– No tenías ningún derecho a decirle a un completo desconocido en donde vivo. El día anterior no logró confrontar a la llorica de Samanta, pero ese día nada la detendría. Samanta abrió los ojos entre sorprendida y asustada, seguramente en un principio no supo a quien se dirigía; si a la chica de cabello morado o a ella. Cuando su lento cerebro captó que su enfado era exclusivamente para ella, se levantó del suelo y miró a su alrededor como si no supiera qué hacer o qué decir. – ¿Qué? Cinthia puso los ojos en blanco, la estupidez de su compañera la estaba sacando de juicio. – Tomás fue a buscarme el domingo a mi casa –le informó a Samanta con una sonrisa –. Tu querido amigo Santiago me echó la culpa de todo lo que ha ocurrido y su tonto primo fue a echarme pleito fr

