Capítulo 9

1800 Palabras
Astlyr La única razón por la que Kalen podía estar ahí con una chica, era para asesinarla. Ella era humana, no una Canníbel. Podía sentirlo en los latidos de su corazón y en su aroma. El muy maldito se la había llevado hasta aquella calleja oscura y desolada solamente para acabar con ella. Y aunque desde que fui convertida jamás me pasó por la mente salvarle la vida a alguien, en ese momento me decidí a hacerlo. Mientras Kalen sostenía la cintura de la chica de pelo dorado y pasaba una mano por su mejilla, me retiré el antifaz y lo arrojé al piso, para caminar hacia él. El castaño pudo notarme primero que ella. Pues, apenas percibió mi presencia, levantó la mirada hacia mí y su rostro cambió. Algo brilló en la tonalidad café de sus ojos. Cuánto deseé apagar ese brillo. Por supuesto, la chica arrastró la mirada en la misma dirección que él, en señal de confusión. Y, todo se volvió silencio; a excepción del eco que producían mis zapatos caminando sobre el pavimento húmedo. —Así que, aquí estás —dije, esbozando una leve sonrisa, que solo demostraba molestia—. ¿A esto te referías cuando dijiste que saldrías a buscar algo? Mientras que Kalen entornó los párpados ligeramente, como si aún estuviese analizando la situación, la chica pasó su mirada confundida de él hacia mí. —¿De qué habla? —Le preguntó, sonriendo extrañada—. ¿Quién es esta chica? —¿No te lo dijo? —inquirí, levantando una ceja. Ella negó con la cabeza. Entonces, me crucé de brazos y miré a Kalen cínicamente—. No le dijiste que tienes novia. El hombre de pelo castaño ladeó el rostro muy apenas, sin apartar sus ojos de mí. Y, mientras tanto, la chica se separó de él bruscamente, mirándolo con enojo. —¡¿Eso es verdad?! —gritó. —¿Crees que te lo dirá? —cuestioné, soltando un bufido—. La especialidad de este imbécil es mentir. Alcancé a notar cierto rastro de frustración en la mirada de Kalen, incluso con la poca iluminación que había en el lugar. Pero antes de que él pudiese responder algo, con la misma efusividad con la que la rubia se apartó de él, le clavó una bofetada. —¡No vuelvas a buscarme! —exclamó, furiosa, mientras él se pasaba una mano por la mejilla. Y, de la misma manera, ella se marchó a grandes zancadas por la otra dirección de la calleja. Mi comisura izquierda se alzó muy a penas, pero lo que mis ojos expresaban era todo el odio y el asco que sentía hacia el repugnante ser que se encontraba a escasos metros de mí. Claro que todo fue una mentira para que la chica se fuera. Ella estaría furiosa e indignada, creyendo que su noche había sido un total fracaso, pero no tenía la menor idea de que acababa de salvarle la vida. Finalmente, cuando Kalen y yo estuvimos solos en la calleja, él se giró por completo hacia mí. Sus labios se curvaron ligeramente y él entornó los párpados de la misma manera. —¿Sabes lo que acabas de hacer? —preguntó. —¿Qué? ¿Salvarla de un maldito como tú? El castaño soltó un bufido, sarcásticamente. —No me he alimentado en tres meses y, a estas alturas, deberías saber que es el tiempo límite para alguien como nosotros —dijo, mientras comenzaba a dar pasos lentos en mi dirección—. Mi última presa fue esa que me obsequiaste en Nisk. ¿Lo recuerdas? —Su sonrisa se volvió más profunda—. Me pusiste en bandeja de plata al corazón de tu jefe. Jamás te di las gracias por eso. La tensión acumulada en los huesos de mi mandíbula se volvió aún mayor, tanto como la de las manos empuñadas a los costados de mi cuerpo. —Te juro que vas a pagar por todo lo que has hecho —sentencié. Mi voz se volvía más grave por la rabia que hervía en mis venas. El castaño inclinó una ceja, divertido. —Y, ¿qué hay de ti? —inquirió—. Hablas de mí como si tú no fueras igual que yo ahora… —Sus repulsivos ojos recorrieron mi anatomía—. Aunque, no creo que tengas de qué quejarte. Ahora te ves incluso más hermosa de lo que ya eras. La vida de Canníbel te ha sentado bien. —Eres un maldito asqueroso —respondí, por lo bajo. —Ambos —Nos señaló a él y a mí con su dedo índice—, ambos somos unos malditos, Astlyr. O, ¿te vas a hacer la inocente ahora? —Se cruzó de brazos. Realmente, estaba disfrutando aquel momento—. Dime, ¿a cuántos inocentes has matado en este tiempo? —¡Lo he hecho porque tú me heriste de muerte en aquella cabaña! —estallé. Mis ojos ardían por la rabia—. ¡Eso era todo lo que querías, que yo terminara convertida en un maldito monstruo, al igual que tú! —Y, al igual que tu querido Benjamin —murmuró, ladeando una sonrisa—. No olvides que fue él quien te condenó. Aquellas palabras fueron el detonante de la ira que recorría mis venas en aquel momento. No logré controlarme más y tampoco quise hacerlo. En un santiamén, mi cuerpo cambió. Cada músculo de mi cuerpo se volvió rígido y las venas brotaron en mi cuello, mi frente y mis muñecas, mientras mis ojos se convertían en dos cuencos vacíos y el más fuerte de los estallidos de mi corazón causaba que las garras emergieran. Al mismo tiempo, mis dientes se transformaron en dos afiladas hileras. Con la misma rapidez, me abalancé hacia él y lo golpeé en la mandíbula, deslizando mis garras por su piel con tal fuerza, que terminé empujándolo hasta que su espalda impactó contra el pavimento, varios metros más adelante. Corrí de inmediato hacia él y, mientras lo hacía, su cuerpo también se transformó. Ásperos gruñidos escaparon de sus labios y su rostro se tensó por la rabia. Era una expresión cruel y salvaje, delirante, pero nada de eso me intimidaba. Solo hacía crecer mi ira. Ahora con su aspecto Canníbel, Kalen se levantó con suma agilidad y, cuando nos encontramos, lo primero que hice fue enterrar mi puño en su pómulo izquierdo, haciendo que su rostro girase de forma violenta. Pero con la misma velocidad con la que lo golpeé, él me tomó del cuello. Cerró sus dedos alrededor de mi garganta y me empujó contra la pared, haciendo que esta vibrara por la fuerza del golpe, mientras el dolor se expandía por mi espalda. —No puedes asesinarme sin la daga —pronunció, con la voz cambiada; más rasposa y grave. —No —contesté, de la misma manera—, pero sí puedo lastimarte. Sin esperar ninguna otra respuesta de su parte, enterré mi rodilla en su entrepierna, haciendo que me soltara de inmediato y se quejara del dolor. No importaba si era humano o no, un golpe como ese le dolería de cualquier manera. Aproveché el momento en el que él me dio la espalda y se inclinó hacia adelante, para esta vez patearlo en la nuca, logrando así derribarlo una vez más. Los latidos de mi corazón marcaban un ritmo desenfrenado, frenético, mientras mi sentido de la razón era aniquilado por todas las imágenes que venían a mí: La muerte de Ingrid, el momento en el que mi jefe y yo fuimos atacados en la tienda… Kalen enterrando aquella daga en mi pecho. El dolor más infernal que pude sentir, cuando mi cuerpo se transformó la primera vez. Las muertes que causé. Y todo eso se condensó en mi ira, la cual drené cuando me coloqué a horcajadas sobre él y, repitiendo su acción, encerré su cuello entre mis dedos, clavando furiosamente las garras en las venas brotadas de su piel con todas mis fuerzas. Después, comencé a golpearlo. Una, dos, tres… Perdí la cuenta de la cantidad de veces en las que mis nudillos se estrellaron contra su maldita cara. Solo había una manera de asesinarlo y esa era usando una daga que yo no tenía, pero aún podía causarle daño. Y, eso era todo lo que quería. Aunque su piel fuera mucho más resistente que la de un humano, él aún sentía dolor por toda la rabia acumulada en mis golpes. En aquel punto, cualquier ápice de lucidez se había esfumado y todo lo que sentía eran la rabia y el dolor que estuve guardando dentro de mí por tanto tiempo. Mientras tanto, mis dedos apretaban cada vez con mayor fuerza su cuello. —¡¿Cómo se siente, eh?! ¡Dime cómo se siente! —grité, con la voz estrangulada, sin dejar de golpearlo—. ¡¿Cómo se siente ser tú quien vive el dolor?! Levanté el puño en el aire una vez más, respirando con fuerza, sintiendo que el oxígeno quemaba a mis pulmones por dentro. Y, en ese preciso instante, por una fracción de segundo, me recordé a mí unos meses atrás, huyendo bajo aquella tormenta, herida y asustada, la noche en la que descubrí la verdad. Mayor aún fue mi furia, pero cuando estaba a punto de volver a golpearlo, Kalen alcanzó a clavar su puño en mis costillas, logrando apartarme. Tensé la mandíbula por el dolor y gruñí, mientras clavaba las garras en el suelo. En ese mismo momento, él se levantó del piso y respiró pesadamente. Había hematomas en su cara, a pesar de que no podía sangrar. Lo estaba haciendo internamente. Sus ojos negros se cruzaron con los míos durante aquel largo segundo. Y después, él corrió en la dirección contraria. Me levanté de inmediato y me arranqué los zapatos, dejándolos tirados ahí. Corrí detrás de él, siguiendo la dirección que había tomado. Pero cuando llegué al final de la calleja, miré hacia todos lados y no vi rastros de él por ninguna parte. Seguí su olor, entonces. Y, volví a correr. Lo hice tan rápido como mi rabia y mis fuerzas me lo permitían, hasta que dejé los urbanismos atrás y me adentré en las entrañas del extenso parque del pueblo. Ese lugar en donde todo comenzó. Corrí por los senderos, buscándolo, pero en algún punto, el rastro se perdía. Me detuve, entonces, con el corazón deshecho en enardecidas pulsaciones y el aliento cálido escapando en resoplidos a través de mi boca. Fue cuando percibí el olor de otro Canníbel, pero no pertenecía a Kalen. Arrastré la mirada hacia el piso y después me giré, para, finalmente, encontrarme con la mirada sombría de aquella mujer: Kendra Solheim. La misma que asesinó a Ingrid.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR