Capítulo 4

653 Palabras
Estoy temblando. Vuelvo a ver con claridad la luz de la habitación, sus paredes, el armario…; pero, en mi mente, las imágenes sangrientas se aferran al hueco semivacío que es mi memoria y me revuelven el estómago una vez más. Aún si una parte de mí sólo quiere ir al baño, vomitar y temblar en paz, la otra parte busca con atención lo que fuera que me sacó del recuerdo. Observo el armario, el piso, el techo… y cuando comienzo a pensar que fue mi imaginación, vuelvo a escuchar el sonido. Un golpe agudo, en la ventana. Clavo los ojos en las cortinas, como si con mirarlas fijamente pudiera atravesar la tela o volverla transparente y así ver detrás. El vidrio vibra por tercera vez y, sin pensarlo, pongo los pies en el piso y me quedo parada, inmóvil; pienso que tal vez fue algo arrastrado por el viento, que tal vez ya se detuvo y que todo el miedo que se revuelve en mi interior no es más que pura cobardía. Pero suena una cuarta vez, como si escuchara mis pensamientos y quisiera refutarme. Me siento débil, las piernas apenas me sostienen, mis rodillas tiemblan y tengo que hacer un esfuerzo enorme por no esconderme y cerrar los ojos, o echar a correr. Y a pesar de eso, sacando fuerzas no comprendo de dónde y siguiendo un instinto que no viene de mi mente, lo que hago es acercarme. Paso a paso, con una lentitud involuntaria y presa del miedo, me aproximo a la ventana. Me paralizo cuando el sonido se repite y siento cómo la sangre acude a mi cabeza de pronto en respuesta al pánico; inhalo hondo e, ignorando mi mano trémula y pálida, descorro unos centímetros la cortina, temerosa de lo que pueda llegar a ver. Y lo que veo es precisamente lo que temía. Un hombre me observa desde la parte delantera del jardín, abajo, de pie sobre el camino de piedras; sostiene en su mano un puñado de pequeñas rocas y, al verme, esboza una sonrisa de oreja a oreja. Suelta las piedras y casi puedo oírlas caer al suelo; nos mantenemos casi un minuto así, él mirándome fijamente con simpatía y yo observándolo desde arriba con la mente en blanco. No sé qué pensar, no sé qué hacer, me desespero. No lo conozco. Levanta una mano, cauteloso, en un saludo agradable y espera, con paciencia. Lo único que atino a hacer entre el miedo es, simplemente, soltar la cortina. Cae y dejo de verlo como él deja de verme a mí; retrocedo hacia la cama con lentitud, pensando a una velocidad inhumana. ¿Qué hago? Puede que sea de confianza, puede que sólo no lo recuerde; ¿por qué, entonces, lanzaría piedras a la ventana cuando puede entrar por la puerta? Tal vez es peligroso, tal vez debería avisar… ¿pero a quién? ¿A mi padre, que no me habla? ¿A Shasta, que no puede ver mi rostro sin esbozar una mueca de repulsión? A Mary, quizás… No me atrevo. No me atrevo a salir del cuarto, no me atrevo a hablar con quienes para mí siguen siendo desconocidos. Shasta es el único del que tengo recuerdos y, mientras más repaso los sucesos en mi mente, más desearía recordarlo tan poco como a los demás. Todo lo que consigo hacer en volver a sentarme en la cama, apoyada en la pared, y abrazar mis piernas mientras lucho con las lágrimas que pugnan por salir. No voy a llorar. El sonido no vuelve a repetirse, ninguna piedra vuelve a golpear el vidrio de la ventana. A medida que el miedo se evapora, me siento más y más estúpida; recuerdo su sonrisa amistosa y me acuso de cobarde. El temor, poco a poco, amaina; sin embargo, siento que la sensación de soledad que me enfría el pecho me acompañará por siempre.
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