Kira había dormido en el hospital las siguiente semana, acompañando a su madre Ximena, pero su corazón ya no podía soportar más la angustia.
Su abuelo Dimitri seguía grave, y no había nada que pudieran hacer para cambiar el curso de las cosas. A media tarde, su madre le dijo que no tenía sentido quedarse allí todo el día. Que su abuelo Alejandro y sus tíos se encargarían de todo. Por lo menos pudo ver a su abuelo y hablar un poco pero se agitaba rápido..
—Tienes que ir a trabajar, Kira. Tu abuelo querría que sigas con tu vida. No puedes quedarte aquí esperando.
Las palabras de Ximena, aunque lógicas, sólo le causaban un nudo más en el estómago. No quería salir, no quería dejar a su abuelo ni a ella. Pero sabía que su madre tenía razón. Sin embargo, ni siquiera la responsabilidad del trabajo podía aliviar el peso que sentía sobre sus hombros.
A regañadientes, Kira se fue acompañada de dos agentes de seguridad en otro vehículo detrás. Cuando terminó su jornada laboral, y tras lidiar con todo el estrés del día, se dirigió a la universidad. Sabía que su mente no podía concentrarse en nada más que en lo que sucedía en el hospital, pero, como siempre, tenía que seguir adelante. Ya pronto terminaría.
Al salir de la universidad, vió a Konstantin esperándola afuera, apoyado en su moto. La tristeza en su rostro se transformó en una mirada que, por alguna razón, le transmitió un leve consuelo.
—Vine por tí, te llevo —le dijo sin rodeos, con su tono firme como siempre.
Kira se detuvo por un momento. No quería estar con él, no quería lidiar con su presencia ahora. Pero, con el tráfico de Moscú y el estrés acumulado, no tenía ganas de discutir. Sólo quería llegar al hospital rápido.
—Traje mi auto —responde, con una mirada algo cansada.
Konstantin la mira, arqueando una ceja.
—Si vas conmigo, llegarás más rápido y más segura. Dale las llaves de tu coche a uno de ellos, que lo deje en el hotel —responde con una leve sonrisa, dándole el casco.
Kira lo mira unos segundos. La verdad es que no quería lidiar con el tráfico. Asintió en silencio, aceptando la oferta, y se subió detrás de él. Se ajustó el casco extra que el había llevado, y Konstantin arrancó la moto, llevándola a través de las calles congestionadas de Moscú.
El sonido del motor era un escape temporal del caos de su vida. La brisa se sintió tan bien. Aunque estaba cerca de él, había algo en su presencia que la hacía sentirse extraña. Su mente daba vueltas mientras él la guiaba a través del tráfico, pero el tiempo pasó más rápido de lo que pensaba.
Finalmente llegaron al hospital, pero antes de entrar, Konstantin detuvo la moto frente a una floristería junto a una farmacia. Kira frunció el ceño, desconcertada.
—Dame un momento. Voy a comprar algo —dijo Konstantin, viendo la confusión en su rostro.
La floristería estaba casi vacía, pero parecía el lugar adecuado en el momento adecuado.
Él salió con un enorme ramo de lirios blancos. Kira, al ver las flores, sintió un repentino nudo en la garganta. Las flores no significaban sólo cortesía. Había algo más.
—Gracias… Konstantin —susurra, con la voz quebrada.
No quería mostrarse cariñosa o empalagosa, pero en ese momento no podía evitarlo. Las emociones la desbordaban. El no solo era un hombre encantador, sinó también un joven que piensa en los pequeños detalles.
El simple gesto de las flores, el apoyo tácito que él le brindaba sin decir una palabra, la hicieron sentir, por un segundo, que no estaba sola en esa agonía. Pero luego recordó lo que realmente pasaba. Su abuelo posiblemente no superaría esa prueba. Entonces ya nada importaba.
—No me agradezcas. A tu madre le encantarán...y a tu abuelo no le desagradan las flores. Vi muchas en su jardín. Espero que les agraden.
Entraron al hospital y se dirigieron primero a la habitación de Ximena, luego de estar un buen rato con ella, se dirigieron a la habitación de Dimitri luego de preguntar si estaba mejor y podía tener visita.
—Su abuelo comió algo hoy, increíblemente se tomó toda la sopa pero sigue grave. Preguntó por ustedes todo el día.
Kira estaba visiblemente alterada, y cuando vio a su abuelo allí, con la máscara de oxígeno puesta, su corazón dio un vuelco. No se veía muy bien.
—Abuelito...
—Kira, ya están aquí.
—Buenas tardes, Dimitri.
—Me dices abuelo a solas ¿y ahora Dimitri? ¿acaso te da vergüenza delante de mi nieta?
Kira lo mira sorprendida. Nunca se imaginó a Konstantin llamarle abuelo a Dimitri.
—No, abuelo...es solo que no lo consideré de esa forma. No volverá a pasar.
—Mira abuelo, Konstantin las eligió. Dijo que tal vez te gusten.
— Son muy bonitas.
—Me gustan.
—Las pondré en un florero.
Cuando Konstantin las acomodó en una mesita, Dimitri le extendió su mano y él la sostuvo.
Dimitri, débil, le sonrió levemente. Con esfuerzo, levantó una mano, y miró a Konstantin.
—Dame tu mano… —murmura en un susurro, claramente cansado, mientras tose.
Konstantin, quien siempre había sido tan impasible, lo miró fijamente. Kira observó en silencio, un nudo en la garganta.
—Perdóname por los errores de mi familia… Cuida de ella —dijo mirando a Kira.
—Pierda cuidado. La protegeré con mi vida. Preocúpense solo por mejorarse.
—Se que se van a llevar bien, solo tengase paciencia. Me hubiera gustado conocer a sus hijos. Ya no tengo tiempo.
—Abuelo, no digas esas cosas. Aún te falta mucho por vivir.
Konstantin, aún sosteniendo su mano, asintió en silencio, con un brillo extraño en sus ojos. No dijo nada, pero sus labios se apretaron con fuerza. Las palabras de Dimitri pesaban en el aire.
—Cuidate mucho mi niña. Se fuerte.
Luego, en un suspiro muy débil, Dimitri dejó de respirar. El sonido del monitor, que antes era constante, se detuvo. La habitación se llenó de un silencio tan denso que se podía cortar.
—¡Abuelito! ¡No! —gritó, sus lágrimas cayendo como lluvia en su rostro.
Kira lo sacudió con desesperación, pero no hubo respuesta. La angustia, el dolor y la incredulidad se apoderaron de ella.
Konstantin reaccionó inmediatamente, llamando a los médicos. Los profesionales entraron rápidamente, pero ya era demasiado tarde. La mirada de Kira estaba perdida, como si no pudiera aceptar lo que acababa de suceder.
Los médicos intentaron hacer lo que podían, pero al final no hubo nada más que hacer.
—Lo sentimos, no se puede hacer nada.
—¡Abuelo! ¡No te vayas, te necesito! ¡No me dejes!
En ese momento, Konstantin la tomó entre sus brazos. No dijo nada, pero su abrazo fue firme, y el roce de sus manos en su espalda parecía transmitirle una sensación de protección que, en ese instante, Kira necesitaba más que nunca.
Ella hundió su rostro en el pecho de él y se echó a llorar.
—Kira… —murmura Konstantin, mientras la abrazaba con más fuerza.
Kira cerró los ojos, sintiendo cómo el dolor se expandía dentro de ella. Finalmente, miró hacia él, con su rostro empapado en lágrimas.
—Sácame de aquí… por favor —susurra ella con la voz quebrada.
Konstantin no dudó. Tomó su casco, se lo puso, y la condujo hacia la moto. El se colocó el casco también. La moto arrancó de inmediato, y Konstantin apretó el acelerador con fuerza, acelerando a través de las calles de Moscú.
Kira se aferraba a su cintura, sollozando sin consuelo, mientras el viento helado le golpeaba la cara. Pero todo era borroso. Nada de lo que veía importaba. Estaba rota. Y en ese momento, el único refugio que podía encontrar era en los brazos de Konstantin, aunque su corazón no supiera si confiaba en él o no.
El ruido del motor de la moto, como una canción de desolación, los acompañó durante todo el trayecto hasta el océano.