Capítulo 1

3550 Palabras
Frío insoportable. Oscuridad absoluta.  Ruidos, pasos, voces.  Un perro aúlla. Despierto de golpe, como si alguien me hubiese lanzado a la realidad, y abro los ojos al mismo tiempo en que mi cuerpo instintivamente intenta incorporarse. Un repentino dolor por debajo del tórax me obliga a detenerme, como si me advirtiera que debo tener cuidado; tan lentamente como puedo, acabo de sentarme en la cama y me arrastro hacia atrás hasta apoyar la espalda en la pared, asustada. Echo un vistazo a la fina camisola que me cubre y la levanto con suavidad, hasta dejar al descubierto la capa de vendas que rodea parte de mi abdomen. En alguna parte, debajo de ellas, comprendo, estoy herida. Suelto la tela con torpeza, dejo que me cubra de nuevo. Miro a mi alrededor sin que mi mente adormecida incorpore realmente lo que veo: una habitación poco iluminada con una cama grande; justo enfrente, un gran armario de caoba que permanece entreabierto, cuya madera parece susurrar y  la oscuridad de su abertura, llamarme. Una puerta a la derecha, disimulada entre el blanco de las paredes y, a mi izquierda, las finas cortinas se mueven imperceptiblemente, impulsadas por el escaso viento que consigue colarse dentro, cubriendo una gran ventana que, a su vez, muestra el incipiente final de la noche. Justo junto a mí, una mesita y, sobre ella, un velador, única fuente de luz. Nada de eso significa algo para mí.   Despacio, sintiendo un sutil y amenazante palpitar bajo el vendaje, deslizo mis piernas fuera de las sábanas que me cubren y apoyo la planta de los pies en el suelo con precaución, como temiendo que el frío de la madera me queme. Todo se me hace desconocido y, hasta la más pequeña sensación, extraña; cosas tan cotidianas como levantarme de la cama me producen un sentimiento parecido al miedo, a la desconfianza.  Cuando estoy segura de que puedo confiar en mis dos piernas y que el dolor de la herida se mantiene así, leve, doy los tres pasos que me separan de la ventana con aturdimiento, casi consciente de cómo comienza a correr la sangre por mis venas con mayor destreza. Muevo las cortinas a un lado, sintiendo la suavidad de la tela entre mis dedos, e intento observar algo a través de la negrura que reina la noche. De pronto tengo miedo. La oscuridad afuera, la inverosímil calma dentro. Nadie allí y nadie aquí, y sin embargo… ¿Qué es esta habitación? El corazón me palpita con fuerza en el pecho y una voz en la cabeza me susurra cosas que no entiendo; los murmullos se multiplican, el cuarto, de improviso, se mueve, el miedo impulsa mis pensamientos y, mientras mis pies retroceden sin permiso alguno, el rechinar de la madera me provoca escalofríos. Los búhos ululan, el viento hace crujir los árboles, la vaga luz del velador crea sombras que hacen bailar mi imaginación y me estremecen; el aire parece espeso, casi tangible. Quiero salir de aquí, ya. Me volteo y estoy a punto de correr hasta la puerta cuando el picaporte gira y detiene tanto mis pasos como mi respiración. La madera se mueve y, detrás, una distraída mujer entra a la habitación con ropa en su mano izquierda, la derecha aún sobre el picaporte. Cuando alza sus indiferentes ojos y se topa conmigo, todo lo que lleva apilado y doblado cae al suelo; se desprende de ella para volverse una montaña de blancos y grises sobre los tablones. Lleva su mano ahora libre a su boca, su mirada se transforma y adquiere cierto brillo, se sostiene de la puerta para no caer. Al mismo tiempo, yo doy un paso atrás. -Ami…- susurra con una voz quebrada por algo parecido a la emoción, la sorpresa y el alivio. Observo cada rasgo de su rostro, cada una de sus arrugas, las canas en su cabello recogido, las lágrimas en sus oscuros ojos, la forma de sus cejas, su puntiagudo mentón, sus mejillas hundidas… Me es más que desconocida, me es extraña. Mi mente no sólo no la reconoce, sino que, de algún modo, la rechaza. -¿Quién eres?- pregunto con cierta brusquedad, impulsada por el miedo, por el sentimiento de estar sobre un piso que se tambalea. Sus ojos se abren aún más grandes, las lágrimas se detienen y la mano que antes cubría su boca desciende hasta dejarse caer a un costado. Me observa con algo más que sorpresa, me mira consternada, con miedo. -¿No me recuerdas?- pregunta, acercándose un paso para luego detenerse ante mi mirada insegura. Las lágrimas vuelven a caer, hay pena en sus ojos-. Soy yo, Mary… Pero la última parte ya no la escucho. Las palabras se alejan de mí, o yo me alejo de las palabras. Comprendo todo despacio y al mismo tiempo abruptamente, casi mediante pequeños golpes; no la recuerdo. No recuerdo este cuarto, no recuerdo la casa: no recuerdo mi nombre… El mundo entero me es, de pronto, un escenario desconocido; no recuerdo nada.  La desesperación me invade, ella continúa hablando, doy un paso atrás. Pero apenas lo noto, apenas la escucho. Todo se emborrona, el cuarto comienza a girar. Sentada en el borde de esa misma cama, vestida, dejo que mis ojos divaguen por la habitación, por mi habitación. El guardarropas ahora cerrado permanece mudo; la fuerte luz de la mañana se filtra por la ventana sin que las cortinas puedan hacer nada por impedirlo; fuera, el sol brilla y un sauce llorón estira cada tanto sus hojas hasta acariciar el vidrio. Entre ellas se puede apreciar un cielo celeste y un terreno repleto de vida, más al sur, sin embargo, llegan a verse los primeros árboles que dan comienzo al bosque y, desde allí, se escucha claramente el perpetuo canto de los pájaros, insaciable. No hay voces, apenas se oyen pasos. Ahora cubierta con un simple vestido de campo, al menos el más simple que Mary pudo encontrar entre tanta ropa, me dedico a vagar y perderme entre mis pensamientos, sin dejar de permanecer alerta a cada sonido.  Estoy despierta hace ya rato y, sin embargo, me siento adormecida, mi mente calla. Tal vez, no tiene nada que decir.  Abrí el armario y, tal como la mujer había dicho, me topé con un espejo en el lado interior de su puerta izquierda, detrás del cual una jovencita delgada y pálida me miró confundida. Los bucles negros le caían alrededor de un rostro redondeado, contrastando con el blanco apagado de su piel. Sus ojos oscuros y grandes eran lo único que brillaba en ella; por lo demás, parecía una muchacha enferma, casi un fantasma. Pero lo que más me aterró, lo que aún me estremece, fue no reconocerme a mí misma. Por mucho que moví mis manos frente al espejo y comprobé que aquel cuerpo me respondía, no acababa de hacerme a la idea de que esa muchacha era yo.  Me dejé caer sobre la cama, turbada, y la mujer, Mary, se sentó a mi lado. Con una paciencia admirable y una familiaridad casi cariñosa, me explicó algunas cosas y respetó mis silencios cuando mi mente se negaba a incorporar más nada.  Mi nombre es Amira y tengo 17 años; eso es lo único que me ha quedado claro. Vivo en la casa con mi padre desde los 6 años; mi madre murió víctima de una enfermedad y él me crió solo. La habitación que ahora observo es, aparentemente, mía. Nuestra. Me casé, hace poco más de un mes. No me dio muchos detalles sobre el tema y, de hecho, me pareció que lo esquivaba, pero algo en lo poco que dijo me dio a entender que fue un matrimonio convenido y que mi corazón no tuvo nada que ver en el asunto. Con respecto a la herida, dijo, no sin que le temblara la voz, que nadie sabe nada al respecto. No me importa demasiado. Pero si le doy vueltas y vueltas, ahora a solas, no es porque me interese calificar mi vida u opinar al respecto; lo que realmente me preocupa es que las palabras sean sólo eso, palabras. Que entren a mi mente, den un par de volteretas buscando un lugar que las acoja, y luego se vayan o, en el mejor de los casos, se queden como intrusas, sin significado alguno. No evocan imágenes, ni sentimientos. La vida que Mary me describió es la vida de la chica del espejo, no la mía. Mi vida parece haber sido borrada. -Recuéstate un rato más…- ya levantada y cerca de la puerta, hizo amago de salir y se volvió para dirigirme otra mirada emocionada- Avisaré al señor Daner que estás despierta. Desde entonces el sol ha acabado de salir, las aves cantan cada vez más fuerte afuera, y, sea el señor Daner mi padre o mi nuevo esposo, nadie ha tocado la puerta de la habitación. Ni siquiera sé qué estoy esperando. Levanto el rostro y, con la mirada perdida, doy un vistazo a la luz de la mañana que me obliga a entrecerrar los ojos y despertar mi mente. Me levanto con cuidado, volviendo a sentir el palpitar de la herida, y junto el valor para salir del cuarto. Mientras camino paso mis manos con suavidad por vestido en un intento por alisarlo y me doy un último vistazo, reacia a volver a usar el espejo; sé, porque ya me he visto, que el color crudo de la tela se mezcla con mi palidez y la cinta roja que se envuelve en mi cintura me hace ver aún más flacucha. No me importa. Me detengo frente a la puerta, con manos temblorosas, giro el picaporte; se abre con un crujido delator que me estremece. No tengo miedo.  Fuera hay un pasillo no muy largo, al final del cual una ventana es todo lo que lo ilumina; a pocos metros de mí el muro gira y, cuando me acerco, me topo cara a cara con una escalera ligeramente circular. Pongo un pie en ella, sin saber muy bien qué busco, y estoy a punto de bajar cuando escucho voces en el otro extremo del corredor, al principio casi susurros; entran en mi cabeza hasta llenarlo todo, hasta convertirse en murmullos violentos que me incitan a acercarme y, al mismo tiempo, me aconsejan volver a la seguridad del cuarto. Me detengo un momento, paralizada, y retiro mi pie izquierdo del primer escalón; sin pensar en nada, intentando no temer, camino hacia la luz, hacia el sonido, aún con cierta torpeza. A medida que me acerco consigo identificar la puerta tras la cual dos personas, dos hombres, discuten con más y más ímpetu.  -No puedes hacer esto muchacho, no ahora, no así… Me aproximo a la madera y parte de mi mente, algún vestigio de mis recuerdos perdidos, me recrimina por escuchar a escondidas una conversación a la que no he sido invitada. Pero comparada con la magnitud de mi confusión, es una voz débil y casi moribunda. -¡Escúcheme! No le pido que lo entienda, sólo escuche- aún si ambos luchan por mantener un volumen bajo, los susurros salen de sus bocas y atraviesan la madera como cuchillos; la discusión parece tener ya algunos minutos y, pese a no estar dentro, casi puedo sentir la tensión en sus voces, la ira- No me interesa su dinero, ni mucho menos su hija; no quiero quedarme y es mi decisión. ¡Teníamos un trato! No pediré el divorcio, si es eso lo que le preocupa, pero no… -¡Escúchame tú a mí, maldita sea! Perdió la memoria, no recuerda nada; acaba de despertarse con una herida de bala en una habitación desconocida y, cuando salga, se topará con rostros que jamás ha visto… -Tal vez, por eso mismo, sea mejor que me vaya- susurra con enojo, pero también con una honestidad cargada de cansancio. -¡Precisamente no! Lo último que necesita es levantarse y descubrir que su esposo acaba de dejarla para… -¡Nos conocemos hace un mes! No le afectará en lo más mínimo que yo desaparezca. -¡A Amira no le hubiese importado, tienes razón! Hubiese gritado de felicidad, de saberse libre otra vez. ¡Pero no lo entiendes, no recuerda nada! No sabe quién eres, no sabe quién es ella misma; no es el mejor momento para revolver las aguas… ¡Y deja de interrumpirme, maldición! ¿Qué quieres que le diga? Su madre está muerta, su nuevo esposo acaba de dejarla porque es un maldito cobarde y yo ni siquiera soy su verdadero padre. ¡Ve y explíqueselo tú! -¡Usted es el cobarde que no sabe cómo afrontar a su propia hija!- el volumen comienza a subir, la ira en su voz es casi palpable. Me siento mareada- Ahí está el asunto. No quiere ni sabe cómo hacerse cargo de una niña mentalmente enferma. Sus palabras entran en mí como agujas. En la habitación se produce un silencio sepulcral y casi puedo imaginar la tensión del aire, a la espera de un estallido. -Vuelve a hablar así de ella y te mato- sus palabras no están cargadas de violencia y su tono de voz es tan bajo que tengo que acercar un poco mi cabeza para oírlo, pero la amenaza es clara y del todo sincera. Intentando aplacar el ambiente, añade: - Recuperará la memoria. Todo lo que te pido es que aguardes junto a ella hasta entonces. Nada tiene por qué ser diferente a como era antes, no te pido que seas un caballero porque sé que no lo eres, ni que la ayudes a recordar. Sólo no lo pongas más difícil ahora. No hay respuesta al insulto ni tampoco a la súplica, todo parece estancarse allí y el silencio vuelve a llenarlo todo. Lo próximo que escucho son pasos y, asustada, a punto estoy de retroceder, preparada para salir corriendo. El corazón palpita con más fuerza en mi pecho, pero el sonido da un giro dentro del mismo cuarto y se detiene; otro ruido bajo y ahogado me hace suponer que uno de los dos acaba de sentarse. Respiro hondo, pero me preparo para escabullirme en cualquier momento. Aún si intento procesar todo lo que escucho, la situación se me escapa, me confunde. Apoyo la frente en la puerta tanto para escuchar mejor como para relajarme, sin embargo el silencio que se extiende me preocupa; le doy vueltas a lo que pasaría si me descubren y acaricio la idea de volver a mi habitación y encerrarme allí. Y tal vez no salir jamás. Pero mi curiosidad es más fuerte. -¿Por qué ahora, Shasta?- pregunta la mima voz que resonaba hace segundos: ¿mi padre? Ya no hay amenaza, enojo ni conflictividad en su tono, ya ni siquiera es un susurro; más bien parece una pregunta sincera, cargada de cierta suspicacia. -No diga tonterías- dice, volviendo a un trato más cordial sin abandonar su determinación, ni su rabia contenida- Mi decisión no tiene nada que ver con lo que acaba de pasar y lo sabe, porque hicimos un trato. - No pusiste un solo pie fuera de la casa mientras ella permanecía inconsciente, como no fuera para salir de putas o comprar alcohol- Hay algo más que recriminación en su voz, algo más peligroso y, también, más sutil. -Me estoy cansando de esta conversación- declara el segundo hombre. Sin embargo también esconde algo más detrás de sus palabras. -Entonces escúchame. Te quedarás aquí hasta que recupere la memoria. Cuando eso pase, puedes largarte o hacer lo que te dé la gana. Este es nuestro nuevo trato- De nuevo silencio. Me encantaría poder verlos, intentar descubrir qué piensan, hurgar en sus miradas y entender con algo más de claridad lo que sucede. Pero nada de esto tiene sentido para mí.- ¿Aceptas o no? Pese a su tono conciliador, detrás de él, el trato parece ser sólo su modo de enmascarar una orden. Pego mi frente a la madera de la puerta ante el nuevo silencio, esperando escuchar un no, un sí, o lo que sea que salga de sus labios. No parece haber respuesta y, nuevamente, deseo saber qué está pasando. La curiosidad me abrasa, mi corazón vuelve a latir de prisa, la incertidumbre me envuelve. Me gustaría saber también qué tanta importancia tiene para mí lo que decidan, pero mi memoria, nuevamente, calla ante mis preguntas.  Distraída, perdida en mis pensamientos y a la espera de una contestación, me sobresalto cuando el picaporte gira y la puerta vibra, para luego comenzar a abrirse. Con una velocidad increíble consigo separarme al menos dos pasos de ella, aterrada y con el corazón en la garganta, sintiendo que el dolor de la herida vuelve repentinamente. Creo que estoy sudando cuando la puerta se abre del todo y un joven se detiene en ella; sale pensativo, con los músculos rígidos de rabia. Mira el piso, por lo que lo primero que nota son mis pies; distraído, levanta la mirada hasta mis rostro y recién entonces, cuando mi expresión atónita se ve reflejada en sus pupilas, sale de un estupor para ingresar en otro. Su cuerpo parece volverse piedra  Veo cómo su expresión se transforma en un segundo, cómo su mirada se llena de sorpresa, ¿miedo?, ¿angustia? Pero el caudal de emociones pasa demasiado rápido por su semblante; en cuestión de segundos su mirada se torna oscura y, tal vez intentando ocultar el embrollo que siente dentro, desapegada. Casi hostil. Me sentiría intimidada si realmente reparase en ello. Sin embargo, mi cabeza da vueltas otra vez mientras algo en sus ojos verdes, en su cabello oscuro o en la postura de su cuerpo, tironea de ella. Mi corazón late más fuerte cuanto más lo observo, hasta el punto de dificultarme la respiración. Tengo miedo, pero no de él; temo la reacción que comienza a gestarse en mi cabeza, la riña entre dos partes que se empeñan en jalar cada una hacia su lado. Salía de mi propia casa con un aire tan arrogante y desagradable que quizás nuestro choque no fue tan accidental. El césped amortiguó mi caída mientras él me observaba sorprendido y parecía reparar en mí por primera vez; la fina sonrisa que apareció en su rostro me pareció grosera pero apenas me fijé en ella y en el brillo burlón de su mirada, preocupada ante la posibilidad de haber manchado mi vestido. Parecía saber algo que yo no y me miraba con una seguridad que me era ajena, que jamás había visto en nadie. No se disculpó ni dijo que lo sentía, pero con esa misma confianza casi petulante me tendió una mano y me ofreció su ayuda. Era guapo y algo en sus ojos verdes me dio a entender que lo sabía.   -Mira quién se ha dignado a despertar- susurra con un hilo de voz, como si no hablara conmigo y, al mismo tiempo, sabiendo que yo estoy escuchándolo, evidentemente queriendo demostrar su antipatía y, quizás sin notarlo, dejando entrever también un extremo de ese torrente de emociones que parece preocupado por ocultar.  Sin darle más importancia al asunto y con una frialdad soez, deja la puerta abierta y sigue con su camino. No me volteo para mirarlo, no presto atención tampoco al hombre que me observa sorprendido desde el escritorio de su estudio, y apenas si escucho el sonido de los pasos cada vez más apresurados al bajar las escaleras. Esos ojos sorprendidos, esa voz, esas pisadas, la manera de mirar… El pasillo gira. La tomé con recelo, a mi pesar intimidada, y, mientras sentía su fuerza alrededor de mis dedos, ambos hicimos un esfuerzo por ponerme en pie. Me soltó inmediatamente, pero el calor de su mano continuó cosquilleando en la mía durante un rato. Ocultando mi sorpresa ante su singularidad, lo miré casi desafiante y, al mismo tiempo, sugerente, y pregunté lo que deseaba saber desde el momento en que lo había visto entrando en mi casa. -¿Tú eres…? Estaba segura de haberlo visto antes, en algún lado, y esperaba una confirmación. Sin embargo su respuesta no fue inmediata, se limitó a examinarme de arriba abajo, de nuevo como si supiera algo que yo no, casi con burla; cuanto más observaba sus ojos, más sentía que mi confianza se desvanecía ante la suya. Evidentemente notaba mi nerviosismo. Su arrogancia me estremecía: toda la cortesía desapareció de mi rostro y lo miré aún más desafiante, aguardando a que contestara. Una nueva chispa de diversión nació en su mirada y pareció aceptar el reto. Por un momento temí que pudiera ver a través de mis ojos y leer mis pensamientos. Su sonrisa se ensanchó, cordial, y volvió a extender su mano a modo de presentación. -Shasta Di Pietro- dijo, sin ningún tono en especial ni orgullo de ninguna clase en su voz, como si su nombre no fuese más que eso, un nombre. Lo más cortés que pude y ocultando mis dudas tras un semblante impasible y seguro, respondí a su gesto y estiré mi mano hasta tocar la suya con suavidad.  La estrechó delicadamente y, mientras un brillo malicioso iluminaba su mirada, añadió:- Descuida, creo que tendremos tiempo de sobra para presentaciones.  
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