Capítulo 1: El Eco del Cristal
El edificio de Vanguard Assets se erguía sobre la ciudad como un monumento al orden y a la frialdad. Sofía ajustó el cuello de su americana, sintiendo que la tela rígida era su única armadura contra el aire acondicionado que parecía diseñado para conservar c*******s, no para acoger empleados.
—Señorita Rivas, el CEO la recibirá ahora —dijo la secretaria, una mujer cuya sonrisa era tan artificial como las orquídeas de seda de la recepción—. Recuerde: brevedad y precisión. Al señor Ferrán no le gusta perder el tiempo.
Sofía asintió, tragando saliva. Necesitaba este contrato. Tres meses de consultoría externa le darían el respiro financiero que su cuenta bancaria gritaba por tener. Caminó hacia la doble puerta de madera de nogal, repitiendo mentalmente las cifras del análisis de riesgos.
Al entrar, el aroma la golpeó antes que la vista.
Era una mezcla de sándalo, café recién hecho y algo más... algo eléctrico que le erizó el vello de la nuca. Un aroma que su cerebro tenía archivado bajo la etiqueta de "peligro y placer".
Alejandro Ferrán no levantó la vista de los documentos. Estaba sentado tras un escritorio de cristal que parecía un bloque de hielo tallado. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, y la luz de la mañana subrayaba la mandíbula tensa que ella, en una habitación de hotel con las sábanas revueltas, había delineado con la punta de los dedos apenas una semana atrás.
—Tome asiento, Rivas. He leído su informe. Es... aceptable —la voz de Alejandro era un barítono gélido, profesional, desprovisto de cualquier rastro de la ronquera apasionada que ella recordaba.
Sofía se sentó, obligándose a mantener la espalda recta. El hombre frente a ella no era el extraño que la había hecho olvidar su propio nombre bajo las luces de neón de aquel bar clandestino. Este hombre era un depredador corporativo.
—Gracias, señor Ferrán. El análisis de flujo de caja sugiere que...
—Hablemos de la cláusula de confidencialidad —la interrumpió él, levantando finalmente la vista.
Sus ojos grises chocaron con los de Sofía. Por un segundo, el tiempo en la oficina se detuvo. El barniz de profesionalismo de Alejandro flaqueó; sus pupilas se dilataron apenas un milímetro, reconociéndola. Fue un destello, un rayo que cruzó el despacho antes de que él volviera a ponerse la máscara de CEO.
—Esta empresa valora la discreción por encima de la competencia —continuó él, con los dedos entrelazados sobre la mesa—. Lo que sucede dentro de estas paredes, o lo que sucedió antes de entrar en ellas, no debe afectar el rendimiento. ¿Estamos de acuerdo?
Sofía entendió el subtexto. No era una pregunta sobre el contrato. Era una advertencia sobre la noche que ambos intentaban enterrar.
—Totalmente de acuerdo, señor Ferrán —respondió ella, recuperando su voz más firme—. Soy una profesional. Sé separar el papel de la realidad.
—Excelente. Porque en este contrato, cualquier error se paga caro.