Tobías Durán Balmaceda era un hombre respetado en la alta sociedad. Se debía en parte a su prestigio, como colaborador en la Cámara de Comercio local. Pero más que nada, por su activa vida social. Su petulancia lo convertía a menudo en una pesadilla con todo ser humano a su servicio o el de alguien más. No permitía que ninguno que no considerase su igual le impidiera hacer su voluntad. Ahora que estaba en la casa de su sobrina, con la que le urgía hablar, hizo frente con mucha soberbia a su ama de llaves. Y cuando creía que podía insistir para salirse con la suya, hizo una aparición un individuo desconocido que le reclamaba la razón de su presencia en el lugar. — ¿Hay algún problema? — le volvió a preguntar el individuo ante su silencio, con un gesto torvo. — ¿Quién es usted? — le inqu

