El ático es enorme, un enorme desastre. Rebuscamos durante casi una hora, moviendo cuadros, abriendo cajas de fotos, de cartas, de ropa, revolviendo baúles de objetos que no tienen demasiada razón de ser, paquetes, joyas… Completamente desordenado, como si alguien lo hubiese tirado todo allí con la intención de no volver jamás y, en efecto, jamás hubiese vuelto. Cuando por fin, luego de tanto tiempo agachada, me incorporo en un intento de estirar los músculos, la columna vertebral cruje y toda mi espalda se queja por haber estado tanto tiempo en una misma posición. El lugar es el mismo, exactamente el mismo que aparecía en mis recuerdos, con la misma luz escasa proveniente de un ventanita, la misma penumbra, el mismo aire estancado, la misma sensación de que ahí todo está encerrado en el

