Vuelvo a mirar a mi izquierda cuando Shasta entra y cierra la puerta tras de sí, sin reparar en mis rápidos movimientos. Me mira de arriba abajo y alza las cejas un momento, inquisitivo, pero para cuando comienzo a hablar sus ojos ya están en otra parte y su expresión vuelve a ser, como de costumbre, hostil. -Duerme en la cama hoy, yo…- pero, como si yo no existiera, comienza a sacarse la ropa sin siquiera escucharme, haciéndome sentir estúpida. Algo molesta, y cohibida ante la imagen de sus calzoncillos, me apresuro a acostarme, vuelta hacia un costado para no verlo y, al mismo tiempo, para que él no note el rojo que se instala en mis mejillas. Lo maldigo mentalmente y cierro los ojos, concentrándome sólo en los sonidos que produce al amontonar su ropa, al meterse bajo las sábanas, al

