Cada segundo que pasa se convierte en una burbuja de aire que se escapa de mi boca en medio de un mar profundo y sin salida. Desde el momento en que puse un pie en la cocina y me senté a la mesa con los demás, sentí que me asfixiaba. El aire es rígido y la tensión es aún peor cuando los demás se esfuerzan por ignorarla; no se miran entre ellos ni me observan a mí más que de reojo y nadie dice una palabra. Tenso mis músculos, me siento nerviosa, tomo con manos trémulas la taza de té e intento sorberlo. El calor quema mis labios un momento y luego se expande por mi cuerpo, dándome ánimos que el ambiente no tarda en apagar.
Luego del rápido y desastroso encuentro en aquella sala, que resultó ser el estudio de aquel hombre, mi padre, no hubo presentaciones ni explicación alguna. Con cierta incomodidad y torpeza, me dijo que esperase en mi habitación, que Mary me llamaría a desayunar. Detrás de su mirada dura parecía esconderse algún sentimiento de culpa, de tristeza; decidí fingir que no veía más allá de su orden y regresé a mi cuarto, mareada y con ganas de vomitar. No pasó mucho hasta que escuché los golpes en mi puerta.
Aún ahora, nadie pregunta por mi herida, nadie más que Mary intenta explicarme nada. Tengo tantas dudas y, sin embargo, jamás me atrevería a abrir la boca aquí, a romper un silencio tan duro. Cobarde, acusa mi mente. Sin mirar más que la mesa, doy otro sorbo al té y, esforzándome por disimular el temblor de mis manos, cojo la tostada, dispuesta echarle el diente.
- Oh, Amira, hoy ha venido Lara para visitarte. Se llevó una sorpresa cuando le dije que te habías despertado, así que la invité a desayunar – comenta el mayor de los dos hombres mientras unta su pan, fingiendo que se le ha olvidado, que su silencio no se debe a la incomodidad que le provoca hablarme. ¿Me duele?
Lentamente levanto la mirada de la mesa y la paso por cada uno de los que están sentados, intentando descifrar quién es Lara; se me hace fácil. El hombre que acaba de hablar, sentado con elegancia en la punta, de cabello cano y ojos pequeños, es mi padrastro; revuelve con una pequeña cuchara su café sin prestarme más atención. El más joven, ¿mi esposo?, se sienta erguido frente a mí y me observa sin reparo alguno mientras muerde su tostada, con una mirada indescifrable; me detengo en él unos segundos, involuntariamente, y las imágenes de antes vuelven. Por algún motivo mis ojos se desvían con rapidez, como si evitaran los recuerdos, y se clavan en la última persona que ocupa la mesa, una chica de mi edad que me sonríe con timidez. Es muy bonita; su cabello rojo cae alrededor de su cara, enmarca su contorno, su piel pálida, y al mismo tiempo contrasta con sus ojos azules. El vestido rosa que lleva puesto le sienta bien, además; algo me lleva a suponer que debió haberle costado una fortuna. De más está decir que no la reconozco.
Por un momento sólo la observo y noto cómo se incomoda, cómo la incomodo; no sé qué hacer y, si bien una voz en mi cabeza me impulsa a sonreírle y asentir, sólo atino a desviar la mirada, nerviosa. Idiota.
-No sabes cuánto me alegra que hayas despertado… Estaba preocupada, y te he extrañado- intenta de nuevo; mis ojos vuelven a su rostro, a su tenaz sonrisa, y enseguida me doy cuenta de que alguien ya la ha puesto al tanto de la situación. ¿Somos amigas? Estoy a punto de atreverme a corresponderla, de estirar levemente y con torpeza las comisuras de mis labios, agradecida por el cariño de sus palabras, cuando el frío de otra voz desgarra cualquier rastro de calidez que pudo haberse instalado en el ambiente.
-Oh, ¿en serio?- justo frente a mí, mirando también la mesa, apoya su taza en el mantel con delicadeza y, a la vez, una fuerza excesiva, y dirige sus ojos hacia ella-. Disculpa la sorpresa, soy un mal educado. Es sólo que la última vez… ya sabes. No me pareció que te preocuparas por ella.
El sarcasmo en su voz y la ironía en su mirada me dan escalofríos; la acusación es tan clara que el silencio que las acompaña me desconcierta. Ni Lara hace más que mirarlo, sino con odio, con dolor, ni el hombre de la punta deja de fingir que todo es normal. Se limita a toser disimuladamente. El silencio vuelve, la tensión regresa. Ella me dedica una última sonrisa vencida y ya no vuelve a mirarme más que de reojo, cada tanto. Cada uno volvió a sumirse en su desayuno, Shasta el primero.
No puedo evitar clavar los ojos en él de nuevo, entre enfadada y curiosa; es apuesto, alto y sin embargo… hay algo en él que no me gusta. Creo que una parte de mí comienza a enojarse ante su descaro y otra se cierne al único recuerdo que tengo, tampoco bueno. Sin embargo, de la persona arrogante y confiada al hombre cruel que veo en este momento encuentro una diferencia que, por más vueltas que le dé, no puedo explicar. ¿Me odia?
Baja su taza y fija sus ojos en mí, sin sorprenderse ante mi mirada, sin dar signo alguno de que le provoque algo más que disgusto; me observa con desafío, retándome a no apartar la vista y al mismo tiempo apremiándome a hacerlo. Pese al miedo que despierta en mí, a la timidez, algo en ese desafío enciende una chispa en mi memoria; sus ojos verdes, profundos, su mirada penetrante… hay algo allí que es tan familiar en este mundo tan extraño, algo que me insta a acercarme a él pese a su empeño por rechazarme. Un destello distinto pasa por sus ojos fugazmente, sobresaltándome y deteniéndome en mitad del mordisco al pan; algo parecido a la diversión, algo más similar al muchacho del recuerdo, cubre su frialdad durante un segundo y luego desaparece. Aparta la mirada con rapidez, como si quisiera esconder sus pensamientos, y me parece ver, por un momento, que niega con la cabeza imperceptiblemente. Otra voz masculina me saca de mis pensamientos.
-¡Mary!- llama con tranquilidad el hombre de la punta, mi padre, elevando la voz debido a la distancia- Trae más café.
No hay respuesta, pero la criada entra al poco rato, inexpresiva, con una jara humeante. Sirve en la taza y, al acabar, le ofrece a Shasta con un hilo de voz. Con el mismo volumen, un gesto de su cabeza y una expresión más cordial de lo que parecía capaz, la rechaza. Con una ternura escondida Mary se dirige a nosotras, aunque sólo me mira a mí, y ofrece té. Miro a Lara antes de rechazar, esperando su respuesta, cuando mi padre me sorprende.
-Está bien, Mary. Puedes irte-. Mary asiente, de nuevo inexpresiva, y se mete en un segundo cuarto, una extensión de la cocina que yo aún no conozco, o más bien no recuerdo. Observo la mesa, sin entender; Lara parece aceptar normalmente el tono molesto de su voz y continúa comiendo. Acongojada ante mi constante incomprensión de lo que me rodea, me limito a cerrar la boca.
Cuando levanto la mirada, una vez más me encuentro con la suya. Sus ojos verdes me escrutan como buscando algo, o esperando algo; enseguida nota mi repentina inseguridad y dirige su atención a otra cosa, fingiendo que sólo paseaba la vista. Pero parece pensativo. Yo no aparto la mirada y, mientras lo observo, me pregunto quién es, qué hemos vivido juntos y qué cosas pasan por su mente tras su semblante impasible.
Nadie más abre la boca como no sea para engullir el desayuno; el silencio vuelve a expandirse, la tensión vuelve a condensarse y me siento nuevamente aislada y perdida. Aún si los miro e intento verlos como debí verlos en algún momento, para mí no son más que desconocidos. El hombre de la punta finge tranquilidad y lo ignora todo, y por más que intente verlo como mi padre, por más que rebusque una y otra vez algún vínculo que nos una, no deja de ser el hombre de la punta. Lara también permanece callada y pensativa, evidentemente presa por la rigidez del aire; tampoco puedo ver más allá de una joven bonita y simpática que, en otras circunstancias, juraría no haber visto antes. Y Shasta…
Como si escuchara mis pensamientos, apoya la taza de café en la mesa con cierta brusquedad y se levanta sin esperar a nadie, ignorando totalmente todo lo que lo rodea. Sale sin prisa de la cocina y recién entonces dejo de seguirlo con los ojos, a tiempo de ver a mi padre sacudir imperceptiblemente la cabeza. Toma el periódico enrollado que está sobre la mesa y lo extiende, dispuesto a leerlo como si estuviera solo. Lara continúa comiendo y yo me siento terriblemente sola.
Estoy a punto de lanzarme sobre la cama y echarme a llorar cuando el dolor de la herida vuelve antes siquiera de que atine a moverme, recordándome que sigue ahí. Me siento delicadamente sobre la almohada y, mirando la tela del vestido, toco mi abdomen, como si quisiera tentar al dolor. Una herida de bala. ¿Intentaron matarme? ¿Por qué? Suponiendo que no voy a encontrar respuestas en ningún otro lado, cierro los ojos y, haciendo caso omiso de una voz en mi cabeza que me ruega dejar las cosas como están, fuerzo mi memoria. En realidad no sé cómo hacerlo. Sólo cierro los ojos y pienso en la herida, me concentro en el dolor de manera inquisitiva y rebusco entre la nada. Tal vez realmente ya no hay nada allí, tal vez mi memoria ya no vuelva nunca. Me estremezco y sacudo la cabeza; aún con los ojos cerrados, pero ya resignada, apoyo mi espalda en el frío de la pared y algo en el movimiento o en el simple tacto con la frigidez del muro me envuelve nuevamente en un dolor punzante. Un gemido se escapa de mis labios y mis ojos se abren espontáneamente; mi boca aspira en busca de aire y, ni bien llega el alivio, yo misma me veo desplazada a un sufrimiento mayor, arrastrada por alguna fuerza. Frío. Mi piel se quema de frío, mis huesos se entumecen. Duele desesperadamente, todo, pero el frío es aún mayor, más cruel. La oscuridad es total en un principio y luego, como si estuviese en un sueño mutante, la claridad del día me lastima los ojos, los pájaros cantan. ¿Dónde estoy? Aquí. Sigo en la casa, en mi habitación, en mí cama, mis ojos observan el techo. Muero de frío, el dolor me abrasa. El sufrimiento es casi una tortura, sé que estoy a punto de morir. Y sin embargo… Sin embargo esa no soy yo. Yo no tengo frío, aún si mi cuerpo se esfuerza por convencerme de lo contrario, ni estoy sepultada por el dolor. Continúo envuelta en el calor del cuarto, segura. Me lo repito una y otra vez pero, aún cuando sé que es verdad, una parte de mí está siendo arrastrado a algún otro lugar lleno de tormentos, y donde todo es tan real… Lo siento en la piel, como si algo en mí lo estuviese viviendo.
Me mantengo inmóvil, adherida a la pared y con la cabeza inclinada hacia arriba, aguardando más imágenes, más sensaciones, con la mandíbula tensa y los puños trémulos. Pero no llegan y comienzo a calmarme; a los pocos segundos me permito soltar el aire contenido en un suspiro afligido y profundo. El corazón aún me late con fuerza, dando golpes enfadados contra mi pecho, y una parte de mí promete no volver a intentarlo; tal vez, si en algún momento me atrevo a preguntarle a mi padre… Pero ya no estoy segura de querer recordar. Siento cómo el miedo cubre mis músculos, mis huesos, y se instala incluso en los lugares más recónditos de mi cuerpo con la intención de permanecer allí.
Junto aún más la espalda a la pared y me siento más derecha, sujetándome inconscientemente de la mesita de luz; sin querer, apoyo mi peso en uno de sus extremos y siento cómo se inclina con un crujido, hasta que escapa de mi agarre. Ignorando el dolor, me impulso hacia el costado y, con una rapidez que me sorprende, atino a sujetar el velador antes de que resbale por la superficie inclinada. Lo sostengo unos segundos mientras la mesa vuelve, por su propio peso, a su posición original y recién entonces lo deposito cautelosamente donde estaba, conteniendo un suspiro de alivio.
Estoy por enderezarme cuando por casualidad mis ojos captan el brillo de la luz reflejada en algo que me llama desde el piso. ¿Una llave? Es plateada y, desde arriba, parece muy pequeña como para ser una llave; me cuesta horrores inclinarme hasta llegar a ella, pero el ardor de la curiosidad supera cualquier dolor. La tomo entre mis dedos e inmediatamente, como impulsada por un resorte, vuelvo a sentarme y a apoyar mi espalda en la pared, sin poder evitar una respiración acelerada. Sintiendo el reproche de la herida, llevo la pequeña cosa a mi rostro y la examino, dándole vueltas a un lado y al otro e intentando comprobar si es una llave o no. Al menos, tiene la forma de una. Miro la mesita de luz, suponiendo que debe haber caído de ella y mis ojos se topan con un cajón en el que antes no había reparado, con un orificio en medio. Si es una llave, tiene que abrir algo ¿verdad? Volviendo a inclinarme un poco hacia el costado, la meto en el agujero y me emociono cuando descubro que entra perfectamente, la giro y un sonido casi familiar confirma mis sospechas; sabiendo que la llave permanece atorada en la madera, tiro de ella y el cajón se descorre hasta quedar completamente abierto.
Contengo la respiración. No es muy grande y todo lo que veo dentro es una libreta de tapa azul, anillada en la parte superior, sin embargo mi corazón palpita con fuerza una vez más. Con los ojos bien abiertos y la emoción de un niño que ha descubierto un secreto, la saco de allí y, apoyada de nuevo en la pared, le doy una ojeada. Su tapa es de un cartón azul pálido y no contiene ningún detalle que llame mi atención; la tomo entre el pulgar y el índice y la levanto, dejando al descubierto la primera hoja. Mis ojos se abren aún más y apostaría a que brillan.
El bosque. Recorro con la mirada el suave trazado del lápiz que, línea a línea, conforma un una imagen casi tangible; los árboles en pleno movimiento, las hojas cayendo en espiral al son de un viento invisible, la luz del sol, las sombras… Es tan real… Tardo un poco más en reparar en los pequeños animales escondidos: tras los arbustos, un conejo; en las ramas de un árbol, una ardilla; entre las hojas que caen, mariposas. Enseguida la imagen toma color y forma en mi mente y no sé decir si es mi imaginación o mi memoria, pero cierro los ojos y la veo, como en un sueño.
Tomo un minuto para recrearme en el paisaje y luego, volviendo a abrirlos, levanto también esa hoja hasta dejar al descubierto otro dibujo. La euforia y la emoción de desvanecen y observo con atención las líneas que, por algún motivo, me parecen melancólicas. Mi padre está sentado en su estudio; lo observo detrás de una puerta entornada y, entre los libros de su biblioteca cuidadosamente detallados, la mitad del rostro que consigo ver aparece borrosa, intencionalmente rayada. Frunzo en seño y, sin detenerme a pensar en lo que significa, paso página de nuevo.
¿Un baile? El detalle del piso cuadriculado, los vestidos y los trajes es impresionante. Hay parejas bailando, grupos charlando… Las telas ondean al viento y sus pliegues aparecen perfectamente dibujados línea a línea, sombra a sombra, detalle a detalle; sin embargo, entro tanta minuciosidad, nadie tiene rostro. Mientras las galas aparecen perfectamente dibujadas, al igual que el piso y las mesas, sus caras son borrones. Vuelvo a pasar la página con cierta prisa y descubro otra vez el trazo de un lápiz relajado, líneas armónicas. Esta vez es sólo una rama, vista ligeramente desde arriba, en la que una ardilla, tal vez la misma de antes, se desliza evidentemente rápido. Sus movimientos se aprecian a pesar de la esteticidad del dibujo y, mientras la observo, casi espero que comience a correr y se escape de la hoja. Acaricio la suavidad del papel por puro instinto y lo observo con los ojos entrecerrados, atentamente, buscando los pensamientos de la persona que lo dibujó. Mi mano me ruega por un lápiz, mi mente comienza a trazar líneas sin mi permiso y estoy a punto de inclinarme de nuevo para rebuscar en el cajón algo con que escribir. Pero me contengo y levanto la hoja.
Contengo la respiración al verlo. Recortado en un fondo borroso, Shasta me observa con una sonrisa ladeada; su rostro está representado con exactitud, sus cejas, su nariz, sus labios, sus ojos… A pesar de no contener más colores que el gris de la mina y el blanco de la hoja, casi puedo verlos en un tono verde, mirándome divertido. Sin embargo, no es una expresión que haya visto ni en el único recuerdo que tengo, ni en toda la mañana; a pesar de que su brillo burlón continúa allí, hay algo más, algo cálido…
Me sobresalto y el corazón se me sale del pecho cuando la puerta se abre y alguien se dispone a entrar. Sé que es él. Incluso antes de verlo, sé que es él.