Me apresuro a cerrar la libreta y la meto bajo la almohada sobre la que estoy sentada, todo lo rápido que puedo; sin embargo, para cuando vuelvo a mirar hacia la puerta, Shasta me observa fijamente con las cejas enarcadas, curioso y burlón ante mi actitud. También hostil, por supuesto. Dedica una ojeada a la almohada y, restándole importancia con una mueca de disgusto, cierra la puerta y deja de prestarme atención. Aún con el corazón en la garganta, me acerco más a la pared hasta casi empujarla con mi espalda, deseando meterme dentro o traspasarla; aún si compartimos el mismo cuarto, podría golpear…, o entrar lo menos posible. O directamente no entrar. Sacudo la cabeza, sabiendo que eso no va a pasar y que probablemente tenga el mismo derecho que yo a estar aquí, y, juntando mis piernas con mi pecho, me dedico a observarlo alerta como un animal asustado. Abrazo mis rodillas e ignoro el dolor.
Abre el armario y, ante mi mirada atenta, mueve y remueve cada vestido como si buscara algo, se agacha para revisar el piso y, sin detenerse, vuelve a levantarse y abre la puerta izquierda. Mientras el espejo me devuelve mi deplorable aspecto y me enseña el temor escrito en mis ojos, él continúa revolviendo los zapatos, tanteando la madera… Vuelve a ponerse en pie con aparente tranquilidad y comienza a abrir los cajones. Uno a uno, los abre, remueve su contenido y los cierra. Está abriendo el último cuando me atrevo a separar los labios.
-¿Qué buscas?- pregunto con toda la valentía que puedo reunir. Intentando sin mucho éxito ocultar el temblor en mi voz, el miedo, y dejando ver en mi rostro sólo curiosidad. Se detiene en seco, como si no esperara oír mi voz, y cuando reanuda su trabajo lo hace con lentitud. Toma algo que no llego a ver y aún de espaldas a mí, se sienta en el borde de la cama y escruta lo que sea que tiene en sus manos.
-¿Cuánto recuerdas?- pregunta cuando comienzo a pensar que no quiere dirigirme la palabra, sin dejar de prestar atención a lo que está haciendo. Su tono es frío.
-Nada…- miento sin siquiera pensarlo, sorprendida.
-¿Entonces para qué preguntas?- dice, con una hostilidad que me invita a cerrar la boca.-Dudo que puedas ayudarme.
No quiero ayudarte. Tenía curiosidad. Las palabras pugnan por salir, pero acepto su invitación a regañadientes y me quedo callada mientras él se levanta, vuelve a colocar lo que parece un cofre en el último cajón y lo cierra. El sonido de la madera al encajar resuena en las paredes y me estremece; abrazo con más fuerza mis piernas y resisto el impulso de encorvarme mientras él se dispone a salir con rapidez, como si el cuarto lo asfixiara. O yo. Pero a último momento, cuando ya ha abierto la puerta y aún sostiene el picaporte, se voltea para mirarme y, luego de examinarme como si quisiera confirmar algo, me dedica una sonrisa cínica.
-Si sales así a la calle, por favor evita decir que eres mi esposa- Pese a su sonrisa, su voz es cruel y sus palabras son más que broma, están cargadas de una maldad sincera. Frunzo el ceño pero él no se detiene a mirarme; acaba de salir y el sonido de la puerta al cerrarse remata su agresión. Desde el otro lado, mientras comienza a alejarse, añade con acritud y levantando la voz para hacerse oír:- Al menos péinate, princesa.
La rabia bulle en mi interior y continúo abrazando mis piernas con una fuerza que me lastima; mientras me siento hervir de ira, la palabra princesa hace eco en mi cabeza una y otra vez, luchando por arrastrarme a otra realidad. Si bien la ira me mantiene en el presente durante un momento, acaba siendo el peso restante para desmoronar mi resistencia. Por un momento, la rabia se convierte en miedo. Luego todo se va.
Casi se me escapa el corazón cuando la copa de vino resbaló de mis manos; la vi descender peligrosamente hacia el piso y estuve a punto de cerrar los ojos cuando una mano se apresuró a sujetarla. El líquido rojo saltó de un borde al otro pero no llegó a derramarse ni una gota y el caballero que la sostenía comenzó a alzarla nuevamente hacia mí.
-Oh, lo siento mucho, gracias…- Pero mis palabras murieron en mi boca cuando lo levanté el rostro y lo reconocí.
Shasta Di Pietro me tendió la copa de vidrio y esbozó una sonrisa cortés, encantadora. Vestido de gala como estaba, era el hombre más guapo del salón. Sus ojos destellaban debido tanto a la diversión de la noche como al vino; pero no parecía borracho, al menos no aún. Se inclinó en una ligera y grácil reverencia, sin dejar de mirarme con ese brillo peligroso.
-¿Bailas, princesa?- preguntó, sin necesidad de levantar la voz para hacerse oír sobre la música. Sus palabras llegaron a mí con tanta claridad que me vi obligada a disimular el escalofrío que me recorrió la espalda.
-No soy ninguna princesa- respondí, cortante, y luego agregué con fría cortesía:-Gracias, señor, pero creo que hay muchas mujeres más que ansiosas por bailar con usted. No querría quitarles la oportunidad.
Ladeó la sonrisa y la ensanchó, mientras su mirada se cargaba de placer ante mi actitud desafiante. Parecían gustarle los desafíos. Sin embargo, inclinó la cabeza con una silenciosa aceptación y elegantemente se dio la vuelta, volviendo al grupo de mujeres que parecía estar aguardándolo. Pero yo no lo había dicho sólo por ellas. Desvié mi mirada por el salón, buscando a Lucie entre la multitud de grupos y parejas, concentrándome a pesar de la música; ya no estaba en el rincón donde la había visto antes, sola. Nunca había sido mi amiga, no del todo, pero ver cómo lo miraba bailar con otras chicas me había conmovido un poco. Era bueno que ya no estuviese por ahí para ver cómo se inclinaba y les susurraba cosas al oído, mientras enredaba sus manos en las finas cinturas y, mientras hablaba, las deslizaba por sus cuerpos. Ellas no hacían más que sonrojarse.
-…Ami, ¿estás bien?- Me di la vuelta para mirar Lizbeth e intenté centrar toda mi atención en ellas, que me miraban con curiosidad.
-¿Qué te dijo?- preguntó Lara con los ojos brillantes de intriga.
Las seis me rodeaban y esperaban una respuesta; todas hubieran dado lo que sea por bailar con él. Sin embargo, tal vez debido al poco interés que ponía en ellas o a los rumores que corrían por la ciudad, les encantaba cuchichear y hablar mal de él a sus espaldas. Lo había descubierto enseguida al preguntar por él, días atrás.
-Nada, que sostuviera el vaso con más fuerza la próxima vez.
-Ten cuidado con él- murmuró Abbi como si no hubiera oído mis palabras, dándole un sorbo a su vino para después continuar hablando-Ya vimos lo que pasó con Lucie.
-¿Entonces es verdad?- inquirió la pequeña Carine con los ojos abiertos como platos, horrorizada. A mi pesar, esta vez no necesité fingir interés en la conversación.
-Por supuesto que sí, ¿no has visto su cara esta noche?- Lara saboreaba los rumores con la punta de su lengua y se veía divertida. Sin embargo, Ema se adelantó.
-Su padre quiere matarla, los rumores se han expandido por toda la ciudad. Y él…
-Después de eso, comenzó a fingir que no había pasado nada. El muy bastardo pretende no conocerla y no piensa hacerse cargo de nada…- continuó Abbi, ante la mirada irritada de Lara- No quiero ni pensar qué pasaría si Lucie resulta estar em…
-¡Oh, ni lo digas!- suplicó Evelyn, llevando sus manos a su boca y mirándola consternada. Irine permanecía en silencio y observaba la conversación tan atentamente como yo.
-¿Cómo puede ser un hombre capaz de algo así?- susurró Lizbeth, más para sí misma que para las demás. Sin embargo, me sorprendí interviniendo.
-Ya sabes lo que dicen sobre él. Bueno, ustedes mismas me lo contaron. Que va de mujer en mujer…- de alcohol en alcohol, de negocios ilegales en negocios ilegales.- Y quién sabe qué cosa más.
Ni yo misma estaba segura de creerme todos los rumores que corrían sobre Shasta, pero quería formar parte de la conversación. Las demás asintieron, algunas con rabia, otras con diversión y otras simplemente pensativas. Pero como él siguió con lo suyo y Lucie no volvió a aparecer, el tema de conversación cambió rápidamente; comentamos acerca de los vestidos, nos alagamos entre nosotras y luego criticamos el de las demás. Sin embargo, no necesitaba ningún alago para saber que esa noche estaba hermosa; me había mirado al espejo una y otra vez, deleitando mis manos con el suave tacto de la tela. El color azul me sentaba perfecto y el ajustado corsé resaltaba mis curvas, dos bucles bordeaban mi rostro y el resto de mi cabello n***o se encontraba recogido en un rodete. Me había puesto algo de maquillaje, además. Me veía radiante, y las miradas masculinas con las que me había encontrado al entrar en el salón me lo habían confirmado. Tal vez por eso me resultaba exasperante y desconcertante la actitud de aquél hombre; Shasta me había mirado con burla y me había ofrecido bailar como un simple gesto de cortesía, como si me estuviese dando una gran oportunidad. Cuando lo rechacé, no hizo más que darse la vuelta e irse, con una sonrisa estampada en la boca; me trataba como si sólo fuese una más. No podía comprenderlo y me enfadaba. Su arrogancia me era insoportable.
Aún así, disfruté la noche. Bailé muchísimo y, como esperaba, recibí cumplidos suficientes para toda mi vida. A pesar de que mi mirada se topaba cada tanto con él y su compañía, hice lo posible por evitarlo y divertirme. Poco a poco, charlar con mis amigas y bailar con los hombres fue haciéndome olvidarlo y me dejé llevar por el ritmo de las cosas. Si mi padre me hubiera visto de la mano de tantos hombres, habría montado en cólera y me habría sacado de allí a rastras; pero para variar, mi padre no había asistido. El baile fue inolvidable, pero lo que marcó la velada ocurrió bastante tiempo después, pocas horas antes de que amaneciera.
Mareada como estaba, tal vez debido al vino, pedí a Carine que me sostuviera el vaso y me dirigí rápidamente al baño, temiendo vomitar en medio del salón. A medio camino, volví a toparme con Shasta y creí escucharlo preguntarme si me encontraba bien; lo ignoré apresuradamente, no por descortesía sino por las prisas, y, una vez frente a ella, llamé a la puerta del baño. Nadie respondió, sin embargo me mantuve inmóvil, ya no tan ansiosa por entrar. Me parecía escuchar un goteo, como de un grifo abierto o algo parecido. Por las dudas, volví a golpear, pero, si había alguien dentro, no dijo nada. Abrí la puerta, entré y mientras se cerraba tras mi espalda me dirigí directa al inodoro, a punto de vomitar; algo tras las cortinas de la ducha me detuvo. Había alguien allí, pero no parecía advertir mi presencia, o al menos no había respondido nada cuando yo golpeé la puerta. Con un mal presentimiento palpitando en mi cabeza, me acerqué y descorrí la cortina de baño impulsivamente.
Grité. El terror se expandió por todo mi cuerpo ante la imagen de sangre que tenía en frente y, mientras retrocedía, no pude evitar un segundo grito. Escuchaba cómo las personas se acercaban corriendo, pero no conseguía pensar en nada más que en el retrato que se grababa en mis retinas. Lucie descansaba en la bañadera, en una tina ensangrentada, y junto a ella descansaba el puñal que había usado para cortarse las venas. Estaba muerta y, sin expresión alguna, miraba fijamente al techo.
Vomité sobre el vestido todo lo que tenía en el estómago.