-Jevic- susurro, aún un tanto perdida en mis recuerdos. Sí, es el mismo. Quizás un poco más elegante, incluso aparentemente, pese a que no han pasado ni siquiera dos meses, más viejo; pero el mismo.
Suspira aliviado y, tomándome de la mano, se apresura a dejar atrás a la multitud que aún nos observa de reojo. Sin embargo, no me lleva a un costado sino que nos mete de lleno en el corazón de la actividad; intentando no volver a asustarme, sujeto su mano con fuerza y lo sigo. Se detiene al poco y comienza a caminar como el resto, con una gracilidad que delata costumbre; cuando ya nadie nos observa, me coloca a su lado y vuelve a sonreír.
-Supe que habías despertado y fui a buscarte- pese al ruido que resonaba en todas partes, él consigue que su voz suene clara y fuerte sin necesidad de gritar- Pero…
-Perdí la memoria- murmuro con timidez, sin saber muy bien qué decir, confundida. Cuando comienzo a creer que entiendo lo que me rodea, una nueva ficha aparece y lo cambia todo. ¿Qué relación teníamos? ¿Cómo debo hablarle? El recuerdo es demasiado corto como para responder a mis preguntas.
-Lo sé, lo siento- dice a su vez, con un tono apesadumbrado- pero me alegra que recuerdes mi nombre.
Asiento con la cabeza, sin saber qué decir y camino junto a él en una burbuja de silencio dentro del mismo ruido que nos rodea sin tregua. Me limito a mover mis pies, procesando todo la información que mi cerebro ha adquirido y ahora debe modificar; de estar totalmente en blanco, mi memoria pasa cada día a estar repleta de pequeñas piezas, algunas borrosas, otras terriblemente nítidas, otras tan sólo un espejismo de un recuerdo… Es todo demasiado confuso, demasiado rápido, demasiado… Pero decidí que no puedo seguir así, decidí que tengo que recordar y por eso mismo caminé casi media hora hasta la ciudad, tal vez por eso mismo me encontré con Jevic. Lo había recordado a él y, si bien ahora todo era aún más confuso, era más verdadero.
-¿Recuerdas esto?- pregunta y cuando alzo el rostro lo veo señalando uno de los puestos frente al que estamos a punto de pasar, cuyo vendedor grita a un lado y al otro y enumera sus frutas.
Niego con la cabeza, casi apenada, y espero ver un gesto de decepción en su cara cuando lo observo, pero él se limita a sonreír y, aún sujetando mi mano, me arrastra hasta los cajones rebosantes de frutas que brillan pese a la escasa luz del sol.
-¡Ey, deme dos!- dice, levantando la voz para hacerse oír entre el barullo y señalando un cajón de duraznos.
El dueño del puesto toma dos de las frutas y nos las arroja; tengo que esforzarme por atrapar la mía al vuelo y que no se me resbale de las manos. Jevic arroja a su vez un par de monedas y vuelve a arrastrarme lejos de allí, con los dedos de su mano izquierda aferrados al durazno como si fuera un tesoro. Me guía hasta un lugar menos transitado, la vereda de una casa vieja, y se sienta en el piso, incitándome a acompañarlo; por lo poco que he visto, deduzco que mi anterior yo no se hubiese arriesgado a ensuciarse el vestido. Sin embargo me siento, sin reparo alguno, sobre la cerámica. La calle frente a nosotros parece conducir a un callejón sin salida, por lo que muy poco gente se aventura en ella, si bien aún se escucha el ruido de la feria a unos cuantos metros. Jevic da el primer mordisco a la fruta, con un semblante tranquilo, y me atrevo a acompañarlo, sin observarlo más que de reojo.
-Eran tus favoritos- comenta mientras come, haciendo pausas entre mordisco y mordisco- Tu padre te había enviado a comprar, aquél día, y ya casi no te quedaba dinero cuando los viste. Compraste uno con la moneda que te había sobrado de los tomates y, cuando estabas a punto de morderlo, tropezaste. Todo lo que llevabas en las bolsas rodó y uno de los tomates golpeó mi pie. Te ayudé a levantar las cosas y, al final, me agradeciste dándome el único durazno que habías podido comprar.
No lo recuerdo para nada, pero aún, si bien su historia no evoca ningún recuerdo, la agradezco. Sigo mordiendo la fruta en silencio, hasta que la acabo y dejo caer el carozo al suelo.
-¿Así nos hicimos amigos?- pregunto, con doble intención.
-Sí, charlamos- se limita a responder, y no añade nada más. No corrige la palabra amigos, pero sigo conservando mis sospechas y dudas que no sé cómo inquirir sin ponerme en evidencia- ¿Recuerdas algo?
-No- digo, escondiendo ligeramente la cabeza entre mis hombros y observando el carozo que ahora yace en el piso y, cada tanto, se tambalea. Oigo los ruidos, me llega el olor de las frutas. No sé por qué miento.
-Vale…- susurra, y me parece que tampoco sabe bien qué decir.
-Oye…- acabo soltando después de unos segundos de mirar el piso y maquinar mis palabras. Gira su cabeza y me observa, aguardando-¿Éramos amigos, verdad?
Su sorpresa se refleja incluso en su postura, en el calor que irradia, en lo poco que puedo captar con el rabillo del ojo. Supongo que repetir la pregunta es extraño, pero quiero estar segura.
-Somos amigos, Ami- contesta, con una voz firme y segura, determinada, sin dejar de mirarme pese a que mis ojos evitan los suyos. Tímidamente, me giro para mirarlo también; quiero verlo cuando responda lo que le voy a preguntar.
-¿Y puedo confiar en ti?
Suena estúpido y lo sé; nadie respondería que no, fuese de confianza o no lo fuese. Pero tal vez mirando sus ojos, intentando ver detrás de ellos consiga ver una verdadera respuesta más allá de las palabras, una ligada a sus pensamientos. Lo que veo es más sorpresa y luego una sonrisa, tal vez demasiado rápida, demasiado amable, demasiado bonita… Pero pese a mi recelo, no hay nada en sus ojos que alimente mi desconfianza, por lo que poco a poco me relajo, incluso antes de que responda. Soy una paranoica.
-Por supuesto que sí.
Y sin estar segura aún de confiar del todo en él, me dejo ir, me suelto; sin aguantarlo más, me desprendo de la retahíla de preguntas que nadie ha sabido o querido responder y que desde que me desperté giran en mi cabeza como murciélagos al acecho. Vuelve a mostrarse sorprendido por tercera vez, pero responde a todo lo que puede como si alguien estuviera sometiéndolo a un tranquilo pero rápido interrogatorio.
-No lo sé, la verdad. Te encontraron hace más de una semana en medio del bosque, con una bala, inconsciente pero todavía con vida; la policía supone que te arrastraron hasta el bosque después de dispararte, quien quiera que haya intentado… Lo siento, no sé si debería hablarte de esto tan a la ligera. Pero puedo decirte que lo están investigando, nadie pasa por alto que aún podrías estar en peligro- sus palabras calan en mí hasta llegar a mis huesos y congelarlos de tal manera que el miedo se vuelve hielo y el hielo, de tan frío, me quema por dentro hasta dejarme tiesa. …que aún podrías estar en peligro. Parece notarlo, porque se calla.