Konstantin no se relajó.
Se quedó junto a Kira hasta que llegaron más personas. Primero Matías, luego Hugo, con rostros serios y palabras mínimas. Después llegó Lorenzo, el pequeño hermanito de Kira, acompañado por Alejandro. El niño corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Kira se agachó para recibirlo, y aunque no lloró, algo se ablandó en su rostro.
Konstantin se apartó un poco y se acercó a Alejandro, quien lo miró con gravedad.
—Un carro n***o, de la esquina—le susurra—. Lleva más de media hora allí. No se ha movido. Es sospechoso.
Alejandro frunce el ceño.
—Lo vi también. Ya lo notaron mis hombres. Enviaremos a vigilarlo. Solo vigilancia, por ahora.
Konstantin asintió. No era momento de iniciar una confrontación, pero tampoco de bajar la guardia.
Su celular vibró. Era Ximena.
—Konstantin ¿ Como está mi hija? —pregunta ella, con su voz débil pero firme.
—Está dolida. Estaba destruida… pero está a salvo. Cuando se tranquilice, volveremos a verla. Ya estamos en la capilla.
—Gracias, Konstantin. De verdad… gracias. Me darán de alta mañana.
—Le diré a Kira.
Colgó.
Al cabo de unos minutos, tras asegurarse de que Kira estaba con sus familiares y Alejandro, Konstantin montó de nuevo su moto y se dirigió al hotel donde tendrían la rueda de prensa.
Lucas y Matías ya lo esperaban en el salón de conferencias. Un espacio sobrio, con cortinas oscuras y una fila de periodistas impacientes.
Konstantin tomó aire. Había estado en muchos escenarios tensos. Pero este era diferente. Esta vez, debía proteger no solo un legado político ajeno a su familia… sino el alma quebrada de una chica que comenzaba a confiar en él. El sabe que debe mantener la compostura.
—Gracias por venir —dijo Lucas, tomando el micrófono primero—. Con profundo pesar, informamos que Dimitri Ivanov, filántropo, empresario y m*****o respetado de nuestra sociedad, ha fallecido, producto de un atentado, que aún está bajo investigación.
Hubo un murmullo de sorpresa y tensión entre los periodistas.
—Esto no fue un accidente ni un hecho aislado —intervino Matías, con rostro duro—. Fue un ataque planeado, cobarde, directo contra nuestra familia.
Konstantin dio un paso adelante.
—Y no nos quedaremos de brazos cruzados. Ya las autoridades tienen el caso. Esperemos que los culpables sean presentados y juzgados.
Los flashes de las cámaras estallaron. Las preguntas llovieron. Pero los tres hombres fueron firmes, mesurados y tajantes. La verdad debía conocerse, pero también había que proteger a Kira, descendiente directa y única primogénita del legado.
Terminada la conferencia, Konstantin salió por la puerta trasera del hotel y se dirigió a su motocicleta. El frío moscovita mordía sus nudillos, pero no lo sentía. Sus pensamientos estaban con ella. Se sentía cansado pero no había tiempo para descansar.
Y la amenaza acechaba, cada vez más cerca.
Al día siguiente de la sepultura, el salón donde se realizaría la lectura del testamento estaba decorado con sobriedad. Las luces tenues y los vitrales antiguos proyectaban sombras sobre los rostros tensos de los presentes. Kira permanecía sentada en silencio, con el rostro pálido, todavía vestida de n***o. A su lado, su hermanastro Lorenzo jugaba con la cremallera de su abrigo, sin comprender del todo la magnitud de lo que ocurría.
El abogado, un hombre mayor de cabello gris y gafas delgadas, colocó una carpeta sobre la mesa y carraspeó antes de hablar.
—Gracias por venir. Como saben, el señor Dimitri Ivanov dejó instrucciones precisas para esta lectura. El testamento fue actualizado hace seis meses y ha sido validado legalmente.
En la sala se encontraban Ximena —aún débil tras el ataque, con un vendaje en el cuello—, su esposo Lucas, el padre biológico de Lorenzo, Alejandro Valdivia —abuelo materno de Kira y padre de Ximena—, Matías y Hugo —tíos de Kira y hermanos de Ximena—, y Konstantin, quien permanecía de pie cerca de la pared, sin decir palabra junto a su familia.
El abogado comenzó a leer.
—"Yo, Dimitri Ivanov, en pleno uso de mis facultades, declaro esta como mi última voluntad. A mi nieta Kira Valdivia Ivanov le lego la totalidad de mis propiedades en Moscú como la mansión, mi residencia en los Alpes, así como mis acciones en la empresa Ivanov Holdings, y el Hotel Ivanov. Además, le dejo el acceso total a las cuentas bancarias y fideicomisos de estos negocios establecidos a su nombre."
Kira se estremeció. Ximena le sostuvo la mano con firmeza.
—"Sin embargo —continuó el abogado—, dicha herencia solo podrá ser activada completamente si Kira cumple la siguiente condición: deberá contraer matrimonio legal y consumado con Konstantin Ivanov, accionista mayoritario y delegado como guardián. Esta unión deberá realizarse dentro de un año a partir de la fecha de fallecimiento, y no podrá ser revocada a menos que se demuestre coacción."
El silencio cayó como un manto espeso sobre la sala. Kira abrió los ojos, perpleja. Konstantin bajó la mirada. Alejandro entrecerró los ojos con suspicacia. Lucas se movió incómodo en su asiento.
—¡¿Qué?! —exclamó Kira finalmente—. ¿Qué clase de… de broma enferma es esta?
—Lo estipulado es legal —interrumpió el abogado, sin levantar la voz—. El testamento fue revisado por tres notarios. Si no se cumple la condición, la herencia quedará en fideicomiso para su hermanastro Lorenzo Valdivia, quien podrá disponer de los bienes al cumplir los dieciocho años. Mientras tanto, la administración quedará a cargo del señor Alejandro Valdivia, como tutor legal de negocios de ambos.
Alejandro asintió con lentitud. Sus ojos, duros como el mármol, se clavaron en Konstantin.
—Lo sabía… Dimitri aún jugaba a controlar el tablero hasta desde la tumba —murmura—Debe tener mucha fe en ese muchacho. Si así lo quiso tendrá sus razones.
Lucas toma aire.
—¿Y qué hay de Lorenzo? ¿Recibirá algo?
—Sí —respondió el abogado—. El señor Ivanov deja explícitamente una cuenta de ahorro, propiedades menores y una beca completa de estudios para Lorenzo en América junto a una mansión, que quedarán disponibles al cumplir la mayoría de edad.
Lorenzo frunció el ceño, confundido.
Kira se puso de pie.
—¿Y si no quiero casarme con Konstantin?
—Entonces la herencia pasará íntegra a Lorenzo —contestó el abogado—. Excepto el fideicomiso con cláusulas condicionales, no habría nada a su nombre.
Konstantin, hasta ese momento callado.
—No sabías nada de esto… ¿verdad? —le dijo a Kira en voz baja.
—No —responde ella, con la voz quebrada—. Y no pienso casarme contigo porque mi abuelo lo haya ordenado.
—No tienes que decidir ahora —agrega Ximena, acariciando su mano—. Pero debes pensar con calma. Tu abuelo tenía sus razones para su unión que se empeño a unirlos a su manera, y aunque su método fue cruel… quizás vio algo que tú aún no.
El abogado cerró el expediente con suavidad.
—Los documentos legales serán enviados a sus respectivos representantes. Hasta que se tome una decisión, la administración interina estará bajo supervisión notarial.
Todos se levantaron lentamente. Kira sentía el peso de cien años sobre sus hombros. Se alejó unos pasos de la mesa y salió al pasillo del edificio sin mirar atrás.
Konstantin la siguió.
—No quiero tu dinero —le dijo él, una vez fuera—. Ni tu apellido. Si me quedé es porque… no puedo dejarte sola en esto y porque me gustas de verdad desde la primera vez que te vi aún sin saber quién eras.
Kira lo mira de reojo, confundida, dolida, perdida.
—Entonces no me presiones. Porque lo último que necesito es otro hombre decidiendo mi vida.
Konstantin asintió, respetuoso. Y por primera vez, pareció más humano que amenaza.
En ese momento Kira recibió un mensaje de su tío, el hermano de Dimitri que acaba de llegar del extranjero, miro el mensaje y guardo el celular devuelta.
Alejandro, al verlos desde la distancia, exhaló con dureza.
—Se viene una guerra. No por la herencia… sino por el poder que ella representa. Y mi nieta no está lista. Pero lo estará si él le tiene paciencia.
Y con eso, el legado de Dimitri Ivanov comenzaba a desatar sus consecuencias desde la tumba.
—Sácame de aquí, si viniste en la moto.
—¿Dónde a quieres estar?
—Donde nadie me vea —responde sin pensarlo—. Solo… quiero estar tranquila, una cama limpia, un lugar lejos de aquí.
Y así lo hizo.
Condujo hasta un pequeño motel apartado, discreto, alejado del bullicio de la ciudad. No era lujoso, pero sí cálido y silencioso. Pidió una habitación con cama grande, sin más. Kira no dijo nada en todo el camino, y cuando entraron, fue como si su cuerpo se desplomara suavemente sobre las sábanas blancas.
Se quedó de lado, acurrucada, sin soltar la chaqueta que aún llevaba puesta. Konstantin se quitó los zapatos, se tumbó junto a ella y la rodeó con ambos brazos, en un gesto protector. Ella giró lentamente hasta quedar frente a él.
Sus piernas se entrelazaron casi de forma inconsciente, buscando consuelo en el calor humano. No había besos. No había deseo. Solo necesidad. De no estar sola. De no dejarse caer del todo.
Konstantin pasó su mano por el cabello de ella, con movimientos suaves, como si calmara a una niña enojada, aterradora, calculadora.
—Estoy aquí, dime en qué piensas, me siento excluido, pensé que me mandarías al demonio por como reaccionaste frente a tu familia —murmura junto a su frente.
Kira apretó los párpados, luchando por no romperse otra vez. Pero él no la presionó. Solo siguió acariciándole el cabello, la nuca, la espalda.
—¿Como es que mi abuelo está muerto cuando era tan precav? —susurra al cabo de un rato—. ¿Por qué él? Era lo único bueno que me quedaba intacto.
—Tal vez porque los buenos se van antes. Y nosotros... los que quedamos, nos volvemos más duros.
Ella tragó saliva. Su respiración se fue calmando con el paso de los minutos, hasta que por fin se permitió llorar de nuevo, en silencio, apretando los puños contra el pecho de él. Konstantin no dejó de abrazarla. Se sintió más humano que nunca.
Pasaron la noche así. No hubo sexo. No hubo palabras innecesarias. Solo dos cuerpos compartiendo el dolor en silencio. Dos personas que, aunque no sabían si podían confiar el uno en el otro, en ese instante solo se necesitaban.