¿Grito? No lo sé, pero estoy llorando. Las lágrimas todavía caen por mi rostro, dejando un rastro salado a su paso, mojando mis mejillas. Tiemblo: todo mi cuerpo se mueve obligado por el terror que aún resuena en mi cabeza como el primer eco de un horrible grito. Los latidos de mi corazón son estruendosos y, más que respirar, en un principio boqueo buscando aire. Clavo los ojos en la oscuridad tras la cual casi consigo ver parte del techo e intento calmarme; estoy bien, en mi habitación, segura. ¿Verdad? ¿Qué fue…? ¿Una pesadilla? ¿Sólo una pesadilla?
Un gruñido vuelve a alertar cada músculo de mi cuerpo; ruidos, movimientos, más gruñidos… Shasta. Levanto ligeramente el torso para intentar verlo, pero la oscuridad sólo me muestra su sombra; aún así observo mientras se incorpora con la torpeza del sueño, toma su almohada y, poniéndose en pie, da un par de zancadas hasta la puerta. Con un último gruñido, sale y cierra con un portazo que me sobresalta y resuena en mi cabeza durante un largo rato. Supongo que sí grité.
Me doy la vuelta, ignorando la herida, y permanezco en posición fetal, acurrucándome lo más posible; mi cuerpo todavía tiembla y, aún si sé que ahora estoy en la seguridad de mi cuarto, las lágrimas no se detienen. ¿Qué fue ese sueño? ¿Fue un sueño? ¿O, tal vez, un recuerdo emborronado por mi propia mente? Fuese lo que fuese, el dolor en él era tan real, tan vívido, que aún ahora lo siento como una mano candente que me oprime el pecho con crueldad. No quiero pensar en lo que fue, o en lo que significa, no quiero pensar en absolutamente nada de lo que pasó hoy. Quizás mañana despierte y sea distinto, tal vez entonces lo recuerde todo y las cosas vuelvan a la normalidad…, una normalidad que no conozco. ¿Es realmente eso lo que quiero? ¿De verdad deseo recordar?
Mis pensamientos se van apagando; ya nada importa, sólo quiero dormir y hundirme en la almohada, desaparecer. Y tal vez, no despertar.
Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas y manchaban mi piel como una prueba irrefutable de mi llanto. Me acerqué más a la luz de la ventana y limpié mi rostro, intentando leer a través de la humedad en mis ojos. La letra de mi madre era delicada y fina, perfecta en contraste con la mía; deslizaba la pluma con suavidad, casi podía imaginarla escribiendo tranquila, aún a sabiendas de que se acababa su vida. La habían matado. Pese a todas esas tonterías que decía la gente sobre una indigestión, yo sabía que la habían matado.
Me dispuse a leer la carta por segunda vez en mi vida, años después de haberla tenido entre mis manos y haber memorizado sus líneas, pero no logré deslizar mis ojos más allá de las primeras oraciones sin que se llenaran de lágrimas y me impidieran ver. ¿Por qué lloraba? Si ya no recordaba su rostro, si había olvidado el sonido de su voz y hasta me costaba imaginar el calor de sus manos, ¿por qué las lágrimas? Sólo caían, sin obedecer a la lógica ni a mi enfadado orgullo; sabía que nadie, jamás, subía al ático pero, si de casualidad alguien me hubiese visto llorar… Mi padre habría montado un escándalo.
Volví a leer lo que ya había leído y conseguí seguir un par de renglones más, leer la parte en la que me pedía que me cuidara a mí misma y a papá y me recordaba que me dejaba el retrato de la abuela fuera de la herencia, como regalo de despedida; me rogaba que lo cuidara también. Luego comenzaba a narrar anécdotas de mi niñez, me daba ánimos y me decía que me quería; lo recordaba aún, pero no llegué a leerlo de nuevo. La estridente voz de mi padre resonó por cada rincón de la casa y me apresuré a guardar la carta y a limpiar mis mejillas. Caminé entre la penumbra, esforzándome por no hacer ruido, y bajé las escaleras apresuradamente. Supliqué no estar cubierta de polvo y, mientras caminaba hacia el estudio, me sacudí el vestido sin detenerme a observarlo, molesta. ¿Por qué quería hablar conmigo ahora? ¿Por qué no seguía fingiendo ser un buen padre desde lejos, como siempre hacía?
Me paré en seco. Abrí los ojos y separé involuntariamente los labios, presa de asombro, cuando me topé con Shasta mirándome, a un lado de la puerta del estudio de mi padre, con un semblante impasible. ¿Qué demonios hacía allí? No portaba su característica sonrisa burlona ni sus aires petulantes, se veía -aún si conservaba su arrogancia- casi meditabundo, distraído, y se apoyaba en la pared con una postura tensa. Clavó sus ojos verdes en los míos al verme aparecer y mis deseos de darme la vuelta y echar a correr aumentaron hasta nublar mi razón y silenciar mi lógica; todo en lo que podía pensar al verlo era en el baile, en Lucie, en la sangre… Sentí nauseas. Los rumores de que estaba embarazada habían comenzado a correr hasta ensordecerme, hasta aumentar, si acaso era posible, su fama de bastardo. Y ahí estaba, en mi casa, como si nada hubiera sucedido, dedicándome algo similar a una sonrisa misteriosa. Mis músculos se endurecieron y la rabia circuló por mis venas hasta convertirse en fuego; continué acercándome.
-Princesa- saludó, inclinando su cabeza en un gesto cortés y sin mostrar en su semblante un solo rastro de la ironía impresa en su voz. Dejando de lado su tono y el apelativo burlón, su serenidad hubiese podido engañar casi a cualquiera, sumada a la belleza de su rostro. Pero yo no podía contemplarlo sin pensar en la sangre y en esos ojos abiertos mirando sin ver.
-¿Qué haces aquí?- pregunté con toda la sequedad con que el desagrado moldeaba mi voz, obviando completamente cualquier norma social de cortesía. Levantó la cabeza lentamente, dejando entrever ahora sí ese brillo malicioso que siempre aparecía en su mirada, esa sonrisa que me insinuaba con seguridad que él era mejor que yo, que realmente me hacía sentir como una niña boba.
-¿Por qué no entras y lo averiguas?- sugirió, con una voz tan suave e hipnótica que enseguida me resultó temible. Abrí la boca para contestar algo, lo que fuera que saliera de mis labios producto de la rabia que bullía en mi interior, cuando un segundo grito de mi padre acalló mis ideas. Me llamaba, esta vez en un volumen algo más bajo; supongo que sabía que estaba allí, que desde adentro podía escuchar las voces.
Le dediqué una última mirada llena de desprecio, él me la sostuvo; la diversión que parecía provocarle mi desafío me resultaba repugnante, me asustaba. Sin deshacerse de su sonrisa ladina, tal vez volviéndola algo más sutil, hizo un gesto con la cabeza y me invito a entrar, incluso moviéndose a un lado para dejarme espacio. Temiendo lo que a él tanto lo divertía, lo adelanté y abrí la puerta del estudio con todo el orgullo que pude reunir. ¿Quién se creía que era? ¿Quién creía que era mi padre, para llamarme a los gritos? El interior estaba igual que la última vez que había entrado para coger un libro: las paredes estaban repletas de ellos, uno junto al otro sobre los estantes, empapelándolas; la mesa estaba en medio del estudio y se encontraba repleta de papeles; sosteniendo una pluma mojada en tinta, sentado detrás de la mesa como si esta fuera un mostrador, estaba mi padre. Escribía y no se molestó en levantar la vista cuando entré.
-Cierra la puerta- indicó, medio minuto después, sin dejar de hacer lo suyo. Obedecí y, resistiendo la tentación de asomarme y ver si Shasta continuaba allí, cerré la puerta y volví a posarme frente a su mesa, sosteniendo una postura erguida y una expresión desinteresada. Como enfadado por tener siquiera que decírmelo, añadió:- Tráete una silla y siéntate, Ami.
Bien, sería la primera vez que nuestra conversación duraría tanto como para cansarme estando de pie. Sin embargo, algo olía mal, tenía un mal presentimiento. Obedecí de nuevo: rodeé la mesa, me dirigí al fondo de la sala, donde las sillas solían ser usadas para alcanzar los libros que se encontraban muy arriba, y, sujetando una de ellas con fuerza, volví hasta la mesa, caminando no sin dificultad. Coloqué la silla frente a él y, sin decir una palabra, me senté. Aún si no quitaba los ojos de sus papeles, yo sí clavaba la mirada en él, como si con ella pudiera pincharlo y meterle prisa. Un minuto después, tal vez más, dejó la pluma en el tintero, acomodó un par de cosas y recién entonces me observó.
-No armes un escándalo, por favor, Amira. Vas a casarte- soltó, como si careciera de importancia, tan afectado como si me estuviese diciendo que se iba a preparar el desayuno. Señaló el pasillo y yo sentí cómo mi vida entera se caía a pedazos- No sé si lo conoces. Es guapo y…
El sonido de la silla al verse arrastrada cuando me puse bruscamente de pie, seguido por el estruendo de la misma al caerse debido a esta misma brusquedad, lo interrumpió. Me miró a los ojos, que en aquel momento debían brillar de furia, y esbozó su expresión de paciencia forzada.
-No- fue todo lo que salió de mi boca.
-Intenta no comportarte como la mocosa malcriada que eres y, por una vez, obedece sin rechistar. Ya tienes 17 años, es…
-No, padre, por favor no, con él no- comencé a suplicar, rebajándome y dejando ver mi desesperación. Me sentía capaz de echarme a llorar si era necesario, de patalear y gritar, de hacer lo que fuera- Me casaré si quieres, si no queda otra opción, pero no con él. ¿No sabes lo que dicen? ¡Fui yo quien encontró el c*****r de Lucie, en el baile!
-¡Cállate!- rugió, sin levantar la voz más de lo necesario. El instinto y el miedo me impulsaron a obedecer antes de poder siquiera pensarlo- Te casarás con él, ya está hablado.
-¡¿Hablado con quién?! ¿No te importa en lo más mínimo lo que piense yo? No, déjame hablar; ni siquiera tiene dinero, es sabido que vive sus días para desperdiciarlo. ¿Por qué él?
-Baja la voz o me harás enojar- dijo, siguiendo su propia orden- Tenemos dinero de sobra para que lo desperdicie como quiera y él tiene lo que en esta sociedad está sobreestimado: un apellido. No van a venderme más tierras, Amira, porque está moralmente establecido que sólo las familias tradicionales pueden poseer más de las que nosotros tenemos.
-Tiene que haber otra persona entonces, tiene que haber alguien más- dije, casi en una súplica. Mis ojos comenzaban a picarme, se humedecían de rabia, impotencia y angustia.
-Nadie que esté dispuesto a casarse con una cabeza dura como tú- dijo, y, para mi sorpresa, sus palabras escocieron. “Un hombre se casa para sentar cabeza, no para que tú se la revuelvas” solía decir.
-No es verdad…- susurré, apretando los nudillos para contener las lágrimas que amenazaban seriamente con salir. Opté por la rebeldía-No puedes hacerme esto, tú no puedes decidir con quién me caso…
-Soy tu…
-¡No eres mi padre! Yo no tengo la culpa de que madre se haya casado contigo, ¡no comparto ni un gramo de sangre contigo!- grité, en medio de mi desesperación. Mi rabia no hacía caso de ninguna lógica, ignoraba los consejos de mi mente. Por un momento se hizo el silencio, él me observó aparentemente impasible, probablemente enojado.
-¿Por qué lloras entonces, si estás convencida de que no tengo decisión?- preguntó irónicamente con un tono de voz tan frío y calmado que me estremeció. Reparé recién entonces en que las lágrimas ya habían comenzado a correr pese a mis esfuerzos, ya resbalaban por mis mejillas y caían hasta mojar el piso.
-Por favor, no me hagas esto, no me obligues a casarme con él…- susurré, olvidando mi vanidad y dejando de lado mi orgullo, intentando conmoverlo. Pero nada que yo supiera hacer bastaba nunca para convencerlo.
-No te estoy pidiendo tu opinión. Te casarás porque le conviene a la familia y punto, no acepto una palabra más al respecto- sentenció y, luego de una última mirada severa, volvió a tomar sus papeles y comenzó de nuevo a escribir sus cosas- Sal.
Mordí mis labios, intentando contener el llanto, y seguí mirándolo fijamente, sin saber qué hacer. No iba a aceptarlo, no iba a casarme con él aún si de ello dependía mi vida y mucho menos para beneficiar sus negocios.
-¿No tenemos ya suficientes tierras?- intenté una vez más, con la voz más suave que pude sacar de mi garganta. Ni siquiera me miró; como si ya me hubiese ido, o no pudiera oírme, siguió haciendo bailar su pluma tranquilamente. La rabia volvió a nublar mi mente por completo-¡No voy a casarme! ¡Nunca! ¡Jamás!
Intentando ver a través de las lágrimas me di la vuelta y caminé hacia la puerta sin ánimos suficientes como para darme prisa o preocuparme de las reprimendas por mi actitud. Abrí la puerta con furia, salí y la cerré de un portazo, dispuesta a darle rienda suelta a las lágrimas, antes de toparme con él. Me observaba expectante y, cuando sus ojos dieron con los míos, sus cejas se elevaron y su expresión cambió hasta formar un semblante impresionado; sin abandonar del todo su socarronería, me escrutaba como evaluándome, miraba mis lágrimas con una sorpresa que no supe decir si era real o parte de su numerito. No estaba conmovido, no sentía lástima por mí; me observaba fijamente casi con admiración, atento. Supe con seguridad que, si esperaba tan sólo unos segundos, me miraría con diversión y esbozaría una sonrisa cruel, burlándose de mis lágrimas. Avergonzada de que me estuviera viendo llorar, de que supiera que él era la causa de mis lágrimas, y aterrada ante la sensación de impotencia que me invadía, me di la vuelta y me alejé de allí, sabiendo que no recibiría ayuda de su parte. Mi orgullo sangraba, mi vida se hacía pedazos (o más bien ellos dos se encargaban de demolerla) y mi libertad parecía sólo una ilusión que cualquiera podía borrar con un soplido. No podían hacerme esto, encadenarme a él; no lo harían.
Jamás, nunca, de ningún modo accedería a casarme con un asesino.