Luego de que Mary me haya traído el almuerzo, alegando que los demás no iban a comer, y después de haber estado un buen rato, tal vez horas, sin hacer nada, encuentro el libro en el mismo cajón de donde hace no mucho rato saqué la libreta de dibujos. Aunque me cuesta concentrarme y mi mente vuelve disparada a la realidad con cada mínimo sonido, gradualmente voy sumiéndome en las palabras. Dejo que me enreden, me zambullo en la historia, intento pasar el rato; leyéndolo, siento una familiaridad extraña. Antes de posar mis ojos sobre las letras, me parece adivinar las palabras a continuación, como si las oraciones del libro fueran canciones que, si me concentro, puedo escuchar a mi mente tararear. Es sobre un muchacho, su tío y un viaje al centro de la tierra.
Mi mente se sume más y más hasta que dejo de prestar atención a lo que me rodea y, horas después, cuando cae la noche, se abre la puerta y Mary entra con mi cena, apenas reparo en su presencia. El sonido de la misma cerrándose es la que me devuelve a la realidad y, sin bajar el libro, elevo el rostro y miro por encima de él, sorprendiéndome al no ver el cuarto vacío. Shasta me da la espalda. Abre el armario, sin prisa, y vuelve a buscar algo dentro; me siento tentada a ignorarlo y seguir leyendo, pues también es su habitación después de todo, pero no me atrevo. Lo sigo con los ojos mientras saca una frazada y actúa como si yo no estuviera allí. Recién entonces noto que la iluminación proviene tal sólo del velador que debo haber prendido en algún momento, que tras las cortinas parece no haber más que la mínima luz de las estrellas. ¿Qué hora es? Tarde, evidentemente. De noche.
El miedo empieza a consumirme de nuevo, metiéndose en mí más y más con cada pensamiento. ¿Dormíamos juntos antes? ¿En la misma cama? ¿Teníamos…, tuvimos relaciones ya? Después de todo, estamos casados hace más de un mes. Sin embargo…, no me lo imagino. Me dan escalofríos sólo de pensar en compartir la cama con él y apenas puedo contener el temblor de mis manos cuando lo imagino tocándome…
Si bien me extraña, el alivio me recorre de pies a cabeza cuando lo veo estirar la frazada sobre el piso, desde el costado del armario hasta el de la cama. Era previsible; supongo que si a mí me da miedo sólo pensarlo, a él debe producirle nauseas. Pero, el recuerdo… Otra vez, si bien la persona que continúa apareciendo en mi memoria es repulsiva, encuentro insalvable la diferencia entre ambos hombres. Ya no es la persona arrogante y egoísta que yo parecía detestar, sino que ahora es él quien me detesta a mí, quien me halla repulsiva. Saca una segunda frazada y, luego de cerrar el armario y aún pretendiendo que está solo en el cuarto, toma sin mirarme la almohada que está a mi derecha, con brusquedad y una expresión impasible. Se recuesta sobre una de las frazadas y bajo la otra, sin una sola palabra, con la cabeza del lado del armario; se gira hacia la derecha de modo que ya no le veo la cara y se mantiene allí, inmóvil, supongo que intentando conciliar el sueño. Al poco rato, sin embargo, no puedo descifrar si aún está despierto o duerme. ¿Siempre hemos dormido así, separados? Una imagen pugna por instalarse en mi mente, como la punta de un sueño, pero ni bien la rechazo, instintivamente, desaparece por completo y borra cualquier rastro de modo que no puedo traerla de vuelta. Me arrepiento e intento retenerla, demasiado tarde. La frustración y el alivio me recorren en partes iguales.
Noto que mis manos todavía sostienen el libro y, colocando el señalador tras tantas páginas que me sorprendo, miro hacia la cajonera, sobre la que Mary acaba de dejar la bandeja de comida. El estómago me ruge y me pregunto cuánto tiempo he estado leyendo. Intentando hacer el menor ruido posible, pongo mis pies sobre la madera del piso con suavidad y, rezando para que no cruja, camino hasta ella; tomo la bandeja y la llevo hasta la cama, sentándome allí de nuevo. Estoy muerta de hambre. Devoro el pollo y por un momento me olvido del sonido que hacen los cubiertos contra el plato; como ávidamente y, a medida que el hambre desaparece, no puedo evitar desviar mis ojos hacia su cuerpo contorneado por la frazada que lo cubre. Y su rostro. Se ha dado la vuelta, evidentemente dormido, y ahora se mantiene de cara a la puerta; observo de lejos cómo su cabeza se hunde en el blanco de la almohada, cómo el n***o de sus pestañas contrasta con su piel, cómo frunce el ceño de cuando en cuando… Me pregunto si estará incómodo y, por un momento, me siento culpable. Durmiendo así, moviéndose sólo al ritmo de su respiración, no parece el joven vanidoso de antes, ni tampoco el hombre hermético de ahora. Aún si cada vez que arruga el ceño me hace pensar que algo le preocupa, se ve… libre de máscaras.
Como hasta que no queda absolutamente nada, sin dejar de mirarlo, y dejo a un lado la bandeja; pienso que tal vez debería llevarla a la cocina, pero inmediatamente sé que no tengo ánimos de dejar la habitación. Miro el libro durante unos segundos, indecisa, suponiendo que luego de estar inconsciente más de una semana me va a costar dormir, pero me decanto por guardarlo. Estoy cansada y aún si la única opción que me queda es recostarme y mirar el techo, no quiero hacer nada: apago el velador.
Pero no miro el techo por mucho rato. Enseguida, en cuanto apoyo la cabeza sobre la almohada, cuidándome de no hacer movimientos bruscos, mis ojos comienzan a cerrarse y el sueño me arrastra. Me siento cada vez más débil y, al poco, dejo de ser consciente de mi cuerpo, todo se torna n***o y entonces, poco a poco, el n***o se llena de colores.
El calor de la bala atravesándome es de tal magnitud que tardo unos segundos en sentirlo. Mis ojos se llenan de lágrimas y, cuando abro la boca para dejar escapar el dolor, apenas consigo emitir gemidos. Lloro y, sin embargo, me parece que las lágrimas caen con demasiada lentitud. Quiero desaparecer, gritar, quiero que acabe.
Hay luces. El cielo está lleno de ellas, se mueven de un lado al otro, me calman. Lo pájaros, en cambio, parecen contagiados por mi dolor, chillan de pena. En mi cabeza todo es confuso, demasiado rápido, no alcanzo a entenderlo y, por eso mismo, en el fondo sé que algo anda mal conmigo. No sólo por la sangre que sale de mi cuerpo y me mancha las manos, el vestido, cae en la tierra…, sino por el entumecimiento de mi mente que parece preparada para apagarse.
Estoy recostada ahora. Siento que me hundo en la tierra y el pensamiento me reconforta. Sin embargo, no puedo dejar de mirar la elevación del terreno, a la silueta que me observa desde allí. No puede ser, no lo entiendo, mi pecho estalla de dolor, un dolor que quema diez veces más que la herida. No puedo ver su rostro, no veo más que una sombra ante mi visión nublada, pero… Es mi padre. Papá me mira desde allí, fingiendo no sentir nada, ocultando su incomodidad. No, no es mi padre…, ya no. Es Shasta, que me observa con repulsión, deseando que deje de una vez de respirar. ¿Lara? Su cabello rojo, su expresión exaltada… O tal vez es Mary, con sus ojos tristes. O… ¿quién es él? ¿Jevic? ¿El hombre que tiraba piedras a la ventana, que me saludaba con una sonrisa?
No, claro que no, ninguno de ellos podría estar allí observándome sin hacer nada mientras el dolor me consume y muero. Sin embargo, el dolor en mi pecho responde a un rostro conocido. Todas esas caras desfilan por la sombra de aquella persona que me observa sin moverse, tal vez llorando, tal vez riéndose… No. El terror de la pesadilla se torna insoportable.
No.