-Mi padre me obligará a casarme- solté en medio del silencio, sin saber por qué.
Caminábamos hacia mi casa, que ya podía verse en el horizonte, por el sendero vacío, el sol brillaba y no había más nada a nuestro alrededor que césped y, a lo lejos, hierbas. Me movía erguida y había llevado la conversación de buena gana todo el tramo que ya habíamos caminado, esforzándome por no abandonar la coquetería e intentando no pensar en lo que tanto me preocupaba. Pero al cernirse sobre nosotros el silencio, simplemente lo había dejado salir. Después de todo, era mi amigo y estaba segura de que sentía algo por mí; si había alguna posibilidad de que pudiera ayudarme…
Por el rabillo del ojo vi cómo su cuerpo se tensaba por la incomodidad e intenté imaginar lo que debía sentir. ¿Qué hubiera pasado si mi padre lo hubiera elegido a él y no a Shasta? Me deleité en la idea por un momento y luego la descarté sacudiendo imperceptiblemente la cabeza; mi padre jamás habría aceptado a alguien tan dudoso como Jevic.
-Presupongo por tu tono de voz que no estás de acuerdo- dice simplemente, con un deje de pregunta en sus palabras. Por un momento se mantiene observando el piso, pensativo, y luego de unos segundos de silencio dirige su mirada hacia mí, aguardando una respuesta a su pregunta no explícita.
-Claro que no. Pero lo que una mujer de 17 años piense no le importa a nadie- murmuré con un rencor que brotaba desde lo hondo de mi pecho. Odiaba la idea de que decidieran por mí, pero lo hubiera soportado de haber sido otra persona; ¿por qué él, de entre todos los hombres? ¿Por qué tenía tanta mala suerte?- Ya no importa, de cualquier modo. Ha programado la boda para dentro de dos semanas.
-Lo siento- susurró, apenado. Su escasa reacción me decepcionó y por un momento me pregunté si realmente sentía por mí lo que suponía- ¿Intentaste explicarle a tu padre, razonar con él?
Bufé.
-Razonar con él siempre ha sido como darme la cabeza contra un ladrillo. No comprende nada que no salga de su propia boca y sólo atiende a sus propios intereses. No entiendo que mi madre se casara con él- dije, en un arranque de ira. Tal vez la habían obligado, igual que a mí. Detuve mis pensamientos sobre el tema cuando la culpa empezó a cosquillearme y me concentré en la rabia que me provocaba la situación, mi impotencia.
-Tienes un padre que te quiere, Ami. Tal vez no sea el mejor, o tu verdadero padre, pero se preocupa por ti- No entendía por qué tomaba su lado y estaba a punto de descargar mi ira sobre él cuando algo llamó mi atención y me distrajo del asunto.
-¿Qué tienes…?- comencé a preguntar, pero me respondí a mi misma llevando una mano hacia su rostro y corriendo el cabello que le caía sobre la frente y ocultaba parte de su piel. Un gran moretón violáceo se extendía por su sien derecha y acababa donde comenzaba su ceja, la cual disimulaba un pequeño corte. Quitó mi mano de su rostro con delicadeza y el cabello volvió a taparlo; su expresión no revelaba nada, parecía de hecho tranquilo.
-No es nada- aseguró, pero sabía que yo no iba a dejarlo estar así que continuó- Me peleé con un hombre, en la feria. Ya sabes, a mucho de los que viven en la ciudad no les caigo muy bien…
Lo detuve, sujetándolo del brazo, y, colocándome frente a él, volví a descorrer su cabello con determinación, preocupada. No era demasiado alto, así que no me resultaba difícil examinarlo; pasé mi dedo pulgar por el corte y noté que no era tan pequeño como parecía en un principio. Me pregunté si se había hecho daño en algún otro lado, pero sabía bien que donde más dolor había era en sus palabras. Sujetó mi mano de la muñeca, pero esta vez no la apartó, la mantuvo junto a su rostro mientras clavaba sus ojos en los míos y, por un momento, me sentí extraña ante el gesto de intimidad que había iniciado yo.
-No importa con quién te cases, Ami- susurró, sin dejar de mirarme y con una voz especialmente dulce, sumándole afecto al cálido contacto de su mano con la mía- Sabes que siempre estaré aquí para ti ¿verdad?
Me quedé tiesa un momento, intentando descifrar qué significaban sus palabras, tratando de ver más allá de su mirada intensa. No lo conocía hace mucho tiempo y a veces me costaba saber en qué estaba pensando, qué sentía… Yo misma no estaba segura de lo que sentía por él, pero sí sabía de que era un joven simpático, una buena persona. Si no sus sentimientos, al menos su gesto merecía ser correspondido. Sin timidez y con toda la calidez de la que era capaz, esbocé una sonrisa mientras él rozaba mi mano con sus dedos.