CAPÍTULO TREINTA Cada pizca de la fuerza de Chris iba para mantener lejos la ola de luz blanca que Oliver le estaba disparando. Nunca había visto así a su hermano. Era como si se hubiera convertido en un ángel. Estaba bañado en un brillo blanco neblinoso. Incluso el pelo le relucía. —¿Qué eres? —gritó Christopher. —Soy bueno —dijo Oliver acercándose aún más—. Escojo ser bueno. Chris cayó de rodillas. La pared blanca lo estaba aplastando. Ya no podía luchar contra ella. —Tú también puedes ser bueno —dijo Oliver. El blanco empezó a rodear a Oliver. Era cálido y de una belleza impresionante. Con él vino una extraña sensación de serenidad que Chris no había sentido en su vida. Era como si la luz lo calmara y le dijera que ya no hacía falta que estuviera enfadado. Que no pasaba nada por s

