pasó. Y, aunque él creía que nadie lo comprendía, yo lo hacía. Pero se negaba a escuchar y eso también podía entenderlo. Él nunca quiso ser convertido, sucedió en contra de su voluntad. Le gustaba una chica y él no sabía la verdad sobre ella, hasta que lo sedujo y lo convirtió en un Canníbel. Para ella, fue solo un divertido reto. Para él, la peor de las maldiciones.
Eir lo encontró vagando un tiempo después y lo llevó con nosotros, para que pudiéramos ayudarlo. Y, lo hicimos. Durante años, logramos que él pudiera recuperarse de aquel trauma y poco a poco volviera a ser la persona bromista y alegre que alguna vez fue, antes de ser convertido.
Pero ahora, sentía que habíamos retrocedido a un punto incluso más bajo que el del principio. Él estaba deprimido y se sentía culpable. Se pasaba los días encerrado y no hablaba con nadie.
En general, ninguno de nosotros hablaba mucho entre sí. Las cosas habían cambiado y eso no era ningún secreto.
Nada había vuelto a ser igual desde que Astlyr se fue.
Aunque, en realidad, el verdadero cambio empezó cuando ella llegó.