Las voces me alcanzan desde algún lugar lejano, muy lejano, y hacen eco en mi conciencia dormida sin atinar a despertarme. “¡Amira!” grita alguien, pero no logro interpretar esos sonidos como mi propio nombre, ni consigo identificar al emisor de aquella voz; me dejo llevar por ella, la gravo en mi memoria para recordarla más tarde. Recordar. Eso es, tengo que recordar, tengo que… ¿qué tengo que recordar? Divago entre las palabras que balbucea mi propia mente y los sonidos que recibe mi cuerpo desde donde sea que esté, me extravío en un océano de sueños ligeros, sin sentido. -Maldición, pedazo de tonta… Un hombre. Un hombre enojado, preocupado, perdido entre el temor y el alivio ¿no? Eso creo. Eso me dice su voz. En alguna parte siento algo cálido, en algún lado que supongo debe ser mi cu

