-¿O qué?- pregunta el hombre, desafiante, mirándolo con una tranquila simpatía. Y entonces, sorprendiéndonos a ambos, Shasta sonríe. Una sonrisa no muy amplia, tan pronunciada como le permite su rostro adolorido y sus labios llenos de sangre. Una sonrisa que parece cargada de pena por él, por sí mismo, por mí y tal vez por el mundo entero. Pero no responde y, por mucho que lo observe, no consigo comprender el motivo por el cual el tipo del reloj, Bram, parece incomodarse y, de hecho, se pone de pie, casi ofendido. -Acaba ya con esto. Es entre tú y yo- dice Shasta por toda respuesta, todavía con una sonrisa en su mirada. Una sonrisa que parece querer provocar, cuya única intención es terminar todo más rápido. Bram, en efecto, como si se hubiese cansado de jugar, se yergue de nuevo y, sac

