Aún si me paso el día sin hacer nada más que pensar, todo pasa muy rápido y, desde mi habitación, pronto miro sin realmente ver cómo la luz del sol agoniza hasta ponerse naranja y luego comenzar a desaparecer, a apagarse. Leo el último párrafo de Viaje al centro de la tierra por segunda vez y, en el preciso momento en que cierro el libro y la contratapa golpea contra el papel, dos suaves golpes llaman a la puerta. -Pasa- digo, levantando la voz, sabiendo que la única persona en esta casa que golpearía a la puerta, o al menos que golpearía tan delicadamente, es Mary. En efecto, la puerta se abre y su cabello canoso la delata al instante; me observa con sus ojos amables y parece a punto de decir algo, pero de pronto cierra la boca y me observa preocupada. Abre la puerta del todo y entra.

