Cuando desperté, las voces de mis pesadillas aún me susurraban al oído palabras oscuras que, en solitario, carecían de significado, que zumbaban en mi mente y daban vueltas, apagándose más y más con el paso de los segundos, alejándose antes de que pudiera retenerlas y descifrarlas. La luz del sol que se colaba por la ventana parecía un espejismo, la seguridad que emanaba la habitación también. Casi esperaba que ese fuera el verdadero sueño, que todos los vestigios del pasado que me habían molestado mientras dormía fueran la realidad; en cualquier momento abriría los ojos y me toparía con mis pesadillas. Tardé unos minutos en expulsar las sensaciones de malestar y tranquilizarme.
Me levanté, me bañé, cambié mis vendajes y, mientras lo hacía, vi por primera vez la herida. Era un agujero no muy grande, rojo, que se estaba cerrando y que se encontraba rodeado de una a*****a naranja; no era gran cosa, pero me sentí obligada a apartar la vista. El hecho de tener algo así en mi cuerpo me impresionaba, me daba nauseas y me asustaba, como si la herida fuera una amenaza de mi cuerpo, una estampa que me recordaba mi mortalidad.
Voy a ir a la ciudad. No hay nadie en la casa que me lo impida y, si bien Mary pareció preocupada y reacia cuando lo decidí, no puso objeciones. No quiero quedarme en la casa aguardando a que los recuerdos vuelvan; hay algo en todo lo que me rodea que no me gusta, algo en las personas que me incita a desconfiar, algo que se me escapa… Tengo que recordar lo antes posible, ya sea para estar al tanto del peligro o para tranquilizarme y vivir en paz lo que sea que me haya tocado vivir. Pero ya no soporto la sensación de ser un pez fuera del agua, de estar ahogándome con cada minuto que pasa y que sigo sin saber quién soy. Tal vez allí recuerde algo, tal vez… Tal vez al menos me ayude a ventilarme.
Termino el desayuno apresuradamente, ansiosa. Estoy sola en la mesa y, si bien la tranquilidad del ambiente es una bendición, con cada sonido que se produce fuera mi cuerpo se sobresalta y mi corazón se dispara, asustado de que alguien entre y estropee mi paz. Por eso, acabo con rapidez y me pongo en pie; tengo miedo de irme, pero no me detengo a pensar en eso, no me detengo a pensar en nada y me encamino hacia la puerta sin despedirme de Mary. Más miedo tengo de encontrarme con mi padre o con Shasta que de lo que pueda llegar a haber en la ciudad.
Salgo y, allí parada en el marco de la puerta, me detengo durante un momento. El cielo azul brilla y la misma luz que lo ilumina hace brillar también todo lo que está debajo de él: el césped, los campos a lo lejos, los árboles a la izquierda y, a la derecha, las pocas casas que atino a ver. Todo parece cubierto por un manto primaveral, pese al frío que atraviesa la fina tela del vestido y me pone la piel de gallina. Por un momento analizo la idea de volver adentro y buscar un abrigo, pero antes de que pueda decidirme mis pies se ponen en marcha y comienzo a caminar por el camino de piedras hasta llegar al sendero. Reconozco el sauce que se mueve al son de la brisa junto a mi ventana y, mientras lo dejo atrás, le doy una rápida mirada; me inspira una familiaridad extraña, me provoca un cosquilleo en la mente. Me prometo echarle un vistazo al regresar.
A cada paso que doy, el frío queda tan atrás como la casa se vuelve pequeña; al poco tiempo comienzo a sudar y la herida me duele, noto que mis piernas se quejan con cada orden que mi mente les da. He estado en la cama durante casi dos semanas, o al menos eso dijo Mary. Comprendo que estoy totalmente fuera de forma y, cuando ya alcanzo a ver algunas casas más de cerca, me detengo un momento para descansar. Todavía a lo lejos, comienzo a detectar actividad, sin embargo, a mi alrededor, todo parece cercado por el silencio y la calma.
Estoy absolutamente sola en el angosto sendero de tierra y, por un momento, disfruto de sentir el viento en mi cara, de apreciar el verde que me rodea, la soledad. La luz que hace brillar todo de la nada se opaca y, al mirar hacia arriba, veo cómo las nubes comienzan a tapar al sol, que se esmera por asomar sus rayos a través de ellas. El verde del césped parece enfermar, se vuelve pálido y triste; los árboles a lo lejos se vuelven manchas oscuras que cubren el horizonte como una cerca siniestra y la brisa que hace segundos disfrutaba se siente de pronto mucho más fría, más hostil. Froto mis brazos para infundirme calor, pero el sonido del viento me asusta y, tras darle un vistazo a la calma ahora extraña que reina el camino, vuelvo a andar hacia la gente, ansiosa por llegar hasta ellos y sentirme segura. Borro cualquier otro pensamiento y me concentro en caminar, mientras el sol asoma cada tanto y luego vuelve a ocultarse.
No sé qué esperaba encontrar, pero cuando llego me sorprendo: la ciudad es pequeña, casi un pueblo de no ser por la cantidad de actividad y comercio que se lleva a cabo en ella. Las casas alrededor son bastante escasas y, más que un sector de viviendas, parece un lugar convenido para intercambiar mercancías. Una vez que atravieso las casas pequeñas que la rodean y me encuentro en pleno centro de la actividad, me mareo y a punto estoy de caer al suelo. Hay gritos por todos lados, risas, sonidos de toda clase y color; las personas pasan junto a mí a tal velocidad y en tal cantidad que al poco tiempo se vuelven borrosas, casi sombras; me empujan y ni siquiera así notan mi presencia, no me ven, no se disculpan. Enseguida noto que tampoco se ven entre ellos, que se ignoran como no sea para vender o comprar algo. Estoy en una plaza, supongo, y a mi alrededor hay algo parecido a una feria: un montón de puestos desplegables, uno junto al otro, desde el cual el vendedor anuncia su mercancía. Telas, vestidos, trajes, verduras, joyas, medicinas, cremas, lociones, muebles de madera, cortinas, pescados, conejos, huevos, maquillajes… Las voces retumban en mi cabeza a medida que camino entre los puestos involuntariamente, arrastrada por la confusión; aparecen a mi derecha y a mi izquierda, me miran, gritan cosas que entre el barullo no comprendo, y el final del túnel en el que estoy metida queda oculto tras la cantidad de personas que caminan junto, frente y detrás de mí, haciéndolo parecer inalcanzable.
Me asusto ante el embotamiento de mi mente ante tanta multitud, intento abrirme paso entre la gente con más prisa y me desespero por la lentitud de mis avances; los empujo, sin pensar en nada, y escucho sus maldiciones o sus murmullos de desaprobación mientras lucho por contener mis deseos de echar a correr. Consigo abrirme paso, mientras el miedo aumenta y avanza a la misma velocidad que mis pasos, hasta llegar al último puesto y apartarme a un costado de la marcha de personas que se amontonan. El temor disminuye y me esfuerzo en controlar mi agitada respiración mientras permanezco de pie, observando atenta el movimiento, intentando hacer oídos sordos a los sonidos que juntos se volvían estruendosos.
Pero cuando una mano se cierne en mi hombro, cada músculo de mi cuerpo se sobresalta y el terror alcanza un pico tal que se me escapa un grito de pánico. Me doy la vuelta al mismo tiempo en que retrocedo y me escapo de la aquella mano desconocida; un hombre me observa sorprendido, mira a la gente que nos observa y vuelve a mirarme con incomodidad. Me dedica una sonrisa, azorado y avanza un paso hacia mí con lentitud, cautelosamente.
-Ey, tranquila- dice en voz lo suficientemente baja como para que nadie más que yo lo escuche, intentando calmarme- Ami, soy yo. Jevic.
Jevic. Conozco ese nombre, Jevic: lo escuché en sueños anoche, lo susurró una voz en mi oído al aparecer la imagen de su rostro al otro lado del vidrio. Pero sé que no sólo conozco su nombre de mis sueños ni su rostro de verlo a través de la ventana… Observo fijamente su oscuro traje de tweed, su apuesto rostro redondeado, sus ojos azules y su cabello castaño claro bajo su sombrero de fieltro, y de pronto lo veo dedicándome una ancha sonrisa traviesa y tendiéndome una mano. Pero no es él. Es Jevic, pero no el mismo que ahora está de pie frente a mí mirándome expectante, sino un Jevic que aparece en una parte recóndita de mi mente, uno que se me hace familiar…