El rugido de la moto se fue apagando mientras llegaban a un viejo acantilado en las afueras de Moscú, donde el mar rompía con violencia contra las rocas. El cielo estaba gris, cubierto de nubes, y el viento helado traía consigo el olor a sal y tormenta lejana.
Konstantin apagó el motor, se quitó el casco y bajó primero. Luego ayudó a Kira a hacerlo con una delicadeza que no encajaba con su figura dura ni con su fama. Ella no decía nada, solo caminó unos pasos hacia la baranda oxidada del mirador, con la mirada perdida en el horizonte.
El mar bramaba. Kira se abrazó a sí misma, temblando. Konstantin se acercó por detrás y la envolvió con su abrigo, sujetándola con fuerza contra su pecho.
—Llora —murmura, con la voz ronca—. No lo tragues. No hoy.
Ella obedeció. El llanto volvió a brotar, ahogado primero, luego cada vez más desesperado. Su cuerpo se sacudía en espasmos mientras él la sujetaba sin decir una palabra, su mentón apoyado en la cabeza de Kira, sus brazos apretados con fuerza contra su cintura.
En medio de esa escena rota, el celular de ella sonó varias veces. Lo ignoró. Solo quería que el mar se llevara el dolor.
Minutos después, el teléfono de Konstantin vibró. Lo sacó, lo miró, y contestó con voz baja.
—¿Sí?
—¿Konstantin? ¿Dónde está Kira? ¿Está contigo? —era Ximena. Se notaba que había llorado, que estaba conteniendo el pánico.
—Sí. Ella me pidió que la sacara de allí. Está conmigo. A salvo.
Hubo un breve silencio del otro lado.
—Gracias. Ella y Dimitri eran inseparables. No sé cómo va a superarlo.
—Yo sí —responde él, sin mirar a Kira, aún abrazándola—. Cuando esté lista, volveremos.
—Bien... solo dile que la amo, y que aquí estaremos cuando regrese. Mi padre y mi madre están aquí ya. Se encargarán de todo. Gracias, Konstantin. De verdad.
—Bien.
Él colgó sin añadir nada más. Guardó el teléfono, exhaló con lentitud y besó la frente de Kira, con los ojos cerrados.
—El mar —murmura, como intentando cambiar el foco del dolor—. La primera vez que lo vi… pensé que era una criatura viva. Gigante, peligrosa. Quise tocarlo y corrí hasta hundirme en él. Mi madre casi muere del susto.
Kira esbozó una débil sonrisa entre lágrimas.
—Mi abuelo me llevó la primera vez… tenía cinco años. Me hizo construir castillos de arena mientras él pescaba con hilo y una rama. Me decía que el mar era como la vida: nunca sabes qué te traerá de vuelta, pero siempre hay que lanzar la caña.
—Era un sabio.
—Me enseñó a montar bici, a leer poesía, a reparar relojes antiguos… —su voz se quiebra—. No me imagino un mundo sin él. No es justo…
Konstantin la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.
—Lo juro, Kira. Por mi sangre y por todo lo que soy. A tu abuelo lo voy a vengar. Sea quien sea, cueste lo que cueste.
Ella lo mira con los ojos rojos, brillando con rabia y tristeza.
—No quiero justicia de tribunales, Konstantin. Quiero la verdad. Quiero que paguen con su vida.
—Y lo harán —susurra él, acercándose hasta besarla con una mezcla de respeto, ternura y promesa. Un beso que no pedía permiso, pero tampoco se imponía. Era un refugio, uno que ella aceptó.
El mar rugía detrás. La noche caía sobre Moscú. Y en ese rincón, dos enemigos naturales compartían el mismo dolor, sellando en silencio una alianza que no sabían si los destruiría… o los salvaría.
Las luces de la ciudad habían comenzado a encenderse una por una, como si el mundo siguiera su curso sin importar que el corazón de Kira se hubiera detenido.
Cuatro horas después el mar quedaba atrás, las olas ya no susurraban consuelo solo desolación. Konstantin había mantenido una mano sobre la suya durante todo el trayecto de regreso al hospital, y Kira no había soltado ni una sola palabra.
Cuando llegaron, las luces frías del edificio rebotaron en sus ojos rojos. Los pasillos del hospital estaban más silenciosos que antes, como si supieran que algo irreversible había ocurrido. Al entrar, un agente de policía los esperaba.
—Señorita Valdivia, me informan que pase a la oficina directiva directamente, su padrastro ya se encargó de la firma en los documentos del traslado. El cuerpo de su abuelo ha sido llevado a la capilla del hospital. Si desea pasar a verlo, aún está a tiempo. Luego decidirán si desean que lo crememos o sea un entierro tradicional.
Kira asintió con un leve movimiento. Konstantin la rodeó con un brazo, guiándola. El oficial los condujo por un corredor largo, hasta que una doble puerta de madera oscura apareció al fondo. Frente a ellas, un carrito con flores blancas y un hombre vestido de n***o los esperaba.
—¿Familiares del señor Dimitri Ivanov?
—Su nieta —dijo Konstantin, apretando un poco más el hombro de Kira.
Pasaron a la oficina y al concluir todo pasaron a la capilla.
El hombre asintió con respeto y abrió las puertas. El aire de la capilla era distinto: cargado, frío, y olía a incienso y flores frescas. Al centro, un ataúd de madera barnizada reposaba sobre un soporte elevado. Velas titilaban a los lados.
Kira avanzó con pasos temblorosos. Cada paso la hundía un poco más. Konstantin la siguió de cerca, en silencio. Se detuvo a medio metro del ataúd. Sus ojos recorrieron el contorno del mismo, como si aún no pudiera aceptar que allí, dentro, yacía el hombre que la había amado con todo su ser.
—Hola, abuelo…
Su voz era apenas un murmullo. Se arrodilló frente al ataúd, apoyando una mano sobre la madera.
—Te prometí que volvería pronto. Pero no tan pronto como esto… —tragó saliva—. ¿Te acuerdas cuando me enseñaste a montar bicicleta? Dijiste que si me caía, tú me recogerías siempre. Pero ahora no estás para recogerme… y yo no sé si tengo fuerzas para levantarme sola.
Sus lágrimas comenzaron a rodar en silencio. Konstantin, a una distancia prudente, bajó la cabeza. No era momento para palabras, ni para consuelos vacíos.
—Los días en que íbamos a pescar… o cuando me dabas chocolate a escondidas de mamá… cuando me hacías leer libros que no entendía sólo para que aprendiera a pensar… todo eso, abuelo, todo eso está tatuado en mí.
Kira se levantó lentamente, con la ayuda de Konstantin. Caminó hacia una de las bancas de madera y se dejó caer. La capilla estaba vacía salvo por ellos.
Konstantin la observó. Quiso acercarse, pero esperó. Fue Kira quien habló:
—Nunca me dijo que lo iban a matar. Defendió su legado ¿pero a qué precio?…Solo me dijo que tenía muchas ofertas de compras de diferentes propiedades pero el rechazó todo.
—¿Él te lo dijo?
—Si, directamente. Pero yo no lo vi venir. El tampoco sabía que algo tan oscuro venía. Lo sorprendieron con la guardia baja.
Konstantin se sentó a su lado. El silencio pesó entre ellos durante varios minutos. Luego, él rompió el aire con una historia improbable:
— Los problemas llegan cuando uno menos lo espera.
—Lo amaba mucho. Y ellos me lo arrebataron. Era mi roca. Mi raíz.
—Entonces lo vas a vengar —murmura Konstantin, con la mirada fija en las velas.
Ella lo miró.
—¿Tú me ayudarás?
—Hasta el último aliento.
Kira apoyó su cabeza en el hombro de él, cerrando los ojos. Sus lágrimas seguían, pero el dolor, aunque feroz, comenzaba a dejar espacio a una resolución callada.
El padrastro de Kira, Lucas, tocó la puerta de la capilla. Konstantin se levantó para atender.
—Ya están listos los documentos. El cuerpo saldrá en unos minutos hacia la funeraria. Ximena pidió que tú y Kira se encarguen del resto. El señor Alejandro ya hizo los arreglos de la sepultura en el cementerio. Además ya se comunicó con el abogado del difunto. Tiene un testamento que será leido. Solo deben encargarse de ella prensa.
Konstantin asintió y cerró la puerta.
—Tenemos que irnos —dijo, suavemente, a Kira, una hora despues.
Ella se levantó, caminó una vez más hasta el ataúd y apoyó un beso sobre la madera.
—Gracias por amarme —susurra
Luego se giró, caminó hacia Konstantin, y juntos salieron de la capilla, con el eco de sus pasos resonando como una despedida infinita.
Cuando salieron del hospital, ya no había palabras. Kira caminaba como si flotara, como si sus pies no tocaran el suelo. Konstantin no la soltó ni un segundo. La acompañó en silencio hasta la moto, le abrochó el casco con delicadeza y la sostuvo con firmeza en todo momento. No era el momento de hablar. No aún.
Después de acompañar el carro fúnebre hasta la capilla, donde los empleados ya preparaban todo para la velación en las próximas horas, Kira no quiso entrar. Sus ojos ya estaban secos, pero su alma parecía haber comenzado a deshacerse desde dentro. Aún piensa que es una pesadilla.
—No quiero volver a casa. No quiero ver a nadie —susurra, apenas audible, al bajar de la moto.
Konstantin le sostuvo el rostro con ambas manos. Sus ojos azules no tenían arrogancia esta vez. Solo comprensión.
Me encargaré de la prensa.Tu quédate aquí tranquila a acompañar a tu abuelo.
—¿Harás eso por mi?
—Si. Vendré luego por ti. Tu abuelo debe estar en el hotel. Me iré cuando venga o algunos de tus tíos, Matías o Hugo.
—Bien.
Lo que no sabe Kira es que Konstantin acaba de ver un carro n***o sospechoso a algunas cuadras. Parece que el enemigo está muy al tanto de sus pasos.